La religión del odio y la ignorancia

Gabriel Guerra

Esos, mis queridos lectores, no son los dirigentes de Estado Islámico, son los precandidatos del Partido Republicano que aspiran, y en un descuido podrían llegar, a ocupar la Casa Blanca

Existe un grupo nefasto que propugna a su religión y a su dios como los únicos verdaderos y dignos de respeto. Que cree que son ellos los que, en una suerte de destino manifiesto, han sido elegidos para gobernar el mundo. Su desprecio por quienes profesan otras creencias sólo es superado por su maltrato a quienes tienen otro color de piel, otra manera de pensar, de creer, de amar, de ser. En su universo, las mujeres ocupan un lugar subordinado y secundario, y las condenan al ostracismo o se mofan de ellas cuando se atreven a levantar la cabeza. Ven en la ciencia a un enemigo que amenaza sus más fervientes y primitivas creencias, y puestos a escoger entre sus prejuicios y —digamos— Darwin, no dudan en condenar los textos de éste último a la hoguera, real o figurativa.

Esos, mis queridos lectores, no son los dirigentes de Estado Islámico, son los precandidatos del Partido Republicano que aspiran, y en un descuido podrían llegar, a ocupar la Casa Blanca.

Existe un país musulmán que financia, abierta y/o encubiertamente, a algunos de los más violentos y sanguinarios terroristas radicales islámicos. En ese país las leyes se basan en una estricta interpretación de la Sharia, la ley emanada de una lectura casi literal del Corán. Latigazos y amputaciones son la norma, la pena de muerte es por decapitación, y se ejecuta a los condenados en la plaza pública. Entre los “crímenes” que ameritan la pena de muerte se encuentran el adulterio, la sodomía y la blasfemia, y el más reciente condenado a muerte es un poeta que osó dudar de la infalibilidad del profeta. Este país merecería ser un paria internacional.

Pero ese país no es EI, no es Irán, ni la Siria de Assad. Es Arabia Saudita, aliado y beneficiario de la política exterior, económica y de defensa de Estados Unidos y sus socios occidentales.

Dos ejemplos apenas de cómo los extremos del fundamentalismo se tocan, se cruzan, se entremezclan, se confunden.

El discurso sectario y militarista no es exclusivo de los radicales, sino que es asumido también por los políticos y mandatarios de naciones occidentales que deberían tener la inteligencia y madurez de no ponerse al nivel en que los terroristas los quieren: cuando François Hollande declara que Francia está en guerra con Estado Islámico lo único que logra es conferirle una dimensión, una legitimidad, que los fanáticos ansían y que sus enemigos jurados les conceden impulsiva, irreflexivamente.

Cada vez que un aspirante a la presidencia de Estados Unidos lanza un discurso lleno de odio o de prejuicios contra el Islam y sus fieles, no sólo muestra su cinismo o su ignorancia, o la combinación de ambas cosas, sino que le engorda el caldo a quienes quieren hacer creer a centenares de millones de musulmanes moderados, tolerantes y pacíficos que occidente es, en efecto, su enemigo. En esta obsesión histórica que tienen los fundamentalistas con las Cruzadas de antaño, cada estupidez, cada abuso y exceso verbal de un Trump, un Sanders, una Le Pen, es gasolina para el fuego que los bárbaros de Estado Islámico buscan atizar.

Lo triste es que, toda proporción guardada, ese discurso de odio e incomprensión permea no sólo entre las juventudes marginadas y excluidas en Siria, Libia y Saint Denis, sino también en Iowa, en Wisconsin, en Florida. Unos toman las armas, otros sólo el micrófono, para propagar sus respectivos fundamentalismos, sus conceptos alejados de la realidad y de los preceptos básicos, elementales, de sus propias creencias religiosas.

Y al final lo que queda es eso: una nueva religión, cada vez más ubicua, más universal, que sólo predica el odio por quien es diferente y exalta solamente al que es y piensa como uno.

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Analista político y comunicador.

Twitter: @gabrielguerrac

Facebook: Gabriel Guerra Castellanos

www.gabrielguerracastellanos.com

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