Suscríbete

¿A qué viene el Papa?

Gabriel Guerra

Como líderes espirituales de millones y millones de católicos se deben a sus fieles, a su liturgia, y al mensaje central de la Iglesia y las creencias que representa

Las visitas de los Papas tienen un doble componente y una doble complejidad: como jefes del Estado Vaticano les corresponden los honores, atenciones y prerrogativas de un dirigente terrenal. Como líderes espirituales de millones y millones de católicos se deben a sus fieles, a su liturgia, y al mensaje central de la Iglesia y las creencias que representa. Conciliar ambos papeles no siempre es fácil, ni para los visitantes ni para los países que los reciben.

Tiempos hubo, no tan lejanos, en que una visita del sumo pontífice era garantía de bonos para sus anfitriones, y no solamente de indulgencias, casi siempre una visita papal era altamente deseable para los poderosos y para el establishment del país que lo recibiría.

Fue el caso en las visitas del mismo Juan Pablo II a México o en sus peregrinares por el mundo. Visitas de proselitismo religioso e ideológico, perfectamente coreografiadas, enfocadas en proteger los intereses establecidos de la Iglesia católica, que no son necesariamente de esa religión. Y es que durante su larga gestión, marcada por su evangelizar en aquellas partes del mundo donde más amenazada se sentía la hegemonía católica o donde apenas empezaba a sentar sus reales, puso también en el escaparate sus múltiples contradicciones.

El cristianismo es hoy en día la religión predominante en el mundo, con más de 2 mil 200 millones de fieles. De ellos, alrededor de la mitad son católicos, el 37% protestantes, el 12% ortodoxos y el resto pertenecen a denominaciones menos conocidas, o referidas a veces despectivamente por muchos como sectas: los Testigos de Jehová, los mormones u otros similares, de acuerdo a un estudio publicado por el prestigiado Pew Research Center (www.pewforum.org).

En algunas partes del mundo, notablemente en África y América Latina, el crecimiento de las denominaciones alternas ha sido verdaderamente explosivo, lo cual ha colocado a la Iglesia católica ante un grave problema: por un lado, las nuevas expresiones religiosas requieren firmeza doctrinaria para mantener tradiciones y fe, pero por el otro la inflexibilidad del Vaticano ante fenómenos sociales y de salud pública lo colocan a contrapelo del sentir y del creer de millones en el mundo en desarrollo, que cada vez se sienten menos representados y comprendidos por las instituciones tradicionales de la Iglesia católica.

Una cosa fue en los años 70 y 80 el reto de la Teología de la Liberación, que buscaba hacer compatibles los reclamos sociales y justicieros de poblaciones oprimidas y perseguidas con las enseñanzas religiosas. Especialmente en América Latina, donde la jerarquía católica ha tendido a estar más cerca de los ricos y poderosos, ignorando su verdadero origen y vocación, la Teología de la Liberación y sus vertientes menos ideologizadas encontraron campo fértil en la pobreza y marginación que se topaban con las ostentosas riquezas no sólo de las clases pudientes sino, especialmente, de los jerarcas de la Iglesia que, una y otra y por enésima vez, lucran con el poder y la influencia que les confiere el púlpito.

El papa Francisco, a diferencia de sus antecesores recientes, es jesuita, es latino, conoce de primera mano lo difícil que es la coexistencia con una dictadura represora como las que azotaron a Argentina durante décadas, así como las secuelas de las crisis económicas que la han desdibujado.

No llegará a México a ver qué le cuentan, o qué ficticia imagen le presentan los nuncios o cardenales, que conocen mejor los restaurantes de lujo de la Ciudad de México que los barrios y los cadáveres de Ciudad Juárez, las penurias de los indígenas en los alrededores de San Cristóbal, la problemática de la pobreza urbana en Ecatepec, o la violencia impune en Michoacán.

Y tendrá algo que decir al respecto, que seguramente no será lo que sus anfitriones querrán oír. Eso es bueno, porque retumbará en muchas conciencias, aunque al final de la visita los jerarcas volverán a sus lujosos y cómodos aposentos, donde creen que no pasa nada, pero donde se está ya desdibujando la arquitectura tradicional de la Iglesia católica...

Analista político y comunicador
Twitter: @gabrielguerrac
www. gabrielguerracastellanos.com
Facebook: Gabriel Guerra Castellanos

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios