Entre llanto y admiración, capitalinos acompañaron la “cabalgata” del Caballito de Tolsá

En 1979, la estatua del rey Carlos IV de España, por Manuel Tolsá, fue trasladada de Reforma al Palacio de Minería. Lo que pudo haber sido una maniobra oficializada, se convirtió en un evento, acompañado de música y charros, en el que la nostalgia de los viejos y el regocijo de los más jóvenes se encontraron

El Caballito de Tolsá
El Caballito de Manuel Tolsá en su antigua ubicación. Foto: Archivo
Cultura 05/09/2020 14:44 Jessica Soto México Actualizada 14:59

De fondo se escuchaban “Las golondrinas”, era un ambiente de despedida, por un lado se veían semblantes llenos de tristeza y otros de alegría, debido al traslado del famoso “Caballito” de Reforma hacia la Plaza Manuel Tolsá, en el Centro Histórico de la Ciudad.

El monumento de bronce con la figura del rey Carlos IV de España fue removido el 27 de mayo de 1979 ante la mirada de cientos de ciudadanos, tras haber permanecido 127 años en el cruce del Paseo de la Reforma y avenida Juárez. El traslado de la escultura, creada por el arquitecto Manuel Tolsá, duró dos horas y posteriormente fue restaurada de algunos daños que tenía.

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Foto: Archivo El Universal

Así fue como EL UNIVERSAL narró el traslado del Caballito de Reforma al Centro.

En 120 Minutos se le Llevó Frente a Minería

28 de mayo de 1979

Por Jorge Avilés Randolph

Los capitalinos, desde ayer, tienen un nuevo punto de referencia en el tiempo: “Cuando El Caballito estaba en Reforma”.

Bastaron 120 minutos para dejar atrás 127 años en la historia de la capital de la República. Ese fue el tiempo —con precisión cronométrica— durante el cual miles y miles de habitantes de la metrópoli que se lanzaron a la calle, acompañaron al popular Caballito hasta su nueva ubicación.

El día de ayer, en el centro del Distrito Federal, que de romería popular; día de “Las Golondrinas” y lágrimas en los ojos de la gente de edad; de regocijo de los niños: viendo la marcialidad de caballos y jinetes —charros y granaderos— en la descubierta que escoltó al equino de bronce.

Gritos de entusiasmo, ulular de sirenas y claxons, la “Marcha Dragona”, “Zacatecas” y hasta la obertura de Tanhausser, muy a tono al paso de la multicolor caravana por avenida Hidalgo, frente al Palacio de las Bellas Artes.

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Foto: Hemeroteca El Universal

Más que el discurso de protocolo — el licenciado Antonio Armendáriz, secretario del Consejo Consultivo, pidió que el sitio que abandonó ayer la estatua de Carlos IV lleve el nombre de Manuel Tolsá—, la ceremonia se distinguió por el sabor que la presencia del pueblo dio a la misma.

Don Adolfo Montes, vecino de las calles de Camelia, zapatero de profesión, de 77 años de edad, fue uno de los que lloró cuando las enormes grúas empezaron a levantar la estatua: “Soy capitalino hasta la médula. Aquí nací y aquí nacieron mis hijos, nietos y bisnietos, El Caballito es parte de mi ser —durante medio siglo lo he visto diariamente, al pasar en camión hacia el trabajo”.

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Las palabras del señor Montes son un reflejo del intenso sentimiento que la figura de Carlos IV despertó en millones de capitalinos. Y si en algunos hubo tristeza, en la inmensa mayoría la reacción fue de alegría, por presenciar el colorido del acto que el gobierno de la ciudad preparó para el traslado.

A las 12.02 horas las enormes grúas —cada una levanta un peso de 60 toneladas— empezaron a remover a la estatua del pedestal en donde estuvo durante los últimos 127 años. Los hombres más nerviosos, en ese momento, eran los operadores de las grúas: Luis de la Cruz y Guillermo Nava.

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Foto: Archivo El Universal

“Tenemos que realizar una operación perfecta; no puede haber fallas”, indicó De la Cruz. Y los dos operarios lo hicieron a la perfección. El Caballito empezó a ser levantado. La estatua no se veía, encerrada en la caja de vigas de acero y tapada totalmente por los 70 millones de pequeñas bolsitas blancas que servían como amortiguador.

Se escuchaban “Las Golondrinas”, las damas de la Orquesta Típica de la Ciudad de México, con vestidos regionales, empezaron a cantar la hermosa melodía con la que los mexicanos despiden a los seres y cosas que les son queridos. Y al ruido de las grúas, el canto folklórico y el entusiasmo de la gente, se unió el secretario del Consejo Consultivo que pronunció su discurso en ese momento.

