Últimas máscaras, el nuevo libro de Arthur Schnitzler publicado recientemente en México, trae por primera vez al español un género en el que el afamado dramaturgo austríaco demostró también su dominio magistral: el de la pieza en un acto, un esfuerzo por hacer converger las palabras, los gestos y la acción de un reducido número de personajes en un solo momento dramatizado, que deja una huella insoslayable en el lector (que hace las veces de espectador). Este libro, editado de manera ilustre por el investigador Hugo R. Miranda, reúne veinte de estas piezas únicas, dramas aún desconocidos en nuestra lengua. Schnitzler, como es sabido, fue el gran dramaturgo de la Belle Epoque vienesa, un autor indispensable por su mirada inconfundible hacia las interacciones sociales (especialmente las que tienen lugar en la intimidad), un escritor que no hizo concesiones en lo referente a temas eróticos ni tampoco evitó ingresar en las honduras máximas de la psique, por lo que contribuyó al sentido de modernidad literaria de esa Viena que luchó por mantener orgullosamente su autonomía artística frente al resto de Europa. A Schnitzler le tocó ver caer los muros antiguos de su ciudad como a Baudelaire la reconstrucción de París, y luego el derrumbe de esa capital imperial a la que Freud, su interlocutor definitivo en el silencio, hubiera también querido seguir abrazado.

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Arthur Schnitzler (1862-1931) fue un escritor y  médico, contemporáneo de Sigmund Freud; en sus obras logró plasmar la Viena imperial de esa época. Crédito: Cortesía Ediciones del Lírio
Arthur Schnitzler (1862-1931) fue un escritor y médico, contemporáneo de Sigmund Freud; en sus obras logró plasmar la Viena imperial de esa época. Crédito: Cortesía Ediciones del Lírio

Esta compilación, que fue respaldada por Ediciones del Lirio y el Foro Cultural de Austria en México, incluye además otras novedades no menos importantes, como un ensayo sobre el juego de influencias entre el gran cineasta Josef von Sternberg a partir de la obra de Arthur Schnitzler, una nutricia interacción que derivó en un ejercicio especular: The Case of Lena Smith (cuyo parecido con ciertas directrices de la obra de Schnitzler, como señala el autor del texto, nos remite a lo que posteriormente hizo Wes Anderson con la obra de Stefan Zweig en The Grand Hotel Budapest), un tema nunca antes tratado, y nos regala la fotografía que el escritor le obsequiara firmada al director de cine, que no figura en ninguna publicación sobre el autor a la fecha; también contiene un ensayo que indaga el vínculo entre la dramaturgia de Harold Pinter y la de Arthur Schnitzler a partir de la obsesión temática que ambos comparten por las relaciones triangulares, y muchas otras reflexiones que abordan temas inexplorados, como la relación entre Schnitzler y la fotografía a partir del conocido cultivo de su imagen que éste practicó (Julia Ilgner), además de las aproximaciones personales (Martin Anton Müller) y de las poco exploradas de Schnitzler hacia el cine (Peter Michael Braunwarth) y de un borrador de un guión escrito por él (Kriminalfilm), y una serie de trabajos que no soslayan la condición judía del autor vienés que lo motivó a elegir figuras masculinas propensas a la melancolía y la inacción (Siegfried Weitzmann, Jean Améry). Junto con ello se suma una relevante contribución de escritores austro-mexicanos (Andreas Kurz, Christine Hüttinger, Herwig Weber) que ponen de manifiesto la importancia de atender a una figura como la de Schnitzler en nuestro país.

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Entre los materiales que presenta el libro, se asoma además la novedad de una especial primicia, la de la inclusión —entre las veinte piezas dramáticas— de una obra que incluso permanece inédita en alemán: Las fuentes del Nilo, una comedia liviana que introduce subrepticiamente, y por vez primera, un tema prácticamente ausente en su literatura, el de la homosexualidad. En dicha obra se respira una ligereza notable que emana quizás de la locación italiana de la historia y de sus personajes, y que alcanza su mejor expresión en la actitud impasible de una mujer que, tras haber sido abandonada por su marido (por partir éste hacia una expedición), es cortejada durante años por los hombres del pueblo, mientras ella mantiene en secreto un amor incipiente con un joven de la localidad. Los suspiros que su belleza desata en cada varón que la pretende, contrastan con la indiferencia del marido que eligió abandonarla, del cual se nos informa que siempre había tenido la mirada perdida, es decir, nunca puesta en la belleza de su esposa. Esto, junto con otros datos que nos regala la obra, como el nombre de «Adriano» para el mismo esposo (un nombre que tiene claras referencias históricas, que Schnitzler no desconocía), parece indicarnos que el origen de esa mirada suya, nunca dirigida hacia su pareja, estaba en su condición de homosexual, tema que es abordado aquí con suma gracia, dejando en nuestras manos el averiguar el motivo de la partida del marido y de la reticencia al cortejo de su mujer. En contraparte a las representaciones casi axiomáticas de la mujeres como sexualmente insaciables, Schnitzler, aquí retomará su vertiente humorística proyectándola ya no sobre la figura del esposo que siempre es engañado por su mujer, sino en la imagen de una serie de pretendientes que desconocen el motivo por el cual una hermosa muchacha no accede a ser conquistada por ninguno de ellos.

