México Blando

Emilio Lezama

Fue el politólogo estadounidense Joseph Nye quien en 1990 acuñó el concepto de soft power. La caída de la Unión Soviética dejaba en claro que la vieja forma en que las naciones ejercían  poder e influencia no sería posible en un mundo unipolar y plagado de armas nucleares. El concepto de soft power -poder blando- define la habilidad de una nación de ejercer influencia y atracción en el mundo por medios más sutiles que la coerción y la guerra. El concepto ha sido exitoso porque explica una nueva realidad.

En la actualidad, naciones que por su tamaño y sus capacidades militares no podrían competir con las potencias tradicionales, ejercen una influencia importante en el mundo gracias a su habilidad de construir una imagen positiva e influyente.

Visto desde adentro y comparado eternamente con el vecino del norte, los mexicanos padecemos de una claustrofobia falsa cuando se trata de nuestro país. Estamos tan abrumados por nuestros problemas -y hay razones que justifican este comportamiento- que no nos hemos dado cuenta de que el mundo nos observa como un gigante dormido. Por ello, al asumir la presidencia, Peña Nieto lanzó una campaña que buscaba reposicionar a México y otorgarle un rol más prominente en el concierto de naciones. El Plan Nacional de Desarrollo así lo indica: México como un actor con responsabilidad global.

El problema es que para cambiar una imagen no sólo se necesita voluntad sino acciones concretas. La mercadotecnia es poderosa pero no puede contra la realidad.

Hace unos días Portland Communications publicó los resultados de un estudio internacional sobre el “poder blando” de los países. El estudio se basa en los seis factores que Nye considera son los conceptos que definen el “soft power” de una nación: Compromiso Global, Cultura, Gobierno, Educación, Digitalización y Negocios. Entre una treintena de países, México ocupó la penúltima posición. 

El triste desempeño de México tiene diversas explicaciones. Por un lado tiene que ver con la credibilidad que tiene nuestro país. Hace un par de años Joseph Nye hizo hincapié en la creciente importancia de la credibilidad: “la mejor propaganda es la ausencia de propaganda, la credibilidad es el camino más efectivo del poder blando.”  dijo el politólogo americano. Si alguna vez la mercadotecnia funcionó para maquillar las carencias, en el mundo actual esto es imposible. Cuando la realidad y el discurso chocan, la realidad siempre acaba por imponerse.

El presidente Peña Nieto ha construido una estrategia de reposicionamiento poco ortodoxa: presumir lo que el país no tiene. Es una táctica perfecta para el fracaso; por cada vez que el presidente aparece en una portada de un medio internacional promoviendo sus reformas aparecen cientos de artículos que dan testimonio de la violencia y la corrupción que abundan en el país. En ese sentido, la estrategia de promoción del “poder blando” mexicano pareciera estar hecha para subrayar nuestras carencias.

México habla de su responsabilidad global pero no asume riesgos ni liderazgo; México invita a hacer negocios aquí, pero los escándalos de licitaciones y empresas mexicanas dejan claro que el ambiente empresarial es corrupto e ineficiente. El problema funciona también de manera inversa: si la estrategia resalta carencias, también omite nuestras virtudes.

Dentro de esas virtudes quizás la más importante ha sido la cultura. Es la cultura la que ha portado la imagen positiva de México en el mundo. Es a través de ella que nuestro país se comunica con otros países y ejerce su influencia. El arte, el cine, la música, la danza, la literatura, etc... siempre han sido nuestros mejores embajadores. El estudio de Portland Communications lo confirma. Mientras que en el índice general México ocupa la posición 29 de 30, en cultura México está en la 16.

Lo irónico es que mientras que la cultura funge como nuestro gran estandarte en el concierto de naciones, en México es una de las áreas más soslayadas por el gobierno desde hace muchos años. Mientras que se anuncian con gran pompa reformas de toda índole, la cultura sigue relegada y carente de una Secretaría de Estado y de un plan de desarrollo. Dominado por la tecnocracia que percibe al mundo como un conjunto de números, el gobierno mexicano no muestra interés en un bien poco cuantificable. En los ojos de la clase gobernante, la cultura es un lujo prescindible. Si el país fuera una casa, la cultura, para ellos, sería la decoración.

Cambiar la realidad lleva más tiempo que aceptarla. El fracaso de México en los estudios de imagen y poder blando son la consecuencia de una estrategia política que carece de voluntad para cambiar la realidad que le afecta y a la vez es incapaz de percibir la realidad que podría beneficiarlo. Si el gobierno quiere construir legitimidad internacional que proyecte al país, debe entonces buscar transformar lo que predica en realidad. Mientras tanto, México no está sin armas, la cultura sigue siendo la fuente más importante de influencia de México. Si México realmente quiere convertirse en una actor con responsabilidad global tendrá que aprender a enmendar sus defectos y fomentar sus virtudes.

 

@emiliolezama

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