La frágil paz de Nuevo León

Editorial EL UNIVERSAL

En 2010 Monterrey era un caos. Pasó en sólo dos años de la violencia ocasional en los barrios pobres a los narcobloqueos en toda la ciudad; las granadas contra los medios locales; los secuestros de funcionarios públicos en las puertas de sus casas. La violencia que los regiomontanos experimentaron entre 2009 y 2013 hizo temer a las otras grandes ciudades del país que nadie en México estaba seguro. Por fortuna, la situación se calmó en 2014. Sin embargo, hay datos de que la violencia está regresando.

La Procuraduría de Justicia de la entidad reportó 451 homicidios dolosos a lo largo de 2015, pero hasta julio de 2016, a cinco meses de que concluya el año, se registraron ya 395. Es decir, es casi un hecho que la cifra de 2015 será superada con mucho.

Hay que poner los números en contexto. Si bien hay un incremento, todavía estamos lejos de 2012, por ejemplo, cuando tan sólo los primeros tres meses del año tuvieron casi la misma cantidad de homicidios (441) que los 12 meses de 2015.

De cualquier manera sería irresponsable minimizar el regreso de la violencia. Así se comporta la inseguridad: crecen los delitos poco a poco hasta que, de pronto, la ciudadanía vuelve a perder la tranquilidad. Es algo que México no puede permitirse en Monterrey. La ciudad ha sido el principal punto de interlocución entre México y Estados Unidos, pionero de la industrialización del país, tierra de los más grandes empresarios, polo de influencia política y orgullo por la riqueza producto de su esfuerzo. La capital de Nuevo León es para México lo que Barcelona para España, Milán para Italia, Shanghai para China. Ninguno de esos países podría siquiera considerar la posibilidad de ver esas ciudades en manos del crimen organizado; representaría la derrota del Estado.

Entre 2009 y 2013 las autoridades municipales y estatales en Nuevo León habían sido rebasadas. Parte de la recuperación del estado pasó por el fortalecimiento de las policías locales junto con la intervención militar en algunos casos. ¿Aflojó la administración estatal las medidas tomadas? El gobernador Jaime Rodríguez, El Bronco, debe ofrecer soluciones mientras todavía le es posible manejarlo en el ámbito local.

Una descomposición de las instituciones que fueron salvadas en los años previos haría que no bastaran soldados ni federales para volver a la tranquilidad. Las policías confiables se reconstruyen muy lentamente; véase si no los casos de Michoacán y Chihuahua. Tamaulipas sigue sin lograrlo.

La culpa no es del nuevo sistema penal, como han sugerido algunos, sino de su implementación. Para eso son profesionales las policías —o deberían serlo—, para combatir el crimen sin necesidad de adoptar las prácticas de la barbarie.

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