El deslinde (1944), de Alfonso Reyes, merecería encontrarse entre los mejores libros de teoría literaria en México. Según mi muy personal perspectiva, es de hecho el mejor. Se le criticó mucho desde un principio. Me resulta obvio que las que fallaron fueron la crítica periodística y la recepción de boca a boca y, sobre todo, de oreja a oreja: se habló de oídas, como pasa mucho en la literatura.

No olvidemos el contexto donde apareció este tratado. Por desgracia, aquel momento tiene algún rasgo en común con nuestra época: Reyes comenzó el libro como lecciones de teoría en Michoacán. Corría 1940, año de la caída de París bajo la bota bestial de los nazis. Bestial. Sí. Enemiga de la civilidad.

La pausada elaboración y la aparición coincidieron con la presencia del nazismo en la capital francesa y en buena parte del país de Stéphane Mallarmé y de Paul Valéry.

Reyes había conversado con este último en 1938: ambos sabían que la guerra era inminente e inevitable y se preguntaban por el futuro de la civilización. El mexicano pensó en América, y El deslinde es un ejercicio aristotélico que rebasa a Aristóteles: con Adolfo Hitler paseándose por los Campos Elíseos, no era un despropósito suponer que Europa entera se despediría de los cimientos griegos, romanos y cristianos que le habían dado forma. El prólogo de Reyes es explícito: América sería refugio de toda cultura amenazada.

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Crédito: Archivo de El Universal
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Esto, por supuesto, no se entendió en México. ¿Por qué iba a entenderse? El caso es que El deslinde existe porque Reyes quería dejar un modelo de Prolegómenos a la teoría literaria, según expone el subtítulo, y porque el modelo era un ejercicio de civilización, una clase de geometría verbal, un reducto de pensamiento apolíneo en unos meses en que nadie tenía la menor idea de quién ganaría la Segunda Guerra, así como ahora no sabemos en qué terminará el gravísimo conflicto iniciado por un especulador neoyorquino en obediencia de intereses geopolíticos e ideológicos que lo rebasan y lo controlan. Lo rebasan, sí, y lo controlan en buena medida porque él sólo entiende de las ganancias que les reportará la crisis planetaria a su familia y a amigos suyos muy cercanos.

El deslinde no tiene nada que ver con el positivismo, como erróneamente comentó un periodista cultural. En mis clases de Literatura Mexicana del Siglo xx les doy a leer un pasaje a mis estudiantes y les proporciono el contexto. Hago lo mismo con El arco y la lira (1956), de Octavio Paz, y señalo la generosidad de Reyes en las gestiones para que este volumen se publicara en el Fondo de Cultura Económica, según se advierte en la correspondencia editada, si mal no recuerdo, por Anthony Stanton y Rose Corral.

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La generosidad de Reyes es tanto más notoria porque El arco y la lira sigue presupuestos muy distintos a los del poeta regiomontano. En mis clases doy la bienvenida a estas posturas tan diferentes, muy benéficas para la diversidad de la literatura mexicana.

¿Qué haría hoy Alfonso Reyes? Entre otras acciones, seguiría siendo generoso. Era, antes que nada, una buena persona. Se dolía, sí, de los golpes que recibía. ¿Un ejemplo? Cuando ni más ni menos que Jorge Luis Borges presentó en 1949 la candidatura del regiomontano al Premio Nobel, los principales (no los únicos) enemigos de la propuesta salieron, ¿por qué no?, de México. Y, por supuesto, Reyes no recibió el Nobel.

Pero quedémonos con la generosidad. Reyes atendió a los jóvenes: en 1930 anduvo juntando los escritos de Gilberto Owen para que este vanguardista publicara al menos un libro. Ya comenté alguna vez que Reyes es el típico autor de obras completas, mientras que Owen es el típico autor de textos, sin que importen tanto los libros y menos aun las obras. Al final el Fondo ha publicado el conjunto de cada uno de ellos.

Respaldar a gente joven en el cada vez más difícil camino de las letras es un vestigio de los viejos tiempos del sistema literario, hoy subordinadísimo a la industria literaria: al capitalismo puro y duro. Tengamos entonces la nostalgia de apoyar una voz reciente.

Elik Troconis es una de esas voces. Vive en Madrid; nació en la Ciudad de México. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras, donde alguna vez Reyes dictó cátedra. Su novela La joya robada ganó un premio: fenal Norma 2022. Tiene como protagonistas a don Quijote, a Sancho y a otras figuras de la primera parte de la magna obra cervantina.

Don Quijote ha hecho de todo durante su recepción de cuatrocientos años. Sin duda, es el personaje más icónico y el ícono más personaje de la lengua española. No recuerdo haberlo visto en calidad de Sherlock Holmes: La joya robada nos lo presenta casi con la pipa (así lo dibuja la portada) y con la capa del héroe de Baker Street.

La trama se desenvuelve en la venta que el caballero cree castillo: ¿quién mató al buen Fernando? Se presenta el tópico del cuarto (o castillo) encerrado: el homicida está dentro, entre quienes no pueden salir. Y nadie llegó de fuera, aunque por momentos eso parezca. Y se presenta el ejercicio de inferencia a partir de lo evidente, ejercicio que vuelve una delicia la narrativa con tema policiaco.

Entre los mejores momentos del libro menciono dos rápidamente: el discurso de don Quijote, que podría llamarse “discurso del discípulo y del maestro” (pp. 220–223), y los romances, sonetos y coplas que en la mejor tradición cervantina se intercambian los personajes o que le escriben a don Quijote grandes detectives –Sherlock Holmes, Augusto Dupin, Hércules Poirot, Miss Marple– para declararlo precursor de tan ilustre lista (quizá faltó el padre Brown).

La literatura habla de siglos de oro y épocas de plata. Por momentos parece que, si de materiales se trata para describir una época, la nuestra se eleva al nivel del cartón corrugado. O del plástico. O del cobre con barniz. Por fortuna, frente al pesimismo se alzan voces frescas. Y Elik Troconis, alumno de la Fundación para las Letras Mexicanas, tiene un amplio camino aún, siempre y cuando el especulador neoyorquino y sus señores no desaten la Tercera.

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