Últimas máscaras, es un volumen lujosamente ilustrado con imágenes envolventes que nos transportan a otro tiempo, el de aquella cultura vienesa finisecular, y que reúne una mirada variada y enriquecedora de la obra de un dramaturgo sumamente vigente aún en nuestros días por la modernidad de sus enfoques y el interés fascinante que despiertan sus dramas de alcoba, como, por ejemplo, el suspicaz diálogo que acompaña a esta nota, y que ofrecemos como un aperitivo para el lector.

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PASEO VESPERTINO

Arthur Schnitzler

(Trad. María Esperanza Romero)

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En el Prater. El paseo que conduce de la Lusthaus a las vegas del Danubio. Es una apacible tarde de octubre; el cielo, de azul mate, resplandece a través del ralo follaje, y en la tierra amarronada, hay hojas marchitas. Desde el bosque llegan ecos de graznidos de corneja.

ÉL y ELLA han abandonado la calesa que los ha traído hasta aquí. Durante el viaje ambos han guardado silencio, y sólo cerca de la Lusthaus él le ha preguntado a ella si se quiere bajar. Como respuesta, ella se ha limitado a asentir con la cabeza. Ahora deambulan callados sobre la hojarasca crujiente. Pasan unos minutos hasta que él empieza a hablar; lo hace muy despacio y afligido.

ÉL.— Es extraño. Me parece que estoy más triste que tú.

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ELLA.— Qué tiene de extraño.

ÉL.— Después de todo, soy yo el que ha dicho que se acabó.

ELLA.— Sí, pero yo lo supe antes de que sucediera. (Ambos callan.)

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ÉL.— ¿Qué harás ahora?

ELLA.— ¿Qué te importa? Hoy, cuando se ponga el sol, habré desaparecido para siempre de tu vida.

ÉL.— ¿Y no estarás mirando desde la ventana cómo, por última vez, me alejo de ti?

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ELLA.— No. «Se acabó» quiere decir que se acabó.

ÉL.— Pero piensa que estamos dando el último paseo por el mismo camino por el que hemos caminado tantas veces en primavera, y dentro de pocos minutos nos daremos la mano y… uno tomará por allá, y el otro por allí. Desde esta noche no sabré nada más de ti, y tú nada más de mí… ¿No te produce esto cierto escalofrío?

ELLA.— No. (Ambos callan.)

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ÉL.— El sol se va ocultando.

ELLA.— Sí.

ÉL.— Otoño…

ELLA.— Sí.

ÉL.— Se acerca el crepúsculo.

ELLA.— Espero que tampoco encuentres extraño que el sol siempre se oculte.

ÉL.— Dado el momento, estás de muy buen humor.

ELLA.— No conseguirás provocarme; está claro que no voy a quitarme la vida. (Pausa.)

ÉL.— Confesémonos, el uno al otro, que fue algo muy hermoso.

ELLA.— Sí… Fue hermoso.

ÉL.— Quizás te haya sorprendido que de repente se me ocurriera que teníamos que decirnos adiós, ¿cierto?

ELLA.— No, tienes toda la razón. Una primavera y un verano de… felicidad, es más que suficiente para gente como tú y como yo.

ÉL.— Eres lista.

ELLA.— Sí.

ÉL.— El recuerdo, para los dos, será puro y libre de sombras.

ELLA.— Sin duda.

ÉL.— Al menos siempre fuimos sinceros el uno con el otro.

ELLA.— Sí, tanto como dos enamorados pueden serlo, el uno con el otro.

ÉL.— Vaya.

ELLA.— ¿Por qué te detienes?

ÉL.— Espera un momento. Pareciera que no sabes lo que acabas de decir.

ELLA.— Lo sé perfectamente

ÉL.— ¡Lo sabes! Entonces… dímelo…

ELLA.— ¿Qué quieres que te diga…?

