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Ambientada en el entonces Distrito Federal, hoy Ciudad de México, “El hotel de los corazones rotos” (Galaxia Gutenberg), la tercera novela de Eduardo Rabasa, sigue a Bruno, un joven que hoy podría calificarse como un “nini”, pero que a finales de los años 90 buscaba sobrevivir entre la huelga estudiantil universitaria y un peculiar “trabajo” como botarga de Elvis Presley.
Con humor negro y un tono delirante, la novela retrata una ciudad que ofrece pocas esperanzas y a una generación de jóvenes que intenta escapar de la decadencia familiar mientras encuentra en el amor una posible salida.
“Una persona que leyó la novela en sus fases tempranas me decía, ‘es que tú eres parte Bruno y parte Milena’. Bruno pues tiene la edad que yo tenía en ese año de 1999, aunque él propiamente no le toca tanto la huelga, le toca más de rebote, pero que a mí sí me tocó. Yo estudiaba en la UNAM cuando fue la huelga. Mi idea de situar en ese año y a esa edad al personaje era un poco tratar de poder empatizar con un chico de esa edad, en esa época, de esa mentalidad y pues como tratar de meterme lo mejor que yo pudiera en su mente y en su voz y en todo”, afirma Rabasa en entrevista.
Bruno está buscando su camino y allí conoce a Milena, una universitaria que participa en la huelga para defender la educación pública y gratuita y escribe su tesis de Sylvia Plath. “De alguna forma a través de Milena, Bruno está intentando aferrarse para no repetir lo que parecería ser el destino familiar, con el padre alcohólico todo el tiempo borracho escuchando a José José y contando sus anécdotas decadentes”.

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Pero no sólo el amor por Milena empuja a Bruno a romper ese destino, también la escritura de una radionovela titulada justo, “El hotel de los corazones rotos” y allí está otro de los caminos que propone el autor, que la novela sea a la vez un juego, “no sabemos si finalmente Bruno quizás sí escribió su radionovela y quizás ese es el texto que estamos leyendo”, agrega Rabasa.
“Bruno está en esa especie de limbo donde trata tratar de evitar la repetición a la que parece destinado por el padre, y a aferrarse a otra cosa que se le presenta como otro destino un poco rocambolesco a partir de su obsesión con Elvis que se detona cuando ve esa botarga y dice, ‘Esto es una señal de algo’, aunque no sabe muy bien de qué. Y después Milena es otro gran encuentro que le sacude todo y a partir de esos ejes, él trata de hacer algo de su vida, de salir de esa nada contra la que se la pasa luchando y al final, la moneda está en el aire, de si lo va a hacer o no”, afirma el también autor de “La suma de los ceros” y “Cinta negra”.
Con un lenguaje de esos años, y a través de permanentes monólogos interiores con los cuales logra articular hacia el exterior sus decepciones, miedos, sueños y pasiones por el cine y la música, y por la literatura, Rabasa muestra a un personaje que refleja una época, una urbe y una juventud desencantada que lucha por combatir, asegura el autor, esta especie de inseguridad patológica.
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“Ahí me planteo que tanto de Bruno hay en mí, pues yo creo que mucho, y sobre todo a esa edad, yo era una persona pues justo muy introvertida y muy insegura y entonces en ese sentido sí empatizo con el personaje, pero claro, él tiene una vida mucho más compleja, rica y matizada hacia adentro que la fachada que logra articular hacia afuera”, dice el narrador, quien asegura que en ese intento desesperado es donde quizás radica un poco la nobleza sus dos personajes principales.
“Para mí era muy importante tratar de capturar justamente, el lenguaje y la voz sobre todo de Bruno, que es quien narra la novela. Cómo hablaría, cómo pensaría, cómo sería un chico de esa época de la ciudad de México, que también tiene un papel muy importante”, señala Rabasa.
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