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Intervención del Rector durante el homenaje póstumo que la UNAM rindió al Arq. Teodoro González de León en el Teatro Carlos Lazo, Facultad de Arquitectura
Hoy decidí no improvisar. Quise escribir y leer unas notas de lo que, para mí, representó Teodoro González de León. Evitaré tener la osadía de hablar de arquitectura en este foro.
Lo que sí haré, si me lo permiten, es intentar describir lo que, como mexicano y citadino, puedo apreciar de la obra de Teodoro González de León.
Entiendo que cada quién podrá apreciarlo distinto: algunos percibirán la contundencia de un edificio, otros la escalinata de un parque o luz que se filtra entre las arcadas de alguna de sus obras.
Ustedes, como arquitectos, indiscutiblemente podrán apreciar su obra en forma integral y, con toda seguridad, guardarán en su memoria algún recuerdo cálido, una colaboración fructífera, una charla o un consejo puntual de su relación con Teodoro González de León. Pero a todos los que estamos aquí nos dejó algo.
Yo identifico a Teodoro González de León con el concreto, la piedra y el tezontle. Una triada magnífica que supo aplicar con gran armonía.
Combinando tres elementos para crear uno y aquí —siempre será el producto mayor que la suma de sus partes—: usó la piedra y el concreto cincelando en pilares y dinteles; dándoles fuerza, textura y matices, a los que, con frecuencia, entremezcló la liviandad del enigmático tezontle.
A mí me parece la obra de González de León una suerte de arqueología moderna, estética, luminosa y atrevida.
Su obra es sustancialmente mexicana: González de León hizo suyos los elementos de nuestra nación para darles un lugar especial en una plaza o en un patio, en un pabellón o en una terraza.
Con eso me quedó yo: con la obra de un gran arquitecto que transformó la estética urbana de nuestro país y de su tiempo conservando nuestra identidad.
González de León acuñó en sus obras la modernidad y nuestras raíces y supo siempre llevarlas a la vanguardia desafiando las convenciones propias de su tiempo.
La curiosidad, la experimentación y la innovación fueron su sello distintivo.
Si la Universidad de la nación lo nombró Doctor Honoris Causa en 2001 fue sin duda por estos motivos. Distinguimos entonces y distinguiremos siempre en él una marca de renovada originalidad y de aspiración nacionalista.
Teodoro González de León, en suma, trazó a lo largo de su trayectoria profesional un sendero en el panorama arquitectónico y artístico de México.
Con ello honró a la arquitectura mexicana y a nuestra Universidad y la Universidad le reconoció esa calidad excepcional manifestándole colectivamente con el Honoris Causa.
Hoy estamos aquí para recordarnos que él es y seguirá siendo un motivo de orgullo, porque gracias a su ánimo creativo y mexicano: Por nuestra Raza continuará hablando su espíritu.
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