¿La última sorpresa?

Gabriel Guerra

Hace exactamente tres semanas, queridos lectores, les platicaba yo en este espacio acerca del concepto de las “Sorpresas de Octubre” en el sistema político estadounidense. La leyenda indica que invariablemente, en el mes previo a la elección presidencial, surge un acontecimiento o una noticia inesperados, que ayudan o perjudican significativamente a algunos de los candidatos a llegar a la Casa Blanca y pueden con ello cambiar el rumbo de la elección.

Si bien la leyenda y la historia no siempre coinciden, lo cierto es que se han dado suficientes casos en elecciones pasadas como para poder usar el concepto libremente. Y también es indudable que los equipos formales e informales de ambas campañas han estado trabajando febrilmente para poder preparar sus ataques (o defensas) ante lo que pudiera surgir, o ellos mismos provocar.

Y no solo ellos. A diferencia de elecciones anteriores, en las que lo mismo las campañas de Johnson o Nixon que Bush padre e hijo u Obama dieron respectivos descontones a sus rivales, en esta ocasión hemos visto como terceros se meten de lleno en el proceso electoral. Desde Wikileaks hasta empleados o ex empleados de televisoras, hackers rusos y hasta el mismo FBI, (además de lo que han hecho directamente los demócratas, republicanos y trumpianos) la del 2016 pasará a la historia como una de las más sucias, agresivas y tramposas de la historia estadounidense.

La primera gran sorpresa en este mes que hoy termina la dio sin duda Wikileaks cuando comenzó a filtrar selectivamente correos electrónicos internos de la campaña de Hillary, llenos de anécdotas, indiscreciones y comentarios políticamente incorrectos, que hubieran por sí solos dado para un gran chismerío. Nada del tamaño del escándalo original de los correos electrónicos y el servidor privado de Hillary, pero suficientes para mantener entretenidos y ocupados a los talking heads de Washington, los opinólogos que todo interpretan y creen saber.

Pero el impacto de esa revelación fue minimizado por el de las grabaciones de la conversación de Trump con Billy Bush, estrella de la TV de farándula, en que hizo comentarios que lo pintan de cuerpo entero, y la historia solo creció conforme una tras otra una docena de mujeres salieron públicamente a acusar al magnate de maltratos o abusos. Las encuestas se cargaron fuertemente a favor de Hillary y todo mundo dio por un hecho que la de Trump era una causa perdida.

Y lo es, salvo porque a última hora el director del FBI dio a conocer, vía una carta al Congreso, que se reabría la investigación sobre los correos de Hillary, ya que una de sus más cercanas asesoras, casada con el impresentable Anthony Wiener (acusado entre otras cosas de sextear con una menor de edad), usó el mismo servidor que Hillary para algunas de sus comunicaciones electrónicas.

Lo que parecía asunto resuelto se ha convertido, gracias a la indiscreción o protagonismo del director del FBI, en un presunto nuevo escándalo del que no existe detalle alguno, pero que siembra la duda entre quienes aún están indecisos o quienes pensaban votar por Hillary más como expresión de rechazo a Trump que por auténtico convencimiento.

De nuevo la pesadilla se cierne sobre EU, sobre sus vecinos y sobre el resto del mundo. El magnate odioso respira oxígeno gracias al peculiar anuncio, y a nueve días de las elecciones las encuestas dan un nuevo giro que nadie sabe dónde terminará.

Si hace un par de semanas era importante advertir a los demócratas que no se confiaran, ahora es urgente recordarles que tienen que salir a votar. Los partidarios de Trump son tal vez menos en número, pero mayores en apasionamiento, en fanatismo. Y las elecciones no se ganan con razones, se ganan con votos, con movilización.

Veremos si pesa más el rechazo a uno que el entusiasmo por el otro, en una elección en la que lo único que tienen en común los candidatos es el desagrado que provocan entre los votantes.

Analista político y comunicador.
Twitter: @gabrielguerrac
Facebook: Gabriel guerra Castellanos

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