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Primer round para Moscú

Enrique Berruga Filloy

Como persona, como político y como empresario, el señor Donald Trump es poco afecto a dispensarle elogios a nadie. La única excepción consistente a lo largo de año y medio, desde que empezaron las campañas en Estados Unidos, es el presidente de Rusia, Vladimir Putin. 

Por razones, muchas de ellas misteriosas, el magnate estadounidense tiene una acendrada fascinación por el líder ruso. Esta fascinación puede obedecer a una genuina admiración sobre el arrojo y la mentalidad estratégica de Putin, pero también puede provenir del pago de algunas de deudas de honor importantes, como es la interferencia cibernética de los rusos en las elecciones estadounidenses. Eso se sabrá en su momento, si avanzan las investigaciones que se han encomendado a Robert Mueller, el ex director del FBI. 

Los encuentros entre presidentes norteamericanos y rusos o anteriormente soviéticos han tenido de siempre una importancia muy significativa para el mundo. La reunión de Hamburgo entre Putin y Trump tiene un aura especial de especulación y de simbolismo por lo peculiares que son estos dos personajes, más allá de los poderosos países a los que representan. 

En la memoria de muchos diplomáticos ha quedado el recuerdo de la primera reunión entre John F. Ke-nnedy y Nikita Kruschev, por las graves implicaciones que desató en su momento. El líder soviético salió de aquel primer encuentro convencido de que el joven presidente norteamericano carecía de experiencia y de carácter para enfrentar a la URSS. En ese momento nació la idea en Moscú de colocar misiles nucleares en Cuba. 

Kruschev subestimó al ocupante de la Casa Blanca y ese error de cálculo puso al mundo al borde una guerra nuclear. ¿Qué señales registramos ahora del primer contacto personal entre Putin y Trump?

El primer dato, que no rebasa lo anecdótico, es que hubo buena química entre ambos mandatarios y que Trump siguió mostrando su admiración por Putin. 

En las apariciones públicas, el estadounidense se mostró especialmente cálido y atento hacia su contraparte ruso. Esto refleja un contraste notorio frente a la frialdad y arrogancia que muestra es sus contactos con otros dirigentes como a la canciller alemana, o los presidentes de China y del propio México. 

En el plano político, Trump da la impresión de estar genuinamente convencido de que una buena relación entre Estados Unidos y Rusia es un factor de gran importancia para mantener la paz y la estabilidad del mundo. En sí misma, esta es una intención positiva, a menos que sostener una buena relación signifique la entrega de un cheque en blanco a Moscú para hacer de las suyas, como ya ha ocurrido en Ucrania, en Georgia y en Siria. 

No se ha revelado mayor detalle del contenido de las conversaciones. En las próximas semanas podremos identificar con mayor precisión el fondo de lo acordado si es que observamos cambios sustantivos en la guerra civil de Siria, en el combate al Estado Islámico y sobre todo en las sanciones que Occidente tiene impuestas sobre Rusia después de la anexión de Crimea. Trump podrá calificar de exitosa su estrategia si se logra algún acuerdo para poner fin al conflicto sirio, con lo cual también los europeos respirarían más tranquilamente al ver una disminución en el flujo de refugiados. La moneda de cambio que Putin buscaría obtener para detener la hemorragia en Siria sería el levantamiento de las sanciones económicas contra Rusia. Estemos atentos a estos dos procesos y conoceremos el trasfondo de lo conversado en Hamburgo. 

Sin embargo, el gran fantasma detrás de estas pláticas es la interferencia de hackers rusos en las elecciones que llevaron a Trump a la presidencia. Pocas horas antes de llegar a la reunión del G20, Trump declaró que el ex presidente Barack Obama sabía de esta intervención cibernética y no hizo durante el proceso electoral. La implicación es clara: si Obama hubiera denunciado el involucramiento ruso antes de los comicios, la principal perjudicada habría sido Hillary Clinton por el “descuido” de tener un servidor privado en su casa con comunicaciones como secretaria de Estado. Es decir, el mensaje velado de Trump es que los rusos no buscaban tanto beneficiarlo a él, sino perjudicar a su rival demócrata. Es un manejo retórico, evidentemente, puesto que el resultado final era el mismo: su llegada a la Casa Blanca. 

Putin llegó con ventaja a este primer encuentro, puesto que nadie sabe mejor que él los compromisos que tiene Trump con su gobierno, la medida en que contribuyó a que ahora sea presidente de Estados Unidos y las implicaciones que tendría revelar desde Moscú lo que realmente ocurrió en las elecciones pasadas. Ganancia pura para Rusia en este primer round.
 

Internacionalista 
***Versión en Inglés: Round One: Moscow
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