La protección y promoción de los intereses del Estado mexicano fuera y dentro del territorio nacional es el principio rector de la política exterior. Y por ende, también de la política económica. Esto es muy claro, sencillo y contundente. Sin embargo, ¿cómo se logra darle funcionalidad a este principio cuando negocias con el país que posee el mayor poder militar, la economía y mercado más grande del mundo, con la capacidad de seguir atrayendo al mejor talento en todas las áreas del conocimiento, las ciencias y el arte?

El grado de complejidad de negociación ha aumentado porque su presidente, Donald J. Trump (DJT), cree (subrayado y con negrillas) que todo el mundo, y especialmente México, nos hemos aprovechado de su país por lo siguiente: uno, no hemos tenido la capacidad de retener a nuestros connacionales (independientemente de que generaliza atributos negativos que no son aceptables en ninguna parte); dos, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte ha logrado que las fuentes de empleo se vayan de Estados Unidos (EU) a México, y tres, el valor de lo que le vendemos a EU excede por mucho lo que les compramos. Y por eso hago énfasis en su creencia, porque no deja de repetirla, para lograr, como Goebbels pensaba, que después de repetir mil veces una mentira ésta sea percibida como verdad, en este caso una “verdad alternativa”.

Si esto es así tenemos que: uno, actuar con la mayor prudencia e inteligencia para lograr proteger los intereses mexicanos; dos, necesitamos recordar cómo se hace política en Estados Unidos; tres, que no te enfrentas con Sansón a las patadas, sino que usas todas las capacidades a tu alcance para que los intereses dentro de EU sean los que lo detengan y, en su caso, lo hagan rectificar.

Que nos quede claro: uno, DJT hará hasta lo imposible por construir el muro, pues al ser su creencia está convencido que ésto detendrá la migración del sur al norte, independientemente de que sea cierto o no. Lo podrá lograr sólo hasta donde el Congreso de EU le dé autorización para gastar los recursos. Por lo tanto, sólo los intereses, en este caso el bolsillo de los estadounidenses, son los que sí lo pueden moderar y hasta detener.

Dos, DJT cree que al gravar con un impuesto o arancel especial las exportaciones mexicanas pagará el costo de la construcción del muro. Esta creencia no puede cumplirse, en virtud de que los impuestos y aranceles son generales y lo aplicaría para las importaciones que hace de bienes de todas partes del mundo, incluyendo a nuestro socio Canadá, y dependiendo del bien y el mercado lo llega a pagar también el consumidor. Por lo tanto, quienes pueden impedir que esta creencia de Trump pueda traducirla en la legislación —independientemente de que concentrarlo en un solo país violaría su marco jurídico— son los mismos intereses económicos de las empresas estadounidenses y de otras partes del mundo establecidas en EU que han invertido en México, las que también puedan frenarlo. Ejemplo de ello fue la contestación de empresas alemanas.

Tres, DJT está convencido que debe bajar los impuestos a las empresas; que las empresas estadounidenses regresen los cuantiosos recursos en caja que tienen depositados en el exterior y los inviertan en EU. Este punto es lo que comparte con el Partido Republicano, principalmente congresistas. Para ello propone que su sistema tributario se transforme de manera radical. Este cambio consiste básicamente en lo siguiente: actualmente la base tributaria sobre la cual las empresas pagan impuestos es la de la utilidad; esto significa que la tasa del impuesto a las empresas (corporate income tax) se aplica a la diferencia entre el valor de sus ventas y el total de sus costos, así como todas las deducciones que especifique su legislación fiscal, como deducir los réditos que se pagan sobre préstamos y una fracción de las inversiones.

La propuesta que están cocinando, la que Trump y los republicanos creen que es la buena, es que ahora el impuesto que paguen las empresas sea sólo sobre el valor agregado de las mismas. Esto significa que la base para gravar sea restarle al valor de las ventas el costo de los insumos; esto sería algo muy parecido al IETU mexicano que propuso el presidente Calderón. Además, se está pensando en un impuesto adicional para las transacciones con el exterior (Border Adjustment Tax), para compensar el hecho de que EU no grava sus importaciones con el Impuesto al Valor Agregado como lo hacen todos los demás países, pues cada entidad federativa en EU tiene un impuesto sobre ventas.

En breve, lo que nos debe preocupar y ocupar, a la par y quizá más que los temas comerciales, es el cambio fiscal en EU, pues México tendrá que ajustar su ISR y otros impuestos. Al tocar los impuestos se afecta a las empresas de distinta manera, por lo que son también los intereses económicos de allá los que deciden el juego. Mientras sean peras o manzanas, México tendrá que fortalecer su hacienda pública.

Economista. @jchavezpresa

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