Regreso a las “malas palabras”

Guillermo Sheridan

En 1932, la revista Examen que dirigió Jorge Cuesta fue censurada, judicialmente, se supone, por haber publicado unos fragmentos de una novela de Rubén Salazar Mallén titulada Cariátide, en la que los protagonistas empleaban “malas palabras”. Mi teoría es que lo que molestó al “Jefe Máximo” Calles no fueron las palabras sino un artículo vecino, “Psicoanálisis del mexicano”, en el que Samuel Ramos expuso su hipótesis sobre el complejo de inferioridad del mexicano. (Cuento esa historia en Malas palabras, libro publicado por Siglo XXI Editores, del que extraigo este comentario.)

Hoy, las malas palabras se emplean con total desparpajo, desprovistas de elocuencia y despojadas de rabia. Lo que antes escandalizaba al Partido Nacional Revolucionario y a los “rotos” de la (dizque) buena sociedad, son empleadas en los jardines de niños. “La Chingada” es, cuando mucho, el nombre de un rancho famoso.

Y sin embargo, el atavismo de usar lenguaje tabú, injertarlo de prohibiciones, llenarlo de veladuras y encerrarlo en cotos censurables, quizás no ha hecho sino cambiar de signo y de autoridades competentes: la sexualidad y la clase social siguen siendo el código, claro, pero ahora vigilado por una “corrección política” no menos autoritaria en su afán por “higienizar” el habla.

La idea de que el habla vulgar derivaba de la miseria, lo que Ramos llamaba lenguaje de albañal, arraiga en un sentido de la “decencia” para el que el habla refleja la educación que, a su vez, manifiesta el nivel de civilidad de una cultura. Así lo vio en el XIX el viejo Víctor Hugo, para quien el habla soez es “la lengua de la miseria”. Vladimir Lenin agregaría más tarde que el habla majadera debía ser evitada por los obreros educados. Trotski fue más allá: el lenguaje soez agravia el espíritu de un buen revolucionario, pues denigra a las mujeres con su sexismo y agravia a los niños con su violencia. El proletario que emplea procacidades pone de manifiesto “el legado de la esclavitud, la humillación y la falta de respeto por la dignidad humana, la propia y la de los demás.”

Quienes hablan así, al hacer propio el lenguaje con que los maltratan los aristócratas y los capataces, reactivan su condición de “esclavos sin esperanza”. Lo único peor a los amos que ostentaban su impunidad empleando ese lenguaje clasista (sigue Trotski) son los intelectuales que lo emplean creyendo que, de ese modo, entran en contacto con el pueblo: actitud “de rusticidad insoportable y objetivamente reaccionaria”.

En México, luego de Ramos, Octavio Paz reivindicó las “palabras que no dicen nada y dicen todo”. Las maldiciones, dice, son “el único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos”. El lado deplorable, si acaso, radica en que esas palabras arrasan con el ingenio y excluyen “la riqueza de las invenciones verbales”, para terminar claudicando en favor de “la gazmoñería del sistema ético subyacente”.

Carlos Monsiváis escribió después un ensayo que recogió en su libro Amor perdido (Ed. Era). Siguiendo a Trotski, pensó que el recurso a la procacidad era una consecuencia de la opresión de clase; siguiendo a Paz, encomió la rebelión de los marginales contra “El Perfecto Decir” de la clase “decente” y dominante: frente a su monopolio del buen decir, “los léperos se quedan murmurando las voces proscritas”.

Monsiváis escribió eso en 1967, en vísperas del periodo en que lo malsonante se recicló como igualación social y moderna lingua franca (o, como se dice ahora, “vehicular”). La contracultura convirtió al lenguaje procaz, poco a poco, en un boato al revés: la música, el cine y la tele aniquilaron el vector “indecente”. En nuestros tiempos, en lugar de signos de puntuación, conjugamos el verbo “chingar” y sus conjugaciones, versión mexicana del “fuck patois” que consagró Tom Wolfe en Estados Unidos.

¿Tendrán idea las niñas de los colegios de monjas de lo que significa la expresión “te la bañas”? Las antiguas “voces proscritas” adquirieron naturalidad y omnipresencia. Es obvio que ya no son ni rebeldes ni contestatarias: fueron amaestradas y degradadas a apenas muletillas. Dejar de gastarlas para restituirles su carácter secreto y clandestino, ¿será reaccionario… o progresista?

Misterio.

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