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Se ha señalado que, al escribir El viejo y el mar, Hemingway no era un escritor hablando de pesca sino un pescador que escribía. Fue su pasión por carnadas y anzuelos lo que le permitió a Don Ernesto construir esa novela breve y perfecta. He recordado esto mientras leía Hombre de arte que trabajó con policías (NitroPress, 2026) segundo libro de Roberto Coria Monter, pues se trata de un volumen que apunta a retratar —quizá nunca mejor empleado el verbo— cómo operan desde sus entrañas los aparatos de procuración de justicia en nuestro país. Antes de abordar el libro debo señalar que su autor trabajó por veintidós años en la procuraduría capitalina, y que es integrante de una familia que se ha dedicado durante tres generaciones a labores vinculadas con la procuración de justicia. Así pues, aunque se trata de un volumen a caballo entre la ficción y el testimonio, no queda duda de que ha sido trazado con un total conocimiento del terreno.

Publicado por NitroPress en su ya célebre serie Noir, el libro está estructurado en quince capítulos breves que dan cuenta de la trayectoria de Coria como Perito en Arte Forense, es decir, como especialista en trazar retratos hablados. Coria comienza evocando cómo es que, recién graduado de la Licenciatura en Diseño Gráfico, se acercó a pedir oportunidad de hacer su servicio social en la Procuraduría y en vez de ello consiguió empleo como “Perito Monero”. Aquel ofrecimiento habría de marcar su vida, pues le permitió no solo presenciar el día a día en una institución encargada de investigar delitos, también sugerir mejoras en los procesos de levantamiento de evidencias e incluso en las formas de atender al público. En ese sentido se agradece también que, lejos de idealizar la actuación de la policía, el autor tenga la honestidad de admitir los vicios, errores e inercias que suelen presentar las instituciones encargadas de hacer respetar la ley. Así, junto a esforzados funcionarios que intentan mejorar los procesos de atención a los ciudadanos, encontramos a ministeriales “hartos, malhumorados y visiblemente extenuados que atienden al público sin el menor interés”
Con prosa sencilla y fluida, el libro acusa decisiones bien pensadas, como el hecho de que la mayoría de los casos no aparecen relatados en primera persona, sino en tercera. Con esa mínima dislocación, el narrador toma distancia de sí mismo y no aparece como protagonista sino como un testigo de los hechos. “Tú no eres el centro del universo” piensa el testigo en el capítulo tres, y los lectores agradecemos ese gesto de empatía. No se trata de una pose sino de la expresión por escrito de una experiencia ganada a pulso: en ese mismo capítulo el autor cuenta que alguna vez sufrió un asalto y que debió pasar más de once horas en el proceso de levantar la denuncia correspondiente. “Para hacer su trabajo descubrió que la mejor manera de superar la penosa experiencia que él mismo vivió era dar un trato eficiente, amable y digno a los denunciantes (…) No pretendía asumir una actitud magnánima, sino simplemente hacer bien su trabajo”.
En un país en donde todos tenemos anécdotas relacionadas con injusticias y vacíos en la ley no debió ser fácil elegir las breves historias que conforman este libro. Entre ellas destacan, por ejemplo, la de un instructor de artes marciales que debe enfrentar la irrupción en su departamento de tres delincuentes armados con una ametralladora, quienes lo someten a él y a su pareja mientras buscan objetos de valor. A medida que la situación se torna más oscura, el protagonista debe decidir si corre el riesgo de enfrentar a los asaltantes.
Destaca también la historia, digna de una serie de detectives, donde se consignan los esfuerzos emprendidos por agentes judiciales de dos delegaciones capitalinas que investigan el hallazgo de dos cuerpos calcinados. Los policías se ven frente al reto de convencer a la Compañía de Luz y Fuerza de propiciar un apagón que permita investigar sin interferencias un sitio sospechoso de ser el escenario del crimen. No revelaré aquí si lo lograron o no, solo diré que en ocasiones la colaboración entre oficinas de gobierno puede ser el paso más difícil de lograr, pero cuando se logra puede resultar de enorme provecho.
Como señala el libro, a veces los policías deben enfrentar escenas que retan a la cordura, como le confía a Coria un colega de Chihuahua que ha debido atender el caso de una camioneta que aparece con retazos de quince personas. “¿Cómo haces para lidiar con algo semejante? ¿Cómo afecta eso tu vida personal?” se pregunta el autor antes de concluir que, frente a los horrores de la realidad, los embrujos de la literatura suelen ser un antídoto efectivo.
A mi juicio los capítulos más entrañables del libro son tres: el primero es aquel que contiene casos que involucran dos factores —paternidad y crimen— que desvelan las presiones y las responsabilidades que a menudo enfrentan quienes tienen hijos y están involucrados en un proceso legal. Especialmente conmovedor el episodio de la madre que, preparando la fiesta de cumpleaños de su hijo más pequeño, causa sin saber la muerte de toda su familia, pues lejos de ser una anécdota aislada sugiere las difíciles condiciones que enfrentan millones de madres solteras que no cuentan con apoyos para cuidar a sus hijos. Sin bien la escena no es sangrienta, sí resulta muy emotiva para los lectores.
Los otros dos capítulos entrañables son aquellos en donde el autor consigna el proceso personal que le forzó a retirarse de manera temprana debido a un diagnóstico médico. Entrañable y certera la aparición del maestro Vicente Quirarte, a quien Roberto Coria ha reconocido siempre como su mentor. Es el escritor y académico autor de Sintaxis del vampiro quien le aconseja al Perito en Arte Forense “escríbelo todo. Ponerle nombre a la desesperación es trascenderla”. Es gracias a la disciplina, el valor y el entusiasmo con que Coria abrazó aquel consejo que hoy podemos leer su historia, un retrato prolijo, preciso y conmovedor de lo que ocurre en los pasillos de la procuración de justicia de nuestro país.
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