Mi historia con la UNAM inició mucho antes de convertirme en su estudiante. Cuando cursaba la secundaria, mi hermana mayor ingresó a la Facultad de Medicina y los fines de semana la acompañaba a Ciudad Universitaria. Mientras ella estudiaba, yo encontraba refugio en la Biblioteca Central para hacer mis tareas. Las que más disfrutaba eran las de Biología, porque siempre terminaba descubriendo algo nuevo sobre el funcionamiento del cuerpo humano. Recuerdo recorrer sus pasillos, buscar libros, esperar el elevador con varios ejemplares entre las manos, sacar fotocopias y copiar a mano los esquemas que después utilizaba en la escuela. Me sentía privilegiada de tener todo ese material a mi alcance. Sin imaginarlo entonces, esos fines de semana estaban dando forma a la vocación que definiría mi vida.
Química Orgánica se convirtió en mi materia favorita durante la preparatoria. Antes incluso de ingresar a la universidad, participé en un Verano de Investigación en la FES Iztacala. Ahí aprendí a realizar muestreos y análisis químicos y bacteriológicos de agua, pero, sobre todo, descubrí la emoción de investigar. Comprendí que la ciencia no consiste sólo en entender conceptos, sino en formular preguntas y buscar respuestas. Fue ahí donde confirmé que quería dedicar mi vida a la investigación.
Todavía conservo el periódico donde apareció mi folio de aceptación. Recuerdo perfectamente la mañana en que mi papá me despertó para decirme: “¡Te quedaste!”.
Aquel instante permanece entre las memorias más felices de mi vida. Se abrían las puertas de la que sería mi Alma Mater durante la licenciatura y el doctorado.
La Facultad de Química había sido siempre mi primera opción; me formé con profesoras y profesores de primer nivel, cuya exigencia académica me enseñó disciplina, pensamiento crítico y rigor científico. Pero la UNAM era mucho más que aulas y laboratorios. En Ciudad Universitaria inicié clases de danza en los talleres universitarios, conviví con estudiantes de distintas disciplinas y descubrí que la ciencia también se enriquece cuando dialoga con el arte, la cultura y otras formas de pensar.
Durante el doctorado tuve la fortuna de integrarme al laboratorio del doctor Federico Bermúdez, quien desde entonces ha sido una pieza fundamental en mi instrucción como investigadora. Su ejemplo y su compromiso con el quehacer científico y con la formación de nuevas generaciones continúan siendo una referencia para mí. Años después seguimos colaborando y, aunque hoy desarrollo mi propia línea de investigación, sigo aprendiendo de él. Esa etapa también me regaló amistades que con el tiempo se convirtieron en algunos de mis mejores amigos y colegas.
Resulta inevitable pensar que aquella fascinación por comprender cómo funciona el cerebro terminó convirtiéndose en el eje de mi vida profesional. Hoy, como profesora-investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana, procuro transmitir a mis estudiantes el mismo rigor y compromiso con los que fui formada. Si algo intento despertar en ellos es el deseo de hacer preguntas y buscar respuestas, tal como la UNAM lo hizo conmigo.
Al mirar hacia atrás, entiendo que mi historia es sólo una entre miles de historias de transformación que comienzan en la Máxima Casa de Estudios. Por ello valoro profundamente la labor de Fundación UNAM, porque contribuye a que nuevas generaciones descubran y desarrollen su vocación. He tenido también la oportunidad de colaborar en iniciativas de divulgación, como los Jueves de Ciencia, convencida de que compartir el conocimiento con la sociedad es una forma de devolver un poco de todo lo que la Universidad nos ha dado.
Cada vez que regreso a Ciudad Universitaria y paso frente a la Biblioteca Central recuerdo a aquella adolescente que copiaba esquemas para hacer sus tareas. Pienso que, quizá en ese mismo momento, alguien más está descubriendo entre esos pasillos la pasión que dará rumbo a su historia. Esa es, para mí, la mayor fortaleza de la UNAM: su capacidad para transformar vidas, incluso antes de que uno forme parte de ella.
Profesora-investigadora, Universidad Autónoma Metropolitana.
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