Amortiguado por los aplausos de la gente y el sonido de los motores, el discurso de Armendáriz casi no se escuchó.

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Foto: Hemeroteca El Universal

Palabras, la del representante de las juntas de vecinos, breves y apropiadas al acto. Se concretó a mencionar “al genio de Manuel Tolsá”, a señalar que el Caballito quedará ‘‘en su mejor marco, la plaza del Palacio de Minería, que también diseñó Tolsá”, y a indicar que los capitalinos solicitaron que el sitio donde hasta ayer estuvo el Caballito lleve el nombre de Tolsá.

Pero, más allá de las frías palabras y la retórica oficialista, la fiesta de ayer era del pueblo, de capitalinos a la antigua que todavía se emocionan en momentos como en el ayer transcurrido.

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Y ahí estaban miles de padres de familia, llevando de la mano a sus hijos, enseñándoles la caja metálica que se mecía, —con movimiento pendular— en el aire a varios metros de altura, hablándoles de El Caballito y lo que éste representó para la historia de la ciudad de México.

Ahí estaban esos padres de familia que ubican a la estatua de Carlos IV dentro de sus recuerdos de juventud, porque ¿cuántos de ellos citaron a la novia frente a El Caballito? ¿O cuántos otros tomaban al conjunto ecuestre como punto de referencia para fijar distancias, recordar anécdotas y hacer remembranzas nostálgicas?.

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Foto: Hemeroteca El Universal

El traslado

Fernando Solís, chofer del camión del Departamento del Distrito Federal T25, fue el encargado de hacer el traslado. ¡De carreta de bueyes a motor de potencia alimentado por diesel! Y El Caballito reinició la simbólica cabalgata, que dicen será la última.

A las 12.10 horas los técnicos de la subdirección de Construcciones y Monumentos Coloniales levantaron las dos manos y con los dedos pulgares también en alto, señalaron que la parte más crítica del traslado había concluido: El Caballito se encontraba sobre el remolque de madera —sostenido por 14 llantas anchas— en el que se haría el traslado.

Y vinieron momentos de espera —nadie sabe por qué— hasta que a las 12.40 horas se inició la marcha. Para esto, la gente seguía llegando en grandes cantidades: perdidos entre esa muchedumbre como capitalinos, pero nerviosos por la responsabilidad, los funcionarios del DDF, observaban todo; no se perdían detalle: ahí estaban Cuauhtémoc Santa Ana, secretario de obras, el ingeniero Antonio DovalÍ, encargado de la planificación; Carlos Argüelles, que con el colmillo que lo caracteriza para las relaciones públicas, fue quien propuso la organización de una romería popular y muchos otros.

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Foto: Hemeroteca El Universal

A las 13 horas El Caballito se encontraba en la esquina de avenida Hidalgo. Trayecto a vuelta de rueda: cilinderos en las aceras, orquestas, bandas, conjuntos de jarochos, redoba del norte del país. Y gente, por todas partes.

No había vigilancia; brillaron por su ausencia los policías de trato duro y de mirada torva que —en muchos casos similares— impiden que la gente se acerque y participe. Ahora no fue así la cosa, todo lo contrario; había desorden —pero desorden sano, sin problemas—, tripulantes de autos que, con sus vehículos repletos de chiquillos, se sumaban a la caravana; gente que corría adelante, a los lados y atrás de la gran plataforma que se movía a velocidad de tortuga.

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Foto: Archivo El Universal

De la Alameda, repleta de gente, a las 13.20 horas se dejaron venir miles de personas. La Banda Municipal de la Ciudad de México tocaba “El Corrido del Caballo Bayo” , los jarochos se arrancaron con “La María Chuchena” y la gente de todas las edades escoltaba la estatua.

Para las 13.30 horas, frente a Bellas Artes, la multitud era incalculable y seguía la algarabía y el festejo.

La estatua llegó a las calles de Tacuba seguida por miles. Ahí esperaba una escolta de cadetes del Colegio de Policía. Las chicas de la escaramuza charra, y los jinetes del Cuerpo de Granaderos acompañaron el camión con la plataforma en donde iba El Caballito hasta el frente del Palacio de Minería. Ahí se efectuó la última fase del traslado.

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Un locutor dijo: “¡El Caballito ha llegado a su lugar definitivo!” ¿Será así?

