Desde que Europa es blanco de ataques terroristas cada vez más frecuentes, cunde en el mundo una pregunta: ¿hasta qué punto se debe defender la libertad que ha permitido a los asesinos actuar? La libertad es el principio sobre el cual se construye todo régimen democrático. El problema es que incluso esa noción se ve cuestionada cuando enfrenta a otros valores importantes para una sociedad.

En al menos veinte poblados en Francia, en la costa sur de su territorio, se han aprobado normas que prohíben a las personas llevar indumentarias que podrían esconder armas o bombas. Obviamente, las medidas estaban dirigidas a impedir que las mujeres musulmanas usaran una cosa llamada burkini, es decir, una prenda para bañarse en playa que les cubre todo el cuerpo, como dictan sus costumbres.

Tras varios días de intensa polémica, ayer el Consejo de Estado del país europeo suspendió la decisión de prohibir el atuendo en una de las localidades, al considerar que el alcalde no puede prohibir el acceso a la playa porque no está justificado un riesgo o amenaza a la seguridad o el orden público. Además, se atenta contra la libertad de movimiento y la libertad religiosa.

Villeneuve-Loubet, la zona turística donde se quitó la prohibición, está muy cerca de Niza, la ciudad que apenas hace unos meses sufrió un terrible ataque terrorista en el que murieron 84 personas luego de que un fanático islamista arrollara a sus víctimas con un autobús. ¿Puede decírsele a los habitantes temerosos de un nuevo atentado que la libertad de vestirse como se quiera está por encima de una medida de seguridad? Ese es el gran dilema.

Quizá se puede comparar este debate al que tenemos en México entre la observancia de los Derechos Humanos y la lucha contra el crimen. No necesariamente son asuntos contradictorios, sin embargo, ante los ojos de gran parte de la población es imposible ignorar que los derechos de los presuntos delincuentes son herramientas útiles de éstos para conseguir evadir la conclusión de los procedimientos penales.

En el caso francés se añade otra complicación: la frontera entre secularismo y libertad individual. Tan difícil de discernir es ese límite que mientras el primer ministro, Manuel Valls, apoyó la prohibición del burkini, la ministra de Educación, Najat Vallaud-Belkacem, dijo que si bien le horroriza esa prenda —como herramienta de opresión femenina— prohibirla “libera el discurso racista”.

El debate continúa en tanto la crisis de migrantes musulmanes hacia Europa no termina. Crece la población foránea que vive en Alemania, Francia, Italia... pero sin ceñirse a los valores que éstos comparten. Colisión inminente.

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