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A la Universidad de Guadalajara
La Universidad de Guadalajara es una institución de calidad académica y trascendencia social inobjetables, orgullosamente pública, laica, que ha sabido ser incluyente con los históricamente excluidos porque no ignora ni olvida, y que lo mismo ha albergado bajo su techo el saber propio de la ciencia que la palabra distintiva de las humanidades. Basta examinar su trayectoria para constatar la fraternidad con la que conviven las ciencias, las humanidades y las artes. Esta universidad ha entendido que difícilmente hay progreso cuando las tareas propias del espíritu se fragmentan pero no se complementan; que no hay progreso sin conocimiento, ni conocimiento sin reflexión.
Hoy en día, cuando en el mundo se debate una vez más sobre el modelo de universidad que los tiempos actuales demandan, resurge , ineludible, el dilema conceptual de las dos culturas: ciencias y humanidades como formas diferentes de aproximarse a la realidad y de generar saberes. Ocurre que, siguiendo sus propios caminos, los humanistas han acumulado una riqueza de observaciones que constituyen una visión penetrante de la naturaleza humana y siguen siendo fuente inagotable de sabiduría y de renovadas maneras de entender nuestra historia; en tanto que los científicos, usando sus poderosos métodos, han logrado indagar en las causas de muchos fenómenos naturales que hasta hace poco se creían indescifrables.
Pero, ¿son sus objetos de estudio y sus métodos un motivo para disociarlas en el modelo pedagógico de las instituciones educativas? Pienso que no, porque ciencia y humanismo son en realidad complementarias. Por ejemplo, en lo que se refiere al estudio de la vida, los científicos se ocupan sobre todo de las estructuras y los mecanismos que son comunes a todas las formas de vida. Su meta principal es el conocimiento de su sustento biológico, de su origen físico-químico, de su base molecular. A los humanistas, en cambio, les interesa comprender las causas de las acciones humanas, los valores que las rigen, sus fundamentos sociales y culturales, sus aportaciones estéticas, sus diversas formas de expresión. El humanismo permite comprender mejor, en términos de la naturaleza humana, mucho de lo que la ciencia explica.
Pienso también que la educación debe ser, sobre todo, un proyecto público (porque hay en ello una ineludible responsabilidad del Estado), pero que merece ser apoyado por el sector privado y dinamizado por el sector social. El punto de partida no es más que la idea de la educación como un proceso integral, pues su importancia radica no solo en la ya tradicional tarea de generar y transmitir conocimientos, que por supuesto, no es menor. Pero educar es ante todo formar personalidades en libertad, constituir a los sujetos éticos que habrán de asimilar y cuestionar ese cúmulo de conocimientos adquiridos, para que tengan pertinencia y sentido. Educar es forjar seres humanos libres, sensibles, autónomos, críticos y creativos, comprometidos con la comunidad a la que pertenecen, aptos para el ejercicio responsable de la democracia y dispuestos a enriquecer la tradición cultural en la que están inmersos.
Habría que agregar que, frente a la incalculable cantidad de información a la que estamos expuestos cada día, hoy se ha vuelto necesario además, que la educación ayude a discernir aquello que realmente es relevante y capaz de incidir en nuestro destino. Sin información no hay desarrollo, pero tiene que haber conocimiento para que la información adquiera relevancia, y no hay conocimiento sin educación.
Estamos, se dice, en la era del conocimiento. La nuestra debería ser entonces una sociedad del conocimiento, pero no lo es. Si acaso, vivimos en sus suburbios. Porque los conocimientos hoy en día no sólo se generan y se transmiten sino que además se aplican, se patentan, se exportan, se importan y tienen un inestimable valor en el mercado. Ocurre que aproximadamente el 10% de la población mundial genera y controla el 90% de todos los conocimientos de los que hoy disponemos y que ya han sido incorporados al aparato productivo. Eso explica por qué es una quinta parte de la población la que controla toda la producción global.
“Saber es poder” rezaba la conseja popular de los maestros vasconcelistas en el México postrevolucionario, sin imaginar que los centros del poder económico harían de ella una realidad inconmovible. Por eso sostengo que el mejor modelo de desarrollo al que podemos aspirar es un modelo que esté sustentado en la educación, en el conocimiento, en la cultura, en la ciencia y en la tecnología.
Cuando me refiero a la educación, hablo no sólo de escuelas, sino de laboratorios, talleres presenciales y virtuales, fábricas modernas y proyectos innovadores, de jóvenes que buscan su vocación y de familias que fincan en ellos su esperanza. Pienso en iniciativas ciudadanas, en capital humano no sólo abundante sino inteligente y sensible; en la protección de las minorías y del medio ambiente, en la atracción de capitales productivos y en empresas socialmente responsables. Tales son algunos de los vínculos que encuentro entre la educación, el conocimiento y el desarrollo; y de ellos se ocupa, precisamente, la Universidad.
*Ex Rector de la UNAM. Fragmento del discurso pronunciado en el Paraninfo Enrique Díaz de León de la Universidad de Guadalajara el pasado 30 de noviembre
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