Una visita al penthouse Trump

Guillermo Sheridan

La residencia de Su Alteza Real Donald John Trump, llamado “The Magnificent”, el primero de su nombre, es predeciblemente espectacular. Espectacular en el sentido (ya no hay otro) del show bussines. Y es un espectáculo el penthouse porque, como disponen los cánones, proyecta su gusto y retrata su alma en tres dimensiones; es su ego traducido a fenómeno inmobiliario y espejo de su carácter.

El penthouse del Amo y Señor (hay que ir habituándose a estas expresiones realista-socialistas) ocupa varios pisos en la Torre Trump, situada en la Avenida Trump, junto al parque Central Trump, en el centro de la ciudad de Nueva Trump, la más grande de los Estados Unidos de Trump. La Internet desborda fotografías del penthouse, así que convoque a Google para que lo conduzca a un viaje inolvidable.

¿Listos? Aunque aviso que conviene asestarse previamente ante los ojos unos lentes oscuros o, mejor aún, el vidrio aquel que ahumó para los niños en el pasado eclipse. Es en serio: los paupérrimos ojos de usted, tan terrenales, no están preparados para soportar tantos matices del dorado (a menos que sea usted un gobernador mexicano).

Bueno, ya habrá reparado usted, para empezar, en que el penthouse es como una mueblería Lerdo Chiquito a la ene potencia. Hasta la corrientez ésa de bordar el “escudo de la familia” en los conjincitos esquineros ha sido escrupulosamente acatada. Hasta el inevitable impulso de poner plumas de avestruz en el vaso pretencioso. Un muestrario de brillantitos y lucesitas, mármoles y marmolinas, oros y oropeles, vasos y vasijas. Espejos y fulgor: un sitio en el que los estornudos se convierten en lluvia de terciopelo y los pedos en diamantina. Sí, ya habrá pensado usted lo previsible, que es una pantomima del estilo Luis XIV, pero… la elección de Luis XIV como referente decorativo, ¿no proclama acaso las fantasías del aspirante a “Rey Sol”? En este gusto decorativo, ¿se lee un anticipo del pasado que nos espera?

Y si usted es culto (y lo es), ya habrá dicho que en realidad es una “instalación” en algún museo tan adelantado que ni siquiera sabe aún que es un museo. Y que ya detectó el ostentoso horror al vacío con su consecuente culto al barroco excremental. Y sí, claro, que ahí están la Weltanschauung como boato, el kitsch como defensa contra la muerte y la cursilería pomadosa como himno a la alegría.

(Y claro, aquí debería abrir el paréntesis indignado para entonar la conmiseración sobre los albañiles mexicanos que construyeron el edificio, los picapedreros italianos que cosecharon el mármol, los orfebres que tallaron con las pestañas volutas y recovecos, y las lágrimas sumadas al sudor fabril con que los ricachones le sacan brillo a su conciencia y bla bla.)

No hay un solo libro, pero ¿ya reparó usted en las “obras de arte”? Tienen su dosis simbólica. En el centro de una mesa, un bronce muestra al alado Eros en el momento en que le “agarra” el pussy a la involuntaria Psique. En otras fotos aparece otra estatua bastante sosa: un maniquí eslavo híperrealista que hace el sexy puchero ese. Más allá del evidente Midas y sus fantasías coproauríferas (el Amo y Señor cada mañana convierte en oro su toldo capilar), el penthouse entero es un templo dedicado al culto solar. En la bóveda de la sala se atisba una pintura al fresco, abundante de equinos aéreos, griegos ingrávidos y damas flotantes. Hasta donde se alcanza a ver, podría tratarse de Apolo que anda de paseo, aunque, bien mirado, Trump habrá preferido a Helios: otro anaranjado, el original Rey Sol que recorre el firmamento del mundo.

Este provinciano en plena espiral inflacionaria entrará a la sala de su penthouse en las mañanas. Toma su jugo de naranja en una copa de cristal de Baccarat con borde de oro de 24 kilates. Luego, en un sillón de finas gasas, aposentará sus nalgas dórico-jónicas, en medio de las cuales hay un culo central que es réplica exacta de un reloj rococó. El individuo más poderoso del planeta eructa al observar que, en sus manitas diminutas, está el destino de miles de millones. Tremendous!

Y ya luego, laboriosamente, se dirigirá al inodoro de oro y escuchará en silencio trump, trump, trump…

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