En La única opción (Eojjeolsuga eobsda, Corea del Sur, 2025), arrasante film 13 del sudcoreano seulés excrítico de cine vuelto director de culto mundial especializado en temas brutales de 62 años Park Chan-wook (Cinco días para vengarse/Old Boy 03, Sed de sangre 09, Lazos perversos 12), con guion suyo, de Le kyoung-mi y Lee Ja-hye basado en la novela noir El hacha del ultraprolífico estadunidense Donald Westlake ya adaptada por Costa-Gavras (05), el feliz técnico experto en fabricación de papel con 25 años de experiencia y por su gremio otrora galardonado Man-su (Lee Byung-hun archisobrio) disfruta de su idílica mansión campestre natal recién recobrada, al lado de la bella esposa amantísima Mi-ri (Son Ye-jin), el hijastro adolescente Si-one (Kim Woo-sung) y la tierna hijita cellista prodigio aunque neurodivergente Ri-one (Yul Choi-so), pero cierto día, tras la fusión de su compañía papelera con un corporativo estadunidense, es recortado sin miramientos de su trabajo y, aunque él ilusamente cree poder recuperarse en sólo tres meses, trece meses después no ha podido conseguir puesto alguno de su categoría o en su ramo, subsiste en el subempleo precario como empleadillo y toda la familia está sin mascotas y en crisis, su mujer mantiene el hogar como asistente de un joven dentista guapo (Yoo Teon Hye-ran), el despistado hijastro anda en malos pasos y la hijita debió renunciar a sus avanzadas clases de música, a punto de venderse la casa y el colmo de la desdicha: se suspende la suscripción a Netflix, entonces el ahora infeliz Man-su decide ponerse las pilas, ruega arrastrándose ante el gerente Soon-Chul (Park Hee-soon) de la última empresa posible que lo contrate pero éste lo humilla salvajemente, por lo que la póstuma opción del desesperado será estudiar los curricula de dos de los competidores desempleados que lo superan y del propio gerente alevoso para eliminarlos, asesinándolos uno por uno, y luego de sangrientas peripecias violentas y poniendo varias veces en riesgo su propia felicidad, el titubeante Man-su estará cada vez más cerca de quedarse con el anhelado puesto de trabajo, sin alterar apenas su selecta y obedecida ilógica laboral.

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Crédito: Especial
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La ilógica laboral se cuela, se mueve y medra a través de los resquicios que deja abiertos una sádica tensión entre la humillación ajena y las autohumillaciones siempre a punto de estallar, delineando con fino pincel personajes que otra comedia-thriller behaviorista negra hubiera trazado con brocha gorda, sea ese espiado primer competidor alcohólico y cornudo, o el segundo inofensivo vendedor de zapatería cuyo baleado cadáver termina encajuelado en la carretera o el tercero acosado en su solitaria cabaña antes de ser enterrado vivo asfixiado con embozos plásticos, sea el acento clocado sobre dos mujeres aún más apasionantes: la abnegada esposita del héroe todavía con insatisfechos arrestos eróticos como en fábula moderna del exquisito Hong Sang-soo, y la arpía esposa exactriz infiel A-ra (Yeon Hye-ran) que acribilla al marido en un forcejeo de pistola y lo entierra sin más en el jardín junto con un arma homicida estilo Parásitos (Bong Joon-ho 19), o sea el calculador Man-su tan desventurado como el asaltamuseo de Mente maestra (Reichert 25).

La ilógica laboral inspira sendos episodios vertiginosos a lo largo de 139 malvados minutos, destacando elementos tan inolvidables como la deslumbrante luminosidad del idilio inaugural cual romántica estampa antigua deliberadamente hipercursi como del demencial Gance de La rueda (1922), los intempestivos bombardeos de flashbacks cada vez con mayor crueldad autoconsciente, el perturbador héroe arrojado a rastras en un urinal para que se desahogue a gusto, la patética niñita que sólo repite los agrios reproches que oye y se refugia en la perrera evacuada, el ingenuo hijastro vuelto cómplice de un robo de celulares, la profanadora invasión de un cretino comprador probable a la insigne casa que se propondría destruir, los chavos trepando a sus habitaciones para ver su póstuma TVserie en plataforma, la descomunal maceta a punto de ser dejada caer desde una terraza sobre el gerente desalmado, el fingimiento de la mordedura de una víbora para ser auxiliado por la mujer de su objetivo, el baile de disfraces como un celoso Napoleón de farsa que contempla deslizarse por los aires a su Pocahontas en brazos de un galán más atractivo, las armas prohibidas como signo inequívoco de matones en potencia o ya en acto, la pavorosa autoextracción de una muela podrida con enormes pinzas, la hilarante borrachera criminal inducida a la tercera víctima laboralmente reemplazable, y la descabellada conclusión de los brillantes investigadores policiales de que la primera víctima eliminó a la segunda.

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La ilógica laboral nace de la desesperación tanto por conseguir un trabajo para mantener el privilegiado status conquistado como para sostener una elegancia caótica, conductual e irónica, exasperada por parte de la comedia negra en su más alto nivel expresivo y elíptico, donde la cadencia vertiginosa se impone como una obligación y un duro martirio psicológico que contagia a todo y todos cuantos lo rodean, para generar una obra de arte fílmica más gótica que estrafalaria, amplia y gélida, inconmensurable y furibunda, oscura y anárquica, sin dejar de ser en la superficie y en el fondo transparente y cristalina, alrededor de una especie de moderno pecador justificado a lo escocés Hogg del XIX o predestinado calvinista de antemano perdonado sin saberlo, cual si el relato bárbaro quisiera ahogar en su propia vesania la simiente de locura, de odio cumplido, de exterminio parsimonioso y de cinismo antiético lleno de paradojas sorprendentes.

Y la ilógica laboral restablece el orden perdido en la figura pírrica de ese experto papelero haciendo su ronda, enfrentado al simbólico vacío de una fábrica automatizada, donde todos los operarios han sido sustituidos por máquