El hombre nuevo

Guillermo Fadanelli

¿Por qué nos gobiernan, regularmente, los peores? Porque las democracias fallidas, impostadas y muy poco eficaces ponderan al payaso, al político deslumbrante y a la mala retórica.

Algunos filósofos, entre ellos Fernando Savater y José Luis Pardo, llamaron la atención sobre el hecho de que el rectorado de la Universidad Complutense de Madrid ha planeado eliminar la Facultad de Filosofía y añadir esta disciplina a una Facultad de Filología. La noticia es desoladora y de inmediato me lleva a una pregunta. ¿Quién va a guiar a los cultos en nuestros días si se exilia a la filosofía del conocimiento? Y ni siquiera voy a referirme a la inocencia del hombre común, pues no tengo ánimos redentores y no seré yo quien le reproche su existencia. Lo que quiero decir es que la filosofía ayuda a las personas a pensar, no a calcular, a reflexionar, no a repetir argumentos de monaguillo, a conversar, no a imponer nuestras ideas. En el caso citado por Savater, él mismo descubre una enorme diatriba. ¿Por qué la filosofía debe ser una rama o un añadido de la filología? ¿Y por qué no de las matemáticas, la historia o el derecho? Ya vivimos un exasperante siglo veinte casi dedicado por completo al lenguaje y al análisis lingüístico. Hemos sido testigos de cómo un individuo complejo y atraído por el saber y la ciencia es reducido a ser un profesionista con tal de tener un valor determinado e intercambiable en un mercado diseñado de antemano para cosas humanas que desempeñan una función. La ciencia es sin duda una rama de la filosofía, es decir de la especulación, del desarrollo de las dudas y las certezas y de la imaginación que dibuja hechos imposibles en el horizonte. La ética, cuyo lenguaje —lo ha señalado Hare— es tan complejo como el de las matemáticas, aunque desde mi punto de vista más importante, está perdiendo relevancia en el trasiego de los asuntos civiles. Karl Popper —lo he repetido en anteriores columnas— escribió que todos los hombres son filósofos, sólo que unos lo son en menor medida que otros. Lo creo y me pregunto, si el exilio de la filosofía no nos entregará a un nuevo tipo de hombre que no requiere pensar, comprender ni dudar, sino sólo ejercer su profesión, acomodarse y aguardar a ser amansado por las instituciones creadas específicamente para su mutilación intelectual.

No me cabe duda de que el retraso mental de nuestras sociedades va en aumento. Y espero que el juicio anterior no se tome como un insulto desgarbado o arrogante. Si tal retraso no existiera seríamos gobernados por hombres o mujeres sabios, prudentes, cultos y dotados de una visión política que nada tiene que ver con sus logros en la educación universitaria, sino sobre todo con el conocimiento de su entorno y el goce de una sensibilidad que sólo es posible cuando uno se percata de que sus ideas o convicciones merecen ser puestas en duda mediante la conversación y una auto educación constante y rigurosa. ¿Por qué nos gobiernan, regularmente, los peores? Porque las democracias fallidas, impostadas y muy poco eficaces ponderan al actor, al payaso, al político deslumbrante y a la mala retórica. Cuando leemos que la filosofía sirve para todo y precisamente por ello no sirve para nada, no nos enfrentamos más que a un retruécano y a una verdad limitada. Es precisamente la capacidad de hilar todos los conocimientos en sus fundamentos teóricos lo que permite que los economistas, médicos o historiadores puedan construir en una dirección particular. El todo se construye desde su posible inexistencia. Es más, la filosofía está delimitada por las cosas que la rodean: lo exterior a ella le da vida y la construye. “No podemos saber qué es una cosa sin saber cómo está delimitada por el resto de las cosas”, ha escrito W.V. Quine en La relatividad ontológica. Si, como Savater y Pardo lo escriben, la Facultad de Filosofía desaparece de la Complutense se habrá dado un paso atrás en el conocimiento humanista en pos de un privilegio algo miope: la posibilidad de adaptarse a números y a una razón instrumental, en vez de hacerlo a metáforas que a su vez contengan esos números y funciones. Un profesionista que no ha leído, cuestionado e intentado comprender un par de libros de ética o filosofía no debería considerarse un hombre culto, sino un obrero que desempeña funciones con una finalidad temporal limitada y que es incapaz de poner atención en el aspecto ético de la política, los negocios o las decisiones comunales y familiares que influyen en su propia vida: un profesionista ensimismado. La holgazanería intelectual, el desprecio por la filosofía y la literatura, la preeminencia de un burdo ideario empresarial y ejecutivo, todo ello se expande como un virus en la sangre del hombre nuevo. Bienvenidos al futuro.

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