Y a las 14 horas en punto, otra enorme grúa ubicó a la estatua en el lugar que provisionalmente ocupará. Ahí se le harán reparaciones: hay que soldarle la pata trasera izquierda, muy deteriorada; parcharle un agujero que tiene en el torso, producido por un balazo —quizá en una de tantas épocas turbulentas que ha vivido la ciudad y que Carlos IV contempló desde lo alto de su cabalgadura y sacarle brillo y ponerlo en perfectas condiciones antes de ubicarlo de nueva cuenta en su pedestal.

Así terminó, a las 14.10 horas, un momento histórico en la vida de la gran ciudad. El pueblo, con su presencia, demostró algo que tiene que quedar claro: la ciudad de México y sus habitaciones no se han deshumanizado. Viven y vibran al unísono en momentos como el de ayer. Momentos que, por cierto, cada vez son más escasos.

Tres Millones Costó Mover a Carlos IV

Ambiente de fiesta en el traslado
A las 12 en punto dejó su pedestal
“Las Golondrinas”, para despedirlo

Por Eduardo Arvizu

Hace 127 años se necesitaron 14 días para hacerlo. Ayer, la tecnología moderna permitió que en sólo dos horas la estatua ecuestre de Carlos IV cambiara de domicilio.

El traslado de El Caballito en 1852, que fue encargado a Lorenzo de la Hidalga para que fuera llevado desde el patio de la vieja universidad hasta la entrada del Paseo de Bucareli, fue rudimentario, burdo. El ayuntamiento pagó, en abonos mensuales de 300 pesos, 15,700 pesos para el trabajo.

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Foto: Archivo El Universal

Ahora, en la tercera ocasión que es cambiada de lugar, la estatua ecuestre de Carlos IV fue tratada a cuerpo de rey, cual si la cabalgadura de bronce hubiera estado efectivamente montada por el monarca borbón en cuerpo y alma.

Cuestión de adelantos tecnológicos y disposición de recursos financieros. Hace 127 años costó 15,700 pesos, desembolsados en mensualidades.

Hoy, cifras extraoficiales señalan que el traslado de El Caballito costó, “cash”, una cifra cercana a los tres millones de pesos. Sin embargo, el movimiento que al mediodía de ayer tuvo la estatua se caracterizó, por primera vez en la historia que rodea a la obra, por el regocijo popular.

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El ambiente creado ayer por el pueblo —unas cinco mil personas— no fue comparable siquiera a las fiestas que se realizaron el 29 de diciembre de 1803 cuando la estatua fue colocada en su pedestal de la Plaza Central.

Cuentan los historiadores que para solemnizar la colocación de la estatua de bronce en ese sitio, se iluminó la ciudad por tres noches seguidas, hubo repique general, paseo público de gala y demostraciones de regocijo en el teatro.

Por si esto fuera poco, se ofreció magnífica cena y baile en el Palacio, el arzobispo vistió por su cuenta a 200 niños llevados en procesión al Palacio Nacional y después cada pequeño fue obsequiado con un peso.

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Foto: Archivo El Universal

Finalmente, el artífice valenciano Manuel Tolsá y su esposa Luisa Sanz fueron objeto de regias demostraciones de aprecio por parte del virrey.

En las operaciones de ayer, no hubo pompa o derroche, sino verdadera fiesta popular, cuyo mayor mérito fue la asistencia voluntaria de los capitalinos.

Prácticamente desde las 10 de la mañana, la gente comenzó a congregarse en la glorieta donde estaba, hasta esos momentos, el equino de bronce. No le quitaban la vista de encima a la enorme caja en que quedó convertida la estructura protectora.

Poco a poco se fue conjuntando la multitud que, azorada, observaba cómo dos enormes grúas del Departamento del Distrito Federal estaban preparadas, desde horas antes, y . dispuestas a levantar en vilo a la caja en el momento en que se diera la orden.

Inexorablemente, se cumplió la hora. Las 12.00 horas en punto. Los motores de las grúas comenzaron a funcionar. Luis de la Cruz y Guillermo Nava, operadores de los aparatos, estaban nerviosos. La precisión en los movimientos era obligada, pues aquí no podían equivocarse.

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Foto: Hemeroteca El Universal

A las 12.02 horas, la enorme caja de barretas de acero pintadas color naranja y los millones de bolitas de poliuretano que fueron colocadas en su interior, fue levantada con exacta precisión por las grúas.

El tráiler autocar placas H0460 del DDF esperaba, junto al pedestal, con la enorme plataforma escogida para el traslado.

