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El Fondo de Cultura Económica España –que dirige Manuel Lazcano y cuenta con un valioso equipo de trabajo– tiene un robusto programa editorial. Ha llegado a mí un trío de títulos, que ya iré comentando.
Comienzo con Somos invisibles, del comunicador peninsular Euprepio Padula. El libro recoge testimonios de personas alejadas de las victoriosas élites que conducen el planeta. Estamos ante personas que en un descuido han perdido prácticamente todo (“menos la dignidad”) y han sabido lo que significa dormir en la calle.
La figura del padre Ángel García atraviesa el volumen. De hecho, él ha escrito un epílogo. Le daré la palabra:
Este libro no termina aquí. Porque las historias que contiene no son finales, sino comienzos. Cada página ha sido un espejo, una herida abierta, una caricia inesperada. Y también una llamada. A mirar. A escuchar. A no pasar de largo.
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Somos invisibles no es solo un título. Es una verdad incómoda. A veces en nuestra sociedad decidimos cerrar los ojos a las realidades que nos hacen sentir incómodos y, de esta forma, hacemos invisibles a muchas personas. Así, no vemos a quienes duermen en la calle, a quienes cargan una mochila de traumas, a quienes han perdido todo menos la dignidad. Pero este título es también una promesa: la de que, si somos capaces de mirar con otros ojos, de escuchar con el corazón, de actuar con compasión, entonces podemos hacer visibles a quienes más lo necesitan.
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La peor pobreza que uno puede tener es la soledad. Hay muchas personas que viven solas: sin un abrazo, sin una sonrisa, sin nadie que se preocupe por ellas. Esa es la gran pobreza de nuestro tiempo. Se puede tener todo, pero estar solo y, entonces, ser pobre. En San Antón, esa soledad se combate con café caliente, con escucha, con dignidad, con cariño y, siempre, con una sonrisa en la cara. Porque ser voluntario es dar tiempo del que necesitas, […] (Ángel García, “Donde habita lo invisible”, en Euprepio Padula, Somos invisibles. Madrid: Fondo de Cultura Económica España, p. 273).
San Antón es uno de los templos más originales del mundo. Se encuentra en la calle Hortaleza, del barrio Chueca, en Madrid. Padula lo describe así:
San Antón da café, desayunos, cenas, wifi gratis, agua para mascotas [San Antón, san Antonio Abad, es el santo de las mascotas, y alrededor de cada 17 de enero se llena de perritos, gatitos y otros animalitos que van por el viático de una bendición] y deja el cepillo abierto [la bandeja de limosnas] con la confianza de que cogerá dinero quien realmente lo necesite. Pero, por encima de todo, San Antón da dignidad. La que Antonio perdió con una bala perdida [mataron por azar a la compañera de su vida]. Con la primera raya de cocaína y la última copa (Somos invisibles, p. 72).
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Con respecto al padre Ángel y a su obra Mensajeros de la Paz, el comunicador y asesor para empresarios se refiere así:
El padre Ángel es un ángel terrenal que lucha por un mundo mejor y más justo. Un tipo humilde, nacido en Asturias, que no cierra los ojos ante los desafíos de la sociedad y que hace mejores a quienes lo rodean. Es un impulsor de vocaciones angelicales, como lo son los Mensajeros de la Paz, ese ejército de vocaciones a menudo laicas que crece en torno a la figura de este peculiar sacerdote. Son custodios y protectores, como él. Te iluminan si tropiezas y si caes te ayudan a levantarte (Somos invisibles, p. 17).
Este “tipo humilde”, “peculiar sacerdote”, estuvo presente en el discurso de León XIV ante el Congreso de los Diputados de España el pasado 9 de junio. Allí, en un palco, se dejó ver, atento a conceptos que permitieron al menos una tregua en la difícil coyuntura política y que ofrecieron a España una visión generosa y bien documentada y articulada de sí misma.
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El autor de Somos invisibles admite su deuda con quien fundó una asociación de ayuda a gente con pocos recursos en octubre de 1962 (mes de inicio del Concilio Vaticano ii y de la crisis de los misiles en los alrededores de Cuba):
Este libro se lo debo al ángel padre. Al padre Ángel. O, más bien, a sus ángeles de San Antón, […].
Cuando presenté Cree, lucha, logra en San Antón, Alfonso, uno de los hombres que ha vuelto a ser persona gracias al padre Ángel, me lanzó el guante: “Este libro está muy bien; cuenta historias de superación muy interesantes. ¿Pero por qué nadie cuenta las historias de gente normal, como nosotros, que un día lo perdimos y terminamos durmiendo en la calle? ¿Por qué los libros de este tipo suelen hablar solo de triunfadores o supuestos ganadores, de políticos, de directivos, empresarios y no de gente humilde que no tiene nada? ¿Por qué no dedica ni media página a los perdedores, a la gente como nosotros que lo ha perdido todo?” (Somos invisibles, p. 18).
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Las ciudades exhiben las paradojas y contradicciones de la vida moderna. Son impersonales a fuerza de tantas personas; procuran avidez de visibilidad, pero exigen que las miradas no se dirijan a las personas, pues hay muchas suspicacias y muchas etiquetas entre desconocidos y verdaderamente las personas sin techo corren el inmenso riesgo de incorporarse a un paisaje de fachadas indistintas; se suman así, de manera extrema, a una tendencia de la vida moderna: no debemos mirar a quien no conocemos. Y es que la sociedad está tan llena de sesgos, de presupuestos, de desconfianzas, de cansancios, de temores que mirar a una persona desconocida tiene un efecto que depende de factores como la edad y el género de quien mira y de quien recibe la mirada. Ya de por sí Jean Paul Sartre nos dejó dicho que la mirada convierte muchas veces al sujeto en objeto. Y textos de hace dos milenios ya nos mandaban alertas sobre este punto.
El tema es amplio, y no puede agotarse aquí. Baste anotar que el libro de Euprepio Padula se une a aquellos que han escrito Jesús Bastante Liébana (El Padre Ángel. Mensajero de la paz. La heroica lucha de un hombre contra la pobreza y la injusticia, 2007) y Lucía López Alonso (Padre Ángel. La humildad y la rebeldía 2017).
Una joven comentó en redes que la sociedad está cansada de tantas ideas (quizá se refería a ideologías) y que ahora más bien necesita testimonios. Sea exacta o no esta afirmación, es un hecho que un libro puede ser un mediador entre ideas y testimonios. De hecho, los testimonios son de por sí relatos de vida, y gracias a Somos invisibles tenemos un puño de historias, algunas sucedidas en España, otras sucedidas en México.
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El testimonio como un género con ideas, relatos, parlamentos, creencias y presupuestos permite que una vida se comprenda a sí misma y sea comprendida por quienes tienen la generosidad de leerla.
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