Periódico Mural

Guillermo Fadanelli

Cuando fui a la universidad volví a nacer. Otro mundo se desplegó de pronto ante mis ojos y, aunque no amaba la carrera que había elegido, el sólo hecho de estudiar en Ciudad Universitaria me parecía ya un privilegio. A mitad de la carrera —la mía muy accidentada— se me ocurrió a mí y a algunos amigos hacer un periódico mural, al cual pusimos por nombre La Nueva Edad Media (en alusión al título de la obra de Umberto Eco), pues pensábamos que, en ese momento, finales de los años ochenta, vivíamos un retroceso en el desarrollo social y que el supuesto progreso humano sostenido en la tecnología y en la política corrupta nos llevaría a un penoso retorno en el tiempo histórico. Lo pegábamos, el periódico, en la entrada de la Facultad de Ingeniería, e invertíamos más tiempo en cuidar que las autoridades y sus esbirros no lo arrancaran de la pared, que en escribirlo. A veces, incluso, debimos pasar todo un día al pie del periódico para que no lo sabotearan. Después el periódico se convirtió en una revista (Moho), pero esa es una historia que más tarde contaré y que duró más de tres lustros. Recuerdo que por ese entonces el capítulo “La conjura de los cultos” de El hombre sin alternativa (Leszek Kolakowski) me causó una honda impresión. Si era verdad lo que expresaba el filósofo polaco, la filosofía tenía que ser deducida de nuestras acciones y no nuestros actos de ninguna filosofía. Sin embargo, ¿esa extraña figura, los cultos, podía hacer algo para oponerse a las dictaduras y a los malos gobiernos? En su libro, Kolakowski, se imaginaba a un hombre anti culto criticar y preguntarle al letrado: “¿Piensas que conseguirás algo con esos sermones sobre la solidaridad humana que predicas ante los sicarios armados hasta los dientes?” La única respuesta posible para mí en aquella época no es hoy difícil de enunciar: “No, los sicarios criminales y demás escoria humana no abrirán sus oídos a ningún sermón que provenga de quienes piensan o reflexionan. Estamos jodidos ante ellos y sólo nos queda declararle la guerra al Todo y a la misma entidad llamada cultura o academia.” Con esta respuesta no hacía yo otra cosa que seguir los pasos de la consigna o diagnóstico de François Lyotard acerca de la posmodernidad: “Los siglos XIX y XX nos han proporcionado más terror del que podíamos soportar. Hemos pagado un alto precio por la nostalgia del uno y del Todo. Bajo la demanda generalizada de paz es posible escuchar los murmullos que desean volver al terror. Mi respuesta es: debemos declararle la guerra a la totalidad, presenciemos lo impresentable, activemos las diferencias y salvemos el honor de la familia.” No tendría que explicar una aseveración como la pasada, pero en otras palabras, o al menos como yo comprendí esta rebelión, fue como una desilusión ante la imposibilidad de los grandes cambios sociales; como el desánimo causado por la fatuidad de pensar en filosofías o políticas unitarias y salvadoras; como la desgracia del humanismo y, sobre todo, como la conciencia de que el único camino de un individuo occidental en el siglo veinte era acentuar su diferencia, abandonar la idea de un cambio radical —puesto que tal cambio volvería a instaurar la estupidez y el terror— y desaparecer a través del arte o de lo impresentable. ¿Se trataba de una renuncia a lo político y a las filosofías del Todo? Es posible, pero no creo que pensar de esa forma representara una renuncia, sino una forma estética, pesimista y extrema de decir NO al futuro.

Han sucedido treinta años desde entonces y las predicciones o temores de quienes hacíamos aquel modesto periódico mural no sólo se han cumplido abiertamente, sino que se han acentuado. El No que se transformó después en una revista y luego en una editorial es aún vigente en la segunda década de este siglo XXI. Los días se suceden, transcurren sin cambio alguno desde entonces. El Todo ya no está representado, como en los días en que escribieron sus libros Kolakowski y después Lyotard (ambos filósofos equidistantes entre sí) por un poder político tirano y concentrado en un partido o dictador; el poder público se ha disuelto gracias a la ausencia de conversación, miras éticas y carencia de cultura histórica y sobriedad económica de los gobernantes. El Todo carece de representación y es una suma de grietas, de criminales que actúan a su antojo y de una ciudadanía de pésima reputación. Ellos sí que hicieron práctica la rebelión. ¿Cómo pueden existir aún los partidos políticos? ¿Acaso no han dado muestra de su inutilidad? De sus filas han emanado las peores personas (repasen nada más la calidad de sus candidatos). Yo, a estas alturas de la derrota, me inclinaría por un buen candidato independiente al gobierno de la Ciudad de México, por ejemplo; pero tal parece que el mismo y decadente performance político prevalecerá y se impondrá el guión repetido hasta el hartazgo: despilfarro en la publicidad de candidatos que mantendrán las cosas tal como están, analistas y articulistas por montones que se colocarán (en todos sentidos) en el teatro social y escribirán las mismas prescindibles críticas y loas a los candidatos que les son servidos de antemano en la mesa, y un votante que no resolverá nada votando, más que afirmar, acaso, su sueño de ser ciudadano y su decisión individual. (¿Y si sumamos a los delegados que recogen, mediante corrupción y manidas licitaciones de obra dinero a manos llenas para la campaña electoral de sus patrones?)

Cuando en aquellos, mis tiempos universitarios, nos cansamos de que nos quitaran el periódico mural hicimos una revista de tendencia dadaísta y anarquista y la vendíamos de mano en mano en los lugares más impresentables. ¿Yo, o nosotros los colaboradores, éramos radicales? ¿Me considero un radical hoy en la literatura, el pensamiento moral o la acción política? Claro que no: yo no soy perseguido por acumular fabulosas propiedades siendo gobernador, ni creo en una transformación extrema de la sociedad en la que vivo. Incluso en el 2018 asistiré de nuevo a su funeral (el de la sociedad) y me comportaré mustio como Pessoa, bebedor como Joseph Roth y sarcástico como Ibargüengoitia. Una buena tercia de ases para afrontar los tiempos que vendrán.

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