ÉL (decidido).— ¿Quién era?

ELLA (sonriendo).— ¿Quién? ¡Oh! Ustedes se imaginan las cosas mucho más fáciles de lo que son.

ÉL.— Nos vemos hoy por última vez… Puedes decírmelo tranquilamente… ¿Quién era? Te prometo que de ningún modo actuaré en consecuencia. (Reflexionando:) No lo mataré…

ELLA.— Difícilmente podrías hacerlo, porque aquél al que te refieres murió hace miles de años, y se llamaba… Alcibíades.

ÉL (respirando con alivio).— Ya, ¡qué ingeniosa eres!

ELLA.— No tanto como tú esperas que lo sea. Alcibíades es un rival peligroso. Me enamoré de él estando todavía en la escuela. ¡Era joven, bello y audaz!

ÉL.— ¡Menuda audacia es tumbarse ante una calesa cuando se sabe que te va a esquivar!

ELLA.— Hablas como si hubieras conocido a todos los cocheros de Atenas. Por cierto, fueron muchas más las hazañas que obró.

ÉL.— Sí… le cortó la cola a su perro.

ELLA.— Eso no se le ocurre a cualquiera. De no haber sido así, no figuraría en los anales de la historia universal. Fue un héroe. Venció a los persas, o a los macedonios, ¡qué sé yo! Aunque da lo mismo a quién haya vencido. Lo que me fascina de él, es que todo le daba igual, incluso aquello por lo que habría estado dispuesto a morir en cualquier momento. En realidad, es el único héroe que no buscó la pose. Por eso lo amo. Por eso, lo habría amado…

ÉL.— ¡Ay, Dios! ¿Y qué me dices de Alejandro Magno? ¿No habría tenido suerte contigo?

ELLA.— De ningún modo. Se creía demasiado magnífico. Todos los demás, me resbalan, desde Temístocles hasta Napoleón. Fuera de él, sólo hay uno por el que he sentido durante algún tiempo cierta debilidad.

ÉL.— ¿Y quién es?

ELLA.— Casanova.

ÉL.— Sí… y encima era más de dos mil años menor. Y aparte de éstos, ¿no tienes nada más que confesarme…?

ELLA.— Si eso te divierte…

ÉL.— Por supuesto… No cabe imaginar conversación más jocosa para una despedida.

ELLA.— ¿Aún te acuerdas del lago de Lugano?

ÉL.— Claro que me acuerdo… Estuvimos allí en mayo.

ELLA.— ¿Aún recuerdas que después de llegar dimos una vuelta en barca y yo me puse bastante triste?

ÉL.— Sí… Estabas un poco melancólica… A veces te daba por esas veleidades.

ELLA.— Sí… Al anochecer permanecí un largo rato en la terraza antes de acostarme. El lago yacía bajo el resplandor de la luna, silencioso, nostálgico, insondable. ¡Qué lejos me resultabas aquella noche!

ÉL (sujetándola del brazo).— ¡Mírame…! ¿No lo recuerdas ya?

ELLA (con suavidad).— ¡Precisamente…! Al alba, mientras aún dormías, bajé al lago, descalza, cruzando un prado y alejándome cada vez más hasta encontrar un rincón solitario en la orilla. Allí me quité la ropa y me tiré al agua, y sentí como si mi cuerpo recibiera el hálito de besos fríos y húmedos, tan dulces como jamás los había sentido. Luego me tumbé desnuda sobre la hierba, en la misma orilla, de modo que el agua bañaba las puntas de mis pies. Tenía la sensación de que una añoranza profunda y candente se saciaría en mí por primera vez.

ÉL.— ¡Oh, si lo hubiera intuido!

ELLA.— ¿Qué hubieras hecho?

ÉL.— Pues habría subido a las fuentes del lago y las habría envenenado…

ELLA.— ¡Lo dices en broma! Pues bien, te digo que algo así habría sido tan inteligente como clavarle una estocada a cualquier caballero que nos hubiera deleitado durante una hora. El lago también tiene su memoria. ¡Pero eso no lo entenderán ustedes nunca! (él se encoge de hombros.) (Ambos callan.)

ÉL.— ¿Has terminado?

ELLA.— No.

ÉL.— ¿Otro engaño?

ELLA.— Sí…

ÉL.— ¿Y bien…? Escucho.

ELLA.— ¿Aún te acuerdas de nuestra estancia en Innsbruck?

ÉL.— Claro que me acuerdo.

