La migración inversa

Andrew Selee

La migración inversa es una muestra más de la interdependencia, no sólo económica, sino también de las relaciones humanas que une a México y EU

Mucho se ha escrito sobre las contribuciones de los mexicanos y sus descendientes en los Estados Unidos. Políticos, como el gobernador de Nevada, Brian Sandoval y el secretario de Vivienda, Julián Castro; cineastas como Robert Rodríguez y Alejandro González Iñarritú; cantantes como las dos Selenas (Quintanilla y Gómez) y los Tigres del Norte; poetas como Sandra Cisneros y Juan Felipe Herrera (el poeta laureado de los EU) y mariscales de campo como Tony Romo y Mark Sánchez, entre muchos millones de otros, son más de una décima parte de la población del vecino del norte.

Menos sobre los estadounidenses que viven en México y sus descendientes, y las contribuciones que han hecho a este país. Para empezar, los estadounidenses en México son un grupo más compacto, aunque no pequeño, quizás entre medio millón y un millón de personas con algunos pocos que son hijos o nietos de inmigrantes estadounidenses. Se dividen entre diferentes segmentos, cada uno con una historia distinta.

Quizás el más famoso de todos los descendientes de inmigrantes estadounidenses es el ex presidente Vicente Fox, cuyo abuelo migró de Ohio a Guanajuato buscando oportunidades económicas. Pero también está la escritora Jennifer Clement, autora de la bellísima novela Ladydi sobre mujeres en Guerrero, y ex presidenta de PEN/México, quien creció en el país desde niña. El periodista, David Luhnow encargado del Wall Street Journal para México y América Latina, nació y creció en México, igual que David Brooks, el pelirrojo y muy mexicano corresponsal de La Jornada en EU, ambos hijos de estadounidenses que se asentaron en México. Y en el plano musical, no se pueden olvidar los hermanos Jesse y Joy, hijos de una madre estadounidense.

Gran parte de los nacidos en Estados Unidos que viven ahora en México llegaron como adultos por cuestiones de trabajo o familia, como la escritora C. M. Mayo, autora de la novela fascinante El último Príncipe del Imperio México, y el académico John Ackerman, profesor en la UNAM y articulista de Proceso, así como Randy Ebright, el baterista y, a veces, rapero de la banda Molotov. La llegada de multinacionales y la globalización de las empresas mexicanas también están atrayendo un número grande de estadounidenses quienes trabajan en o con éstas, como el ex embajador de EU, Tony Garza, ahora un respetado abogado y asesor en el Distrito Federal.

Son los jubilados que han llegado a disfrutar sus pensiones en los paraísos de San Miguel de Allende, el Lago Chapala, Ensenada y Puerto Vallarta. Entre estos, uno de los más famosos es Bob Pittman, fundador de MTV y productor del sabroso tequila Casa Dragones, pero hay una gran variedad de personas que han elegido vivir en México, desde empresarios y políticos hasta maestros y plomeros. Algunos comparten su tiempo entre México y Estados Unidos, pero hay muchos que residen permanentemente en el país.

Finalmente hay un número creciente de hijos de mexicanos que nacieron en Estados Unidos y tienen la ciudadanía de ese país. En algunos casos viven en México por la decisión de sus padres de regresar, pero en otros casos su estancia en México es producto de las deportaciones. Estados como Michoacán, Guanajuato y Zacatecas tienen un número no menor de niños y jóvenes estadounidenses que son mexicanos por herencia, pero no han vivido antes en el país y a veces no hablan español.

La migración inversa, de Estados Unidos a México, ha sido menos voluminosa que la migración de mexicanos a los Estados Unidos, pero todo parece indicar que el flujo de norte al sur está incrementándose justo al momento en que el flujo de sur al norte está disminuyendo. Es una muestra más de lo interdependiente que se han vuelto estos dos países, no solamente en términos económicos, sino también en las relaciones humanas que unen sus poblaciones.

 

Vicepresidente ejecutivo del Centro Woodrow Wilson

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