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04/07/2015
04:16
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Viendo a mediados de esta semana la semifinal Estados Unidos contra Alemania del Mundial Femenil recordé que, no hace mucho tiempo, pensábamos que el futbol era un deporte, y no un espectáculo en el que las masas nos damos sudorosa terapia de guerra, como en las corridas de toros o los conciertos de rock.

El impacto que me causó ver un juego en el que dos grupos de atletas competían genuina e inteligentemente para definir cuál de los dos era más rápido, más fuerte y se asociaba mejor, seguramente fue magnificado no sólo por el hecho de que en los días anteriores había estado viendo con lujoso placer culpable esa carnicería que es la Copa América, sino por que estaba en un bar en el que pasaban simultáneamente, y en pantallas una al lado de la otra, el juego del Mundial Femenil y el de Argentina contra Paraguay. No sé si ese segundo partido —un bodrio comparado con el de las gringas y las alemanas— fue más limpio o más sucio que los demás de la copa de hombres, porque apenas le puse atención, pero me impresionó muchísimo la limpieza solar de los trazos en el juego entre mujeres, el orden de los equipos, la velocidad ininterrumpida con que subían el balón de la defensa a la delantera, en comparación con lo que sucedía en la cancha chilena —oscura y dracúlea. El partido entre hombres era tan aparatosamente cerdo, que lo difícil no parecía organizar una jugada para meter un gol, sino lograr que la pelota llegara de un punto a otro del campo sin que una patada, un rodillazo, un insulto, interrumpiera la acción. 

Ya lo había dicho, con diferentes matices, en este espacio: una sociedad que le grita “puto” al arquero enemigo cuando despeja, es una sociedad con pulsiones totalitarias, que no tolera la diferencia; piensa que un término que define la orientación sexual de alguien es un insulto. Además es una sociedad que confía tan poco en su propio equipo, que descree tanto de si y su capacidad para figurar internacionalmente, que siente la urgencia de meterse a la cancha y echarle la mano a los competidores que la representan. 

En el contexto de la Copa América lo que sucede en la grama es tan inverosímilmente cochambroso, el comportamiento de los futbolistas está tan absolutamente fuera de cualquier código de comportamiento socialmente aceptable, tan divorciado de la idea de competencia leal, que los desplantes de barbarie del público pasan a un segundo plano muy remoto. Esto, por supuesto, si pudiéramos definir a quienes se desgreñan en la cancha como futbolistas. Creo que ya no los son, o que muchos de ellos ya no lo son, o que ya hay tantas manzanas podridas que no puedo discernir cuáles están sanas. Son, mayoritariamente, unos gladiadores sin escrúpulos que para llegar a donde están —es decir, donde se gana más dinero— echaron del camino a los deportistas serios que también querían ser profesionales, picándoles el culo, dándoles guajoloteras cuando nadie veía, jalándoles las narices.

Lo interesante, en todo caso —no es mi papel aquí moralizar, sino señalar un fenómeno en el mundo—, es que lo que demerita la calidad del juego, incrementa su capacidad para convertirlo en espectáculo. Un deporte que exaltaba ciertos valores —tampoco admirables siempre— se transformó, por obra y gracia de su capacidad para encarnar los orgullos nacionales y producir ganancias de capital rápidas, en una comedia, en un zipizape de carnaval, gloriosamente grotesco. Los partidos, que al final seguimos atendiendo, se ven con esa fruición un poco torcida con la que uno recorre las palizas y humillaciones con que los personajes se tunden entre si en el Quijote. Si el futbol de las mujeres es un deporte, el de la Conmebol es un espectáculo cervantino frente al que nos sentamos para ver desplegado en formato compacto todo lo peor que somos y tenemos. 

Vista como una forma contemporánea de la picaresca hispánica, la Copa América es pura diversión. Termina, como las novelas del siglo XVII, siendo edificante por su falta radical de ejemplaridad. La final de hoy no hay que verla como quien se interesa por un juego, hay que disfrutarla como quién se asoma a la llaga de sus debilidades y mete el dedo. (El albur fue involuntario, pero lo dejo porque está bueno.) Luego, el domingo, hay que ver el futbol.

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Es graduado de la Universidad Iberoamericana e hizo el...