Lace 27 años, el tenor Ramón Vargas (Ciudad de México, 1960), uno de los con mayor peso internacional, debutó como Werther en el Palacio de Bellas Artes, recinto al que volvió ayer para encarnar otra vez el rol principal en la de Jules Massenet, presentada por la Compañía Nacional de Ópera del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).

Vargas recuerda la historia del clásico: la fuerza de su impacto que provocó una ola de suicidios tras la publicación de la novela de Goethe. Con el efecto Werther, los jóvenes empezaron a irse al extremo de la emoción, afirma: “Massenet compuso esta ópera casi 120 años después en un posromanticismo francés. El final de su versión es diferente. En la novela de Goethe, Charlotte nunca va a ver a Werther. En la ópera, en cambio, Charlotte sí va a ver a Werther en sus últimos instantes de vida y se declaran el amor que no pudo ser”.

En esta puesta en escena, dirigida por Juliana Vanscoit y en la que también destacan la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, la dirección concertadora de Rodrigo Sámano y la mezzosoprano Cassandra Zoé Velasco, entre otros artistas, Vargas se enfrenta al reto de encontrar el equilibro: “Para mí, el cuidado de esta ópera es que no se vuelva una ópera pasional y que no sea una ópera solamente intelectual, es más fácil que se vaya a lo pasional por la música que Massenet escribió, que es muy sensual, muy francesa en ese aspecto. Esa es mi dificultad”. Werther puede verse el 31 de mayo, y el 2, 4 y 7 de junio (martes y jueves, 20:00 horas; domingos, 17:00 horas) en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes.

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Entrevista al tenor Ramón Vargas en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Gabriel Pano/ EL UNIVERSAL
Entrevista al tenor Ramón Vargas en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Gabriel Pano/ EL UNIVERSAL

¿Cómo dialoga una obra así con el presente?

Es una pregunta muy interesante, que estuve reflexionando. Aparentemente ya adquirimos la libertad que Werther quería, porque él hubiera sido feliz con la separación de Charlotte y su marido o si ella se escapaba con él a algún sitio donde nadie los conociera, pero eso no pasa.

Ahora, aparentemente, ya adquirimos esa libertad: la gente se casa, se divorcia, se cambia de sexo, cambia de identidad sexual. Pero yo no sé si somos libres realmente. No sé si estamos sometidos a lo que vemos en las redes, a lo que nos induce la sociedad.

Yo veo a Werther como un hippie de los años 60, 70. Tranquilo, no era agresivo con los demás. Una cuestión de tranquilidad, de paz, de libertad. Creo que la lectura que estamos dando de esta obra, como lo está haciendo la directora Juliana Vanscoit, es muy bonita porque la está ambientando en un museo. Es como una pintura: Werther, que está vestido de época, viene a observar este cuadro maravilloso, hermoso, donde está una familia con los niños, donde está la persona de la cual se va a enamorar y los idealiza inmediatamente; dice que es un espectáculo maravilloso de amor, de inocencia, de belleza. Quiere entrar al mundo de las convenciones, pero no puede porque él no es convencional. Y no puede pasar más adentro del cuadro. Sólo puede pasar una primera parte. Lo que él busca es que Charlotte salga de sus convenciones.

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¿Dice que la libertad en redes sociales es una convención?

Así lo siento, estamos completamente influenciados por todo tipo de ideologías y de ideas que te llevan a creer que las cosas son blancas o negras. Ni siquiera hay una parte intermedia. Creo que no hay una verdadera libertad de pensamiento basada en el poder elegir con libertad lo que tú quieres ver, saber, entender. O hasta cómo te puedes vestir.

¿De qué forma imagina que respondería Werther al siglo XXI?

Yo creo que haría un movimiento a favor de no caer en la tentación de las redes a nivel comercial. No seguir las modas por sí mismas. Creo que algo así tendría que ser. No sé exactamente qué haría un Werther, probablemente los hay. Y a eso nos abocamos para que haya una rebelión de parte de los jóvenes que son los más vulnerables a esto que estamos viviendo. Un escritor decía que la libertad es la capacidad de seguir las reglas por derecho propio, por verdadera convicción.

Ha dicho que el arte salva a la sociedad, ¿en el contexto mexicano actual es posible?

Pienso que deberíamos abocarnos todavía más porque estamos extremadamente divididos los mexicanos. Estamos polarizados. México siempre ha sido un país de alguna manera clasista. Yo vivo actualmente en Viena y cuando mis hijos estaban estudiando iban a una escuela pública en la que convivían chicos de todas las clases sociales. Nunca sentí que hubiera una discriminación específica entre los niños ni entre los padres. Quizá también la hay, pero es menos evidente. En México nos hacemos guetos: las escuelas de los ricos, las de los pobres, las públicas, las de clase media... Eso es muy negativo. Ahora, para colmo, estamos divididos peor que nunca por los extremos: los ricos son malos, los pobres son buenos. No es así. Hay ricos muy buenos, hay pobres muy desgraciados. El arte nos puede ayudar.

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¿Pero cómo lo haría?

Primero que nada, haciendo que los niños y los jóvenes tengan acceso al arte y a la cultura porque te va a sensibilizar y te va a volver de otra manera. Hay un grupo americano que hicieron en el MoMA que inició como un experimento y terminó como una realidad. Ellos buscan un padrino (puede ser un escritor, un pintor...) para alguna de las escuelas de los barrios más bajos de Brooklyn y lo llevan a la escuela. Él se vuelve padrino de esa generación y se presenta dos veces al año (o más si quiere) y habla de su trabajo artístico. Después va otra vez, al menos una vez el año. ¿Qué descubrieron? Estos chicos tienen menos deserción escolar y son más apegados a utilizar menos drogas porque han encontrado una manera de evadir su realidad a través de la lectura, de la pintura, de la música.

Es un ejemplo concreto de que el contacto con el arte vuelve a las personas más conscientes, más sensibles. Hoy, si tú oyes solamente corridos de narcos, en donde se alaba la violencia, en donde se degrada a la mujer, en donde se hace más diferencia, siempre guerra entre los ricos y los pobres, vas a crecer con esa mentalidad [a diferencia de] si creces pensando en la unidad a través de la belleza, de la cultura o de la estética, que te puede cambiar. Parece una cosa banal, pero no lo es (...) Hace unos 20 años tuve un programa hermosísimo de coros para niños de la calle . Todo el centro de la ciudad estaba lleno de niños de la calle. Llegó un momento que el apoyo, que, me parece daba la Ciudad, se quitó. Y son de las cosas que me dan rabia en este país, habiendo tantas necesidades y cosas que se pueden hacer.

¿Qué otros modelos ha visto en el extranjero que podrían imitarse en México?

El Sistema en Venezuela, hace muchos años, antes de que llegara el comunismo, dio muchísimos resultados de jóvenes y niños que se acercaban a la música. Y sacaron a Dudamel.

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¿Ve intentos similares?

No están organizados desde arriba. No hay una política cultural, ni antes ni ahora la ha habido. No quiero decir que hay más ahora, ni antes tampoco la había. Entonces, resulta desagradable ver que respecto a los chicos y lo que podemos hacer, estamos metidos en un túnel sin salida porque la política no nos va a ayudar. No nos va a ayudar. De las religiones ni hablemos, son peor todavía o, si no lo son, por ahí se van. Y tenemos la mentalidad de que el arte es un extra: si quieren que vaya, que me inviten; si no, no voy.

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