El amigo del enemigo

Agustín Basave

Para Camila, quien trae luz a un mundo en tinieblas

 

La hostilidad de Donald Trump va a perjudicar a México pero, por ahora, está beneficiando a Enrique Peña Nieto. Ha propiciado que parte del enojo social de los mexicanos deje de lado el gasolinazo para cerrar filas en defensa de México, y eso ha disminuido un poco la presión social sobre el presidente más impopular de nuestra historia reciente. En ese contexto, los spin doctors del gobierno cocinan una maniobra en medios y redes para señalar como antipatriotas a quienes critiquen a Peña Nieto. Son momentos de unidad, se dice, y todos debemos respaldarlo incondicionalmente. No importa que la inexperiencia y la pusilanimidad de Luis Videgaray estén arrastrando a Peña a una mala negociación; quien se queje de ello y exija de ambos la sagacidad y los arrestos necesarios para enfrentar a Trump será un mal mexicano. El peñanietismo apela a nuestros sentimientos patrióticos para orillarnos a seguir al presidente acríticamente, aunque sus equivocaciones nos estén llevando al abismo.

No debemos sucumbir a esta marea de posverdad. El nombramiento de Videgaray en la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) constituyó un gravísimo error. Fue él quien le organizó al entonces candidato antimexicano, para efectos prácticos, un acto de campaña en Los Pinos justo cuando iba en picada. Increíblemente, esa mancha imborrable —simpatizar con quien pretende hundir la economía nacional— fue su credencial para llegar a la SRE. No tiene más. Su incompetencia es evidente: más de un año después de que Donald Trump irrumpió en la escena política estadounidense carece de estrategia para enfrentarlo. Su primer viaje como canciller a Estados Unidos lo realizó sin pactar más que las fechas. Fue recibido, al estilo trumpiano, con un descontón: la orden ejecutiva del muro y la reiteración de que nosotros lo pagaríamos. En esas condiciones, cuando el sentido común y la dignidad demandaban la cancelación del encuentro entre Trump y Enrique Peña Nieto, provocó una humillación más al presidente de México en una tragicomedia de cuatro actos: 1) condujo a Peña Nieto a hacer el ridículo en un mensaje televisivo en el cual, escuchando en plata, el presidente se limitó a decir que esperaría a que Luis Videgaray le dijera qué hacer; 2) esa misma noche, el secretario anunció que el viaje presidencial a Washington se mantenía; 3) la mañana siguiente Donald Trump tuiteó que, si no aceptaba pagar el muro, la reunión con su homólogo mexicano no tenía caso; 4) tres horas después —lapso que solo se explica por el empeño de Videgaray de obtener la anuencia de Trump para cancelar el viaje— Peña tuiteó que suspendía la visita. El episodio da para una antología de la estulticia diplomática.

El problema del titular de la SRE es que ignora el manejo de una práctica internacionalmente aceptada: la reciprocidad. Negocia con el bully pidiéndole permiso para tomar cada decisión, mientras que el otro golpea a México a placer y sin decir agua va. No entiende que, por más que la rehúya, no puede evitar una confrontación que ya está ahí, ni que su talante medroso coloca a Enrique Peña Nieto en la posición de debilidad que el presidente estadounidense describe en su libro The Art of the Deal como la señal para aplastar a su interlocutor. Por supuesto que Donald Trump es un negociador, pero con él hay que negociar con arrojo. De los diez objetivos de la SRE solo uno —el tráfico de armas— es de nuestra agenda. ¿Y la revisión de nuestra costosa cooperación en seguridad y migración? ¿Por qué limitarnos a pedir que la deportación de migrantes sea “ordenada”, o decir que no pagaremos el muro en lugar de obstaculizar su construcción pidiendo la corrección del trazo de la línea fronteriza? Hay que litigar todo, en Estados Unidos y en instancias internacionales. En fin. Este canciller nos condena a mayores daños, y lo peor es que la única manera de quitarlo es hacer que él mismo lo pida, como ocurrió en su salida de Hacienda. Quienes los conocen saben que Peña Nieto es incapaz de hacer algo que Luis Videgaray no quiera que haga.

Pese a la estratagema del gobierno de envolverse en la bandera y descalificar a los críticos de la conducción de la relación bilateral, si queremos a México debemos pugnar por la salida de Videgaray. No puede ser de otro modo: en una guerra comercial es suicida encargar la defensa a un general bisoño que es amigo del enemigo.

 

Diputado del PRD.

@abasave

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