¿Cuál sería una política comercial progresista?

Carlos Heredia Zubieta

Estoy convencido de que el verdadero debate sobre la globalización y la política comercial no es entre librecambistas y proteccionistas, ni entre partidarios de la internacionalización de las economías por una parte, y los nacionalistas a ultranza por la otra.

Lo que está en juego es quién se beneficia de la manera en que codificamos la inserción de nuestros países en la economía global, en un marco de creciente interdependencia.

Hoy la política comercial está en el centro del debate político en Estados Unidos. Tanto el presunto candidato republicano, Donald Trump, como la probable candidata demócrata, Hillary Clinton, tienen expresiones críticas respecto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA por sus siglas en inglés) y del Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica (TPP por sus siglas en inglés).

Como lo ha señalado el economista Dani Rodrik, profesor de la Universidad de Harvard, no todos los ciudadanos de un país se benefician de igual manera con la globalización. Los grandes ganadores han sido los financieros y los profesionales altamente calificados que se benefician de la expansión de los mercados.

Creo, sin embargo, que el punto crucial está en otra parte.

A diferencia de Trump, yo no soy partidario de revertir el TLCAN. Soy mexicano, aprendí inglés en Minnesota, estudié en Montréal y en la ciudad de Quebec, trabajé en Washington y me siento como pez en el agua en los tres países de América del Norte.

Al igual que Rodrik, pienso que unas normas comerciales más sensibles a las preocupaciones sociales y a la equidad no se contraponen con el crecimiento económico, sino que lo vigorizan.

Muchos países hoy industrializados han usado los subsidios, los requerimientos de contenido nacional, las regulaciones de la inversión extranjera y las barreras no arancelarias con el fin de crear industrias nacionales de alto valor agregado. Hoy denuncian en otros países exactamente las mismas medidas que ellos instrumentaron en etapas previas.

Otro punto crucial es la movilidad laboral regulada. América del Norte cuenta con la base demográfica y la fuerza laboral más joven y más dinámica del mundo, precisamente por la inmigración de trabajadores mexicanos y de otros países latinoamericanos a Estados Unidos. La tasa de dependencia de las personas menores de 15 años y mayores de 65 respecto de la población económicamente activa es mucho menor que en Europa y Asia.

Como señaló Jaime Serra en el foro México Global el 3 de mayo, al impedir el ingreso de los flujos de mano de obra que requieren los empleadores, se impide también su salida, y por lo tanto se pierde la circularidad del factor trabajo.

En un mundo globalizado las agendas políticas y las plataformas comerciales atraviesan nacionalidades. Se construyen agendas transnacionales, tanto desde las empresas multinacionales como desde los migrantes y los trabajadores. Es necesario pensar más allá de las fronteras, y unir esfuerzos locales con los nacionales y los internacionales.

La demografía está dando pie a nuevos mercados laborales transfronterizos y transnacionales que no conocíamos apenas hace años. No tiene sentido contrapuntear a los trabajadores mexicanos frente a los estadounidenses, porque a final de cuentas ambos buscan lo mismo: políticas incluyentes, equitativas y sustentables para sus familias.

Demos la bienvenida al trabajador transnacional, porque ese obrero industrial, o ese paramédico, o esa enfermera, o ese soldador, o ese carpintero, o esa programadora de computadoras mexicana que trabaja en Estados Unidos se ha convertido en la clave de la productividad regional y de una mejor calidad de vida para quienes vivimos y trabajamos en América del Norte.

Profesor asociado en el CIDE

@Carlos_Tampico

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