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En 2016 se le va a dar a los partidos políticos en México la misma cantidad de dinero que el aumento presupuestario planeado para el campo el próximo año: 8 mil 500 millones de pesos. Ese dinero es, supuestamente, para que los partidos “transmitan” sus propuestas a la sociedad. El entrecomillado parte de la duda de que regalar cubetas y gorras, o lanzar spots con dos o tres palabras, en verdad sirvan a ese propósito.
Cada año es lo mismo, con el agravante esta vez de que mientras el crecimiento económico es escaso y se pide a la población hacer sacrificios, los partidos no se muestran dispuestos a hacerlos. Lejos de reducirse los beneficios, la proyección es que se incrementen el próximo año, de acuerdo con la reforma electoral 2014, que estableció el monto de prerrogativas para los partidos a nivel estatal con la misma fórmula aplicable a nivel federal: multiplicar el número de ciudadanos del padrón electoral —federal o de la entidad, según el caso— por el 65% del salario mínimo vigente en la región. Claro, no lo hicieron con base en el número de los votantes sino con el de los inscritos, de tal forma que no tienen tampoco un incentivo para promover la participación de las mayorías que les desprecian.
Algunos políticos considerarán, quizá, que el gasto es irrelevante tanto por la totalidad del presupuesto público (más de 4 mil billones), como por la costumbre enraizada en México de que los partidos derrochan en grande y sin consecuencias. Al fin que ninguna elección ha sido invalidada a la fecha por rebase en topes de gastos. La gente ha soportado toda clase de escándalos y sigue sin intentar cambiar el sistema, dirán.
Desestiman, sin embargo, que con las mismas reglas del juego con las que los políticos tradicionales se sostienen en el poder, éstos han caído en otras partes del mundo, dando paso algunas veces a movimientos sociales democráticos; pero en otras, permitiendo la llegada de caudillos sin tolerancia a los opositores. Cualquiera que pudiera llegar a ser el caso para México, lo único seguro es que quienes hoy son beneficiarios del statu quo lo dejarían de ser.
El auge de los candidatos independientes es un síntoma del hartazgo en la clase política tradicional que probablemente vea su verdadera dimensión en las eleciones de 2018. Mientras tanto, los partidos están desperdiciando una primera oportunidad para mostrarse diferentes. El gasto al que tienen acceso es la carta de presentación con la cual se asumen como casta privilegiada ante la ciudadanía. Después de mostrar a la gente ese rostro ¿para qué molestarse en convencerla de sus virtudes? Quedan descalificados de inicio.
La manera como la gente podrá demostrar a los partidos que su dinero no compra conciencias es en las elecciones locales del próximo año. Si pese al gasto en estrategias de compra y acarreo, gana quien de verdad se dedicó en transmitir propuestas, en ese momento los votantes habrán ejercido una democracia que va más allá de acudir mecánicamente a las urnas.
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