ELLA.— La última tarde estuvimos juntos en la Iglesia Palatina. Las sombras del ocaso ya cubrían las losas y teníamos que darnos prisa. De modo que sólo echamos una mirada furtiva a todos ellos. Clodoveo, rey de los francos; Cimburgia de Masovia; Rodolfo I de Hasburgo; Leonor de Portugal; Felipe I, rey de Castilla; Isabel de Hungría; Godofredo de Bouillón…

ÉL (asombrado).— ¿Cómo sabes todos sus nombres?

ELLA.— ¿Acaso esos afortunados no llevan cientos de años gozando, día y noche, de su selecta compañía?

ÉL.— ¿De la compañía de quién?

ELLA.— De la de Arturo, rey de Inglaterra, poeta y héroe. ¡Nunca creeré de ti que eres una estatua fundida por un mortal, que podría destruirse a martillazos! ¡No! ¡Tu excelsa alma y las brasas de tu corazón habitan dentro de ese bronce! Y si me hubiera quedado en tu iglesia y hubiera esperado la noche a tus pies, seguro que habrías descendido de tu pedestal y yo hubiera sabido que… ¡estás vivo! (Ambos callan.)

ÉL.— Que no me hayas dejado ver, hasta el último momento, estos tesoros de poesía que descansaban ocultos en ti, no está nada bien.

ELLA.— Me alegra mucho que hayas recobrado tu sentido del humor.

ÉL.— Perdona, pero pensar que no tuve que descender primero de un pedestal, me resulta sumamente tranquilizador.

ELLA.— Si eso te basta… (Silencio.)

ÉL.— ¿Puede ser que aún no hayas terminado…?

ELLA.— Sí… y no…

ÉL.— Eso no lo entiendo.

ELLA.— Es que hay otra historia… aunque carece de importancia.

ÉL.— Bueno, al menos lo reconoces.

ELLA.— ¿Te acuerdas de nuestra estancia en el lago de Carezza?

ÉL.— ¿En el lago de Carezza? ¿En agosto…? Claro que sí. ¡Ay, me lo temía! Fue el petrificado rey Laurino que se erguía frente a nuestra ventana. O el astro lunar que caminaba furtivamente sobre tu cama…

ELLA.— Ah, ¿de modo que recuerdas el resplandor lunar?

ÉL.— Por supuesto. Aquella noche de luna llena emprendí mi hermosa excursión a los riscos con el guía italiano y el médico sueco. ¿Qué? ¿Lo he adivinado? ¿No…? ¿Fue al cielo mismo, iluminado de estrellas, a quien entregaste tu ebria alma…? (ella niega con la cabeza.) ¿Entonces?

ELLA.— ¿Quizás te acuerdes aún del oficial inglés que se sentaba frente a nosotros en la table d’hôte?

ÉL.— ¿Que si me acuerdo… del oficial inglés?

ELLA.— Más tarde charlamos con él en el vestíbulo. Había estado en Sudáfrica y tenía unos ojos grandes de color gris acero.

ÉL.— Bueno, ¿y qué…? ¿Qué pasa con ese tal… oficial inglés?

ELLA.— La noche de luna que hiciste tu excursión, olvidé cerrar mi puerta.

ÉL.— ¡Sigue!

ELLA.— ¿Cómo seguir? No lo volviste a ver. A la mañana siguiente, se marchó.

ÉL.— ¿Eso es… cierto?

ELLA.— Naturalmente… como todo lo demás…

ÉL.— ¿Cierto…?

ELLA.— Sí… Te lo juro…

ÉL.— ¡Ay! ¡Ay! Desgraciada… ¡Desgraciada…! ¡Desgraciada!

ELLA.— Pero…

ÉL.— ¡Ni una palabra más! ¡Oh, el granuja ese! ¿Cómo se llamaba?

ELLA.— No le pregunté…

ÉL.— ¡Sabré encontrarlo! ¡Viajaré a Inglaterra! (ella sacude la cabeza.) ¡Te odio… te aborrezco! Ahora, ¡todo está destruido! ¡Todo el pasado… todo lo que vivimos juntos! ¡Calla! ¡No quiero saber nada más de ti! Me das asco…! ¡Eres una zorra…! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! (Sale precipitadamente sin volver la vista atrás; sube a la calesa y parte.)

ELLA (sacudiendo la cabeza).— ¡Y… justo por eso… son más tontos de lo que una supone…!

Ha oscurecido bastante. ÉL se va borrando de su mirada. ELLA camina lentamente en dirección de la Lusthaus, que despide un brillo blanco y verde. Ecos de graznido de corneja en el bosque crepuscular.

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