Manifestaciones precautorias Conapred

Guillermo Sheridan

Me parece delicado que una dependencia de la Secretaría de Gobernación, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) haya asestado “medidas precautorias” a un editorialista de nombre Nicolás Alvarado que, al parecer del gobierno, externó “manifiestaciones presuntamente clasistas y discriminatorias contrarias a la dignidad de las personas de la diversidad sexual”. (La página web del Conapred no registra ya su propio boletín que, presuntamente, habrá sido discriminado, pero es localizable en línea.)

Las “medidas precautorias” del Conapred “solicitan” al Sr. Alvarado que evite tales “manifestaciones”; que “ofrezca una disculpa por el agravio que pudo haber ocasionado”; que “se abstenga de utilizar lenguaje que pueda ser considerado discriminatorio en sus notas o escritos”; que tome un “curso de sensibilización sobre el derecho de las personas a la no discriminación” y que se comprometa a observar en sus escritos lo que aprenda en ese curso.

Sería gracioso si no tuviera un relente intimidatorio: en los hechos, “presuntamente”, la Secretaría de Gobernación, por medio del Conapred, se atribuye el derecho de sancionar los escritos que agravien su idea de la moral y de enviar a los culpables a cursos de readaptación.

Las órdenes del Conapred respondieron a una queja presentada por un Centro contra la Discriminación (CECODI), asociación civil que combate la discriminación “mediante acciones judiciales civiles o penales”, como dice su muy incompleta e ineficiente página web (en la que tampoco aparece su queja).

En todo caso, el Sr. Carlos Odriozola, director de ese CECODI, se quejó contra el Sr. Alvarado ante el Conapred (que, presuntamente, no se había percatado de la falta). Al parecer de ese CECODI, el escrito del Sr. Alvarado “exhibe y denota actos discriminatorios en contra de diversos grupos vulnerables, al efectuar (sic) y utilizar públicamente vocablos y menciones peyorativas que menosprecian, insultan, burlan y discriminan a grupos sociales, culturales, poblaciones y de diversidad sexual”. Todo esto porque las lentejuelas con que decora su ropa un cantante llamado Juan Gabriel, a juicio del Sr. Alvarado, son “nacas”. (Otras palabras que al CECODI le parecen discriminatorias son “jotas” y “joterías”, que mis parientes y amigos LGBTI suelen emplear regocijadamente.)

Más allá de si las lentejuelas son o no “nacas”, y más allá de si las lentejuelas son un grupo vulnerable (y mucho más allá de que naco es una palabra odiosa cuando se emplea con ánimo racista, y no siempre lo hace), inquieta que se reviva la vana ilusión de prohibir el derecho de las palabras a su historia, sus significados, sus usos y costumbres. En 1932, Jorge Cuesta fue “reo” porque izquierdas y derechas lo acusaron de publicar un relato con las palabras “pendejo” y “chingada”. En 1964, Arnaldo Orfila fue echado del Fondo de Cultura Económica porque la derecha juzgó que Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis tenía, entre otros defectos, el de emplear lenguaje “obsceno y soez”.

La sumisión que los ideólogos y los moralistas le exigen al arte y a la literatura, y a las opiniones ahora, no es nueva. La han exigido —y han castigado a quien no obedece— desde el jurado de Sócrates a la Santa Inquisición, y de ahí a los comisarios fascistas o comunistas y a Joe MacCarthy y a un inumerable catálogo de censores policromados.

No es necesario insistir en la inmoralidad implícita en el hecho de discriminar a alguien por su nivel social, su preferencia sexual, su raza, su religión o su edad. Sí lo es decir que, al censurar un comentario como el del Sr. Alvarado, el Conapred banaliza esa inmoralidad y ridiculiza su propia responsabilidad ante ella.

Más importante es insistir en que no hay gobierno ni Conapred capaz de administrar una moral de la escritura. Insistir, con el sabio y cruel Voltaire, en que se puede estar en contra de lo que alguien escribe, pero debe protegerse su derecho a escribirlo. Quien escribe toma sus riesgos, claro está, pero ser castigado por el gobierno no puede ser uno de ellos.

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