Las campañas políticas, como parte de un sistema electoral y medio del cual se sirven los políticos para darse a conocer entre la gente en pos de un cargo de elección popular, son quizá una de las expresiones por excelencia de la salud de un régimen democrático. En el nivel y tipo de discusión que se tenga entre los contendientes en un procesos electoral se evidencia, en igual proporción, el horizonte que alcanza la cultura democrática de una sociedad y su clase política.

En términos ideales, una campaña política tendría que estar centrada en propuestas concretas que respondan a las demandas y necesidades ciudadanas. Pero cuando entre el discurso de un político y las inquietudes de la sociedad no hay correspondencia, sale a flote una ruptura entre ambos actores sociales, lo que deja sin sentido el ejercicio democrático.

Peor todavía es que en los mensajes y discursos de cualquier candidato, que debieran conformar su plataforma política reine un ímpetu belicoso —escaso de propuestas y sólo consistente en la ofensa, la descalificación y el denuesto— como medio y fin en sí mismo para ganar ventaja al adversario.

Y ya no hablemos de lo que significa que éste sea el matiz predominante en un proceso electoral entre todos los contendientes. Estamos hablando de una guerra de lodo, y cosas peores, producto de una competencia en la que domina una feroz ambición por el poder, no por servir a la comunidad, en la que los reclamos ciudadanos no sólo pasan a segundo plano, sino que dejan de importar y ya no son un factor —cuando debiera ser el único— a tomar en cuenta por los políticos.

Lo anterior no significa que en una campaña política los adversarios no puedan hacerse mutuas acusaciones y señalamientos, o no deban evidenciar las inconsistencias en el discurso del otro; ésto, de hecho, es necesario e indicador de pluralidad y verdadera competencia. El problema es cuando dichos señalamientos, sin importar sus posibles implicaciones, se convierten en ataques personales —que pudieran ser injurias o calumnias— que no abonan al debate público sobre el estado de cosas en tal municipio, estado o país, y sólo enrarecen el ambiente social y político, además de atentar contra la fama de los destinatarios y posiblemente poner en peligro su integridad.

Hoy este diario hace un recuento de los ataques y denuncias que políticos de casi todos los partidos han hecho a sus oponentes en las campañas de este 2016, cercanas a concluir, marcadas por el duelo de filtraciones de supuestas corruptelas, acusaciones de vínculos con el narco, relaciones extramatrimoniales o riquezas malhabidas. Una guerra sucia sin más de la que casi ninguna de las 12 entidades que renovarán gobernador escapó.

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Guerra sucia que, por desgracia para México, muestra que no tenemos una clase política realmente democrática a la cual podamos pedir otro nivel de debate y en la que se pueda creer.

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