Los terroristas no nacen, se hacen. Por desgracia no es fácil detectar en qué momento se deciden a serlo ni qué características precisas posee una persona cuando se vuelve asesina. Ante los atentados cometidos en París el fin de semana pasado que dejaron más de 120 muertos, los países de la Unión Europea y en general de Occidente habrán de preguntarse: ¿hasta qué punto, en nombre de los valores de humanidad que defendemos, le seguiremos permitiendo a extraños vivir entre nuestros ciudadanos?

Dos imágenes emblemáticas han marcado en este 2015 al mundo: la del niño muerto en una playa de Turquía, parte de la tragedia de cientos de miles de sirios que huyen de la guerra en su país. Y ahora la de una Torre Eiffel sin luces, apagada, de luto por el crimen cometido por radicales islámicos.

La corrección política llama a evitar vincular los hechos porque ninguna culpa tienen cientos de miles que huyen de la guerra de lo ocurrido en París. Pero el nexo es inevitable. En octubre pasado a uno de los sospechosos de los atentados se le permitió entrar a la Unión Europea, vía Grecia, tras identificarse como un refugiado sirio de nombre Ahmad al Muhammad. ¿Cómo habría podido evitarse esa infiltración sin hacer una revisión exhaustiva de cada uno del millón de migrantes indocumentados que entraron a Europa tan sólo entre enero y octubre del año en curso? Imposible.

Impedir el paso de todos los inmigrantes, para evitar que unos cuantos que sean peligrosos ingresen, es una oferta simple, que no atiende los orígenes del problema, pero en apariencia es muy atractiva. En Estados Unidos más de la mitad de los gobernadores que tiene ese país —de 26 estados hasta anoche— se manifestaron en contra de que el gobierno federal de su país coloque refugiados sirios en sus territorios. Por su parte el primer ministro húngaro declaró ayer en el marco de los ataques terroristas: “Aquellos quienes dijeron ‘sí’ a la inmigración, quienes transportaron gente de zonas de guerra, esas personas no hicieron lo suficiente para defender a los europeos.” Polonia anunció la suspensión de la entrada de sirios a su territorio.

México, un país con millones de migrantes en Estados Unidos, padece un estigma similar y el aspirante presidencial de ese país, Donald Trump, lo expresó abiertamente en una ocasión: los mexicanos que entran son violadores y asesinos. El hombre sigue a la cabeza de las encuestas.

Los años que vienen serán definitorios en políticas de migración y su relación con la seguridad en todo el mundo occidental. Cerrar la puerta de las naciones civilizadas a quien huye de los problemas en su país es una medida cortoplacista, pero las alternativas no se están escuchando, no se notan.

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