La peste de la corrupción

Emilio Lezama

El caso de Veracruz no es ni aislado ni especial. La corrupción, la impunidad y el cinismo son la regla en un país de excepciones

En su extraordinaria novela, La peste, Albert Camus cuenta la historia del pueblo de Orán cuando repentinamente se llena de una plaga inusitada de ratas que van contagiando a la población. Al principio, las autoridades buscan crear la sensación de que la aparición de ratas es un caso aislado, pero ante la abrumante cantidad de casos, la realidad acaba por imponerse. Frente a la devastación de la peste y la inacción de la autoridades, Orán se da cuenta que se necesita a sí mismo. La salvación de Orán no yace en una receta médica, ni en la esperanza de la benevolencia de un ser todopoderoso, sino en una forma intrínseca de la resistencia y la rebelión: la solidaridad. “Lo que es natural es el microbio,” —dice uno de sus personajes— “la salud, la integridad, son productos de la voluntad humana”.

Una investigación conducida por Animal Político reveló que el gobierno de Javier Duarte desvió 645 millones de pesos de programas sociales. Cuando diputados de oposición intentaron denunciar esta acción en el Congreso local —supuesto contrapeso—, los diputados del PRI y el Partido Verde abandonaron la sesión para evitar que hubiera quorum. Desde la cúpula del partido no hubo pronunciamientos, y la mayoría de los medios importantes del país omitieron la investigación de sus espacios estelares. El reportaje de Animal Político reveló la corrupción de uno de los poderes del gobierno estatal, pero al hacerlo dio pauta para que los otros actores solitos revelaran su propia corrupción. Cuando la peste está esparcida, la muerte de uno confirma el futuro diagnóstico de muchos.

¿Qué tiene que suceder para que un acto tan flagrante de corrupción se vuelva intrascendente? Un dolor de muela sólo pasa desapercibido en el contexto de un mal mayor. El caso de Veracruz no es ni aislado ni especial. La corrupción, la impunidad y el cinismo son la regla en un país de excepciones. Los partidos señalan los casos de corrupción de sus enemigos y callan los suyos propios. No se trata de una falta de autocrítica partidista sino de falta de Estado de derecho. Las instituciones han sido creadas para proteger al poder, y en su afán de hacerlo se van destruyendo a sí mismas. El problema es que la peste es contagiosa; una vez atacadas las instituciones, toda la población está en riesgo. ¿Puede una epidemia acabar con una nación? Durante años la historia oficial pintó el relato de La Conquista como un triunfo heroico del desarrollo tecnológico militar. La verdad es que no fueron las balas las que acabaron con el Imperio Azteca; Te-
nochtitlán no sucumbió ante los españoles, sino ante la epidemia de viruela.

¿Cómo frenar la inercia? Como cada seis años, los partidos políticos buscan mantener la ilusión paternalista de que un mesías podrá salvarnos. Los mexicanos nos hemos creído el mito. ¿Quién será el próximo presidente? En el fondo de toda la conmoción social está la noción, falsa y perpetuada por el poder, de que sólo un buen gobernante puede salvarnos. Los personajes de Camus se dieron cuenta muy rápido de que esto no es así, hacerlo trajo consecuencias insospechadas. Cuando se destruye el mito de lo sobrenatural se empodera lo natural. Nuestras vidas toman valor en la medida en la que desmitificamos el valor agregado de las vidas de los otros. ¿Qué tanto ha significado para el país la llegada de los superhombres? ¿Salinas, Fox, Calderón, Peña Nieto? Cada sexenio amanecemos con la esperanza de que ahora sí las cosas cambiarán y acabamos con la noticia de que todo permanece igual. ¿Por qué repetimos una y otra vez el círculo vicioso?

A veces la solución está en nosotros mismos. En la fuerza obstinada de la resistencia y la solidaridad. Para los pobladores de Orán la única salvación ante las ratas fue fortalecer al humano, para hacer frente a una inclemente divinidad, robustecer al individuo. La peste de la corrupción amenaza con destruir a México; ante ella, la solución no está en recetas mágicas o en vertir las esperanzas comunes en un superhombre sino en empoderarnos nosotros mismos. Como en la novela de Camus, no basta acabar con las ratas, sino construir mecanismos sociales para evitar que puedan proliferar.

Analista político.

@emiliolezama

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