Mexicanos corruptos

Editorial EL UNIVERSAL

Cuando el presidente Enrique Peña Nieto dijo que la corrupción era un mal de origen cultural recibió críticas. Desde entonces el mandatario ha repetido esa aseveración porque, dice, “para hacerle frente tenemos que partir de reconocer esta debilidad y del fortalecimiento de instituciones que permitan combatir prácticas de corrupción”.

Los datos revelados por la OCDE ayer en relación a la corrupción, corroboran lo dicho por el gobernante: “En México, la tolerancia a la corrupción en ramos no gubernamentales es una preocupación constante que debe ser atendida. Por ejemplo, 33% de los encuestados mexicanos reportaron haber pagado un soborno por alguno de los siguientes sectores: educación, sistema judicial, servicios médicos y de salud, a la policía, permisos, impuestos y servicios públicos”, afirma el reporte Revisión de la integridad en México. Tomando una postura más fuerte contra la corrupción.

En comparación con los otros 33 países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el porcentaje de ciudadanos que aceptó haber pagado al margen de la ley para recibir un servicio es significativamente más alto, dice el estudio.

Hay un elemento justificatorio que los mexicanos siempre enarbolamos a la hora de utilizar la corrupción: que no hay otra forma de obtener los beneficios públicos que el gobierno y la ley deberían otorgarnos.

Sin embargo, hay casos de que no siempre hay un factor de “justicia social” detrás del empleo de la corrupción. Por ejemplo, entre los encuestados, de todos los países de la OCDE los ciudadanos mexicanos fueron los que se mostraron más a favor de evitar pagar la tarifa en el transporte público. ¿Cómo justificar ese comportamiento?

“Existe una fuerte percepción de que los ciudadanos en México son apáticos hacia la corrupción”, señala el texto. El aspirante al gobierno de Nayarit, el tristemente famoso Hilario Ramírez, alias Layín, es un caso emblemático de ello. La gente votó por él pese a haber admitido robar a la administración pública cuando fue alcalde por primera vez. Ganó de nuevo la alcaldía porque, al parecer, a los habitantes de su poblado les interesaba más beneficiarse de esa corrupción que combatirla.

El gobierno es corrupto, se repite en los espacios públicos una y otra vez. Puede ser cierto, sin embargo, ¿sería diferente el comportamiento de cualquier otro integrante del pueblo si tuviera también la oportunidad de robar?

No necesitamos a gente “buena” para combatir la corrupción (ser parte del “pueblo” no garantiza bondad). Lo que se requiere son mecanismos de transparencia e instituciones sólidas.

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