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México ha sufrido por décadas la presencia del crimen organizado en su vertiente más conocida, la del tráfico ilícito de drogas. Fue a partir de la década de los setenta cuando el fenómeno se presenta con más virulencia y una actividad innegable y muy conocida.
Diversas circunstancias mundiales conspiraron para esa irrupción atroz en nuestro territorio. El desmantelamiento de grupos mafiosos que actuaban en Europa y con rutas desde el Oriente, durante la posguerra, que obligó a los grupos delincuenciales a moverse. Una demanda creciente de droga en los vecinos del norte, ante la prosperidad de movimientos juveniles que adoptaron la contracultura a favor del uso y abuso de estupefacientes con las lamentables secuelas de la guerra en Vietnam. Experiencias previas de siembra de amapola en las serranías occidentales mexicanas, que permitían obtener morfina para los heridos de guerra del ejército norteamericano en el escenario del Pacífico y su atención médica en un Hospital habilitado en Mazatlán. Tres mil kilómetros de frontera abierta y muy porosa en nuestro norte geográfico, serranías altas y soleadas, escasa vigilancia y pocos caminos, una población campesina empobrecida y proclive a la siembra y cultivo de plantas productoras de droga, una legislación e instituciones públicas impreparadas.
Sí, fuimos presa fácil para el crimen organizado sin fronteras. De hecho, nuestros primeros capos de la droga fueron extranjeros. Nuestra ley penal se reformó ya iniciada esa década de los setenta para acudir con mayor eficacia a la contención del evento criminal. Desde entonces, se supo distinguir entre consumidores de droga y narcotraficantes y éstos y campesinos involucrados por necesidad. La verdad es que México no estaba preparado en esas épocas para un combate tan novedoso y formidable. La crisis petrolera de fines de esa década no permitió reforzar los programas antidrogas y se fue por la vía de la contención para evitar daños entre la población civil. Fueron, sin embargo, puestos en prisión muchos líderes de las empresas criminales.
La posición prohibicionista era la dominante en el mundo y México reaccionó en esa medida. Se destruyeron plantíos, se rastreaban cielos y aguas territoriales, se aseguraban bienes producto del narco, se planteaban nuevas disposiciones legales y programas ad-hoc. Nada fue suficiente; era una lucha desigual y con rasgos de perversidad por uno de los lados: el criminal.
Luego se intentó una confrontación abierta, que llegó a cobrar ribetes de guerra con decenas de miles de víctimas, daños colaterales contra inocentes, desaparecidos, proliferación de fosas con cadáveres. No se logró mayor resultado, sino el fortalecimiento de los carteles de la droga y su atomización.
Esa es la experiencia mexicana durante ya 40 años. No tenemos resultados que presumir. Sí mucho daño y sufrimiento. En otros países no fue diferente, e incluso fue más cruel y sangriento el combate.
Ahora, el presidente Peña Nieto presenta en la ONU un paquete integral y sistematizado de acciones y políticas públicas de orden planetario o al menos hemisférico, que recibimos con agrado. Se plantea, sin mayores vueltas, cambiar el modelo de atención al problema y pasar del prohibicionismo, que entecos resultados ha arrojado, por nuevas medidas preventivas y de mayor alcance en áreas como la sanitaria, la financiera, la de alternativas económicas.
Es hora de dejar de levantar los hombros, como si no fuera nuestro problema, o de levantar la ceja, con esa actitud eternamente dubitativa ante lo nuevo. Es momento de impulsar ideas nuevas y grandes, para atender problemas antiguos y de dimensiones globales. Bienvenida la postura mexicana.
Presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México
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