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Son muchas y variadas las lecciones que nos dejaron las elecciones del pasado domingo 5 de junio. Más allá de los “sabelotodo” que abundan en el círculo rojo, nadie esperaba este marcador. El PAN se llevó siete de las 12 gubernaturas en juego, entre las cuales destacan cuatro estados que jamás habían experimentado la alternancia política (Durango, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz).
El mérito mayor lo tiene, desde luego, la ciudadanía. Poco a poco, la gente entiende que su voto vale, cuenta y suma. Que sirve para premiar o castigar buenos y malos gobiernos.
Un segundo mérito está en los candidatos y su feroz lucha por alcanzar el triunfo. Mi reconocimiento a quienes, contra toda adversidad pero animados por una admirable convicción, perseverancia, fuerza, organización, disciplina y resistencia, lograron históricos resultados. Su triunfo es el de la sociedad, cuya esperanza por un mejor futuro no desfallece.
En la mayoría de los casos vimos que el hartazgo ciudadano propició la alternancia. Candidatos de partidos en los respectivos gobiernos sufrieron las consecuencias del pésimo legado que les dejan los mandatarios salientes. Mención especial merecen dos supuestas jóvenes promesas, cuyas mañas y cinismo harían palidecer al más grotesco dinosaurio: Javier Duarte en Veracruz y Roberto Borge en Quintana Roo.
Un caso particular que no siguió la ruta del hartazgo y la alternancia fue el de Puebla. Con un candidato formidable como Tony Gali y buenos gobiernos panistas, encabezados por Rafael Moreno Valle, la gente optó por la continuidad de un proceso de transformación y progreso que está a la vista de todos.
Mención aparte merecen los liderazgos que creen que por el solo hecho de pararse en un templete hacen que la balanza se incline a favor de su candidato. Ignoran que ese protagonismo testimonial sólo es apreciado y rabiosamente aplaudido por el llamado voto duro de su partido. No hacen la diferencia entre ganadores y perdedores. Sí, aunque les duela.
Las alianzas mostraron una vez más su efectividad. En Durango, Quintana Roo y Veracruz, la suma de fuerzas políticas pudo derrotar a la poderosa operación electoral priísta. Insisto en mi punto sobre la buena selección de candidatos y el desempeño de éstos y sus equipos de campaña. Pero, ciertamente, el agruparse para acabar con décadas de hegemonía tricolor sigue dando buenos resultados. En Tlaxcala, donde pudo más la posición instransigente, el PRI salió ganón sin merecerlo.
Y otro mito que se derrumbó en la pasada jornada electoral fue el del todopoderoso PRI y su dirigente nacional, Manlio Fabio Beltrones. Privilegiaron la maquinaria aceitada con dinero, programas sociales y una despiadada guerra sucia, por encima de propuestas o de escasas buenas cuentas de gobierno.
La cereza del pastel la puso Ricardo Anaya, presidente del PAN, en el memorable debate nocturno con Joaquín López Dóriga en Televisa. Ese foro sirvió para exhibir al experimentado político sonorense que sólo alcanzaba a descalificar a su interlocutor por su envidiable juventud.
En fin. Sin duda, estas elecciones sirvieron como un laboratorio de lo que nos espera en 2018. Hace bien Javier Corral al recordar las palabras de don Luis H. Álvarez: “nunca nos derrotó la derrota; que no nos derrote ahora la victoria”.
Senador del PAN
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