Esta sociedad que somos

Editorial EL UNIVERSAL

Algo anda mal en la sociedad mexicana cuando los medios de comunicación dan a conocer que un menor de siete años de edad —Antony— fue rescatado en la delegación Gustavo A. Madero de la capital del país, luego de haber permanecido toda su vida encadenado, con huellas evidentes de maltrato y de desnutrición.

No es el único caso, hace dos años se conoció la historia de Zunduri, joven de 22 años que era encadenada y golpeada para obligarla a trabajar en una planchaduría. Y un poco antes el país conoció al llamado niño sicario, que a sus 14 años de edad trabajaba para un grupo del crimen organizado en Morelos.

¿En qué momento se quiebra la relación padres-hijos para que a los unos o a los otros no les importe dicho vínculo y tomen rumbos distintos? Progenitores que abandonan, regalan u olvidan a su descendencia. Los hijos que buscan huir de la casa familiar y prefieren la calle o cualquier otro sitio, aunque queden en manos de personas o grupos que les arrebatan su dignidad.

En las calles de las grandes ciudades esas historias se cuentan por centenas o miles. Menores de edad que seguramente encuentran en la vía pública un infierno más llevadero que el que representaba la vida en casa.

A principios de este año se conoció también el caso de una joven de 17 años en situación de calle que fue hallada muerta en la delegación Álvaro Obregón. De sus padres poco se supo; sus abuelos fueron encontrados, pero no quisieron saber nada de ella.

Pero quizá la historia más triste en el archivo reciente es la de la niña de dos años que el 23 de marzo de 2015 fue hallada en la ciudad de México dentro de una maleta, con señales de haber sido víctima de abuso sexual.

Difícilmente el Estado puede estar detrás de cada uno de los habitantes del país —ni es lo más recomendable— pero es evidente que los gobiernos de todos los niveles enfrentan la exigencia urgente de otorgar algún tipo de atención psicológica y social a su población más vulnerable.

Los casos conocidos en los últimos años deben ser una señal de alerta de que en ciertos grupos, bajo ciertas condiciones (educativas, económicas, psicológicas), al tejido social y familiar le está surgiendo un boquete, que requiere de una inmediata intervención.

Los más vulnerables —sean menores de edad o mujeres—, están siendo el blanco de resentimientos que la misma sociedad les generó en algún momento. Por delante, hay mucho que aprender en materia de convivencia y de respeto, comenzando con el entorno familiar.

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