Durante seis minutos la respiración de muchos fue contenida. Tal vez esperaban que la caja cayera o que alguna eventualidad pusiera la nota dramática al suceso. No ocurrió nada de eso. Esos seis minutos fueron empleados para que las grúas movieran con destreza a la caja protectora y la depositaran, tranquila y suavemente, en la plataforma tirada por el tráiler.

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Mientras esto ocurría y hasta las 12.40 —momento en que arrancó el vehículo transportador— , el Conjunto Típico de la Ciudad de México interpretó unas 15 veces la tradicional canción mexicana de despedida: Las Golondrinas.

Se oyeron tantas veces "Las Golondrinas", que muchos sospecharon que la despedida no se daría nunca.

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Foto: Archivo El Universal

Cuando por fin todo estuvo a punto, el claxon ferrocarrilero del tráiler fue tocado largamente por el chofer del vehículo. La gente, por el sonido continuado y por las indicaciones de un pésimo locutor que a través del magnavoz lo anunció, se dio cuenta que la marcha se iniciaba.

La caravana de “El Caballito” fue acompañada por 34 caballos y sus jinetes. Charros, amazonas y agentes de la Dirección General de Policía y Tránsito iban sobre las monturas.

La marcha comenzó. Los del regimiento montado de la DGPyT interpretaron varias veces la Marcha Dragona. Más adelante, el conjunto de “Los Tenientes de Anáhuac” tocaba la marcha Zacatecas.

Rostros de curiosidad. Lágrimas en los ojos de algunas señoras de avanzada edad y corazón nostálgico. Escasos pañuelos blancos que subrayaban el adiós. La caravana, a vuelta de rueda, entró a la Prolongación del Paseo de la Reforma —la avenida trazada en la época del “regente de hierro”, Ernesto P. Uruchurtu—.

No cesaba la música. La gente se agolpaba en las banquetas. “¿Te acuerdas que aquí nos pusimos cuando vino el Papa? ¿Por qué se lo llevan? ¿Dónde va a estar? ¿No será que se lo quieren robar? ¡Uuuuy; mira qué feo se ve el lugar sin El Caballito!” Comentarios surgidos del pueblo espectador.

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Foto: Hemeroteca El Universal

La caravana llegó a la esquina de prolongación Reforma y avenida Hidalgo, ahí frente al templo de San Hipólito. Al frente, el regimiento montado de la DGPyT parecía no tener cansancio de interpretar tantas veces la Marcha Dragona.

Los paseantes de la Alameda se acercaron a la banqueta de la avenida Hidalgo. Le decían adiós a la estatua, aunque no la veían.

Un conjunto veracruzano, seguramente espontáneo en su asistencia, cantaba corridos jarochos al paso de la obra de Manuel Tolsá.

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En ese tramo del recorrido, El Caballito observó a su paso la Plaza de la Santa Veracruz, el Palacio de Bellas Artes, el edificio de Correos.

En San Juan de Letrán fue necesario quitar los cables de conducción eléctrica, destinados al funcionamiento de los ‘troles’, para que la enorme caja protectora de El Caballito cruzara la avenida.

En su lenta marcha, el trailer conductor llegó a la calle de Tacuba a las 13.50 horas.

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Foto: Archivo El Universal

La construcción arquitectónica de Manuel Tolsá parecieron dar la bienvenida a la estatua hecha por el mismo Tolsá, que ahora llegaba “de incógnito” por su armazón protector.

El Palacio de Minería y el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas —habilitado ahora como Archivo de la Nación—, vieron con familiaridad la llegada de Carlos IV en su cabalgadura.

La gente que había seguido la caravana y todos los que ahí se habían colocado desde horas atrás volvieron a arremolinarse para observar el descenso.

Ahora, una sola grúa trabajó. Con suficiencia, Luis de la Cruz operó su aparato. Puso en vilo la caja para que el tráiler con la plataforma se retirara.

La grúa con placas de 1974 —H0002— al servicio del Departamento del Distrito Federal, se quedó con la estatua y su armadura. Poco a poco fue descendida. A las 13.57, la estatua ecuestre de Carlos IV volvió a estar en tierra firme.

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Foto: Hemeroteca El Universal

Decreció la expectación y la gente comenzó a retirarse. La obra había llegado ya a su destino que, a pesar de todo no es definitivo.

El lugar en que será asentada está cercano al sitio donde ayer fue colocado. En un lapso “razonable”. El Caballito será reparado de las pequeñas fisuras que tiene. Va a ser necesario quitarle el sofisticado utillaje que le fue colocado para el traslado. Al fin, Carlos IV y su caballo llegaron a su nuevo domicilio.

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La estatua en su actual ubicación. Foto: Archivo El Universal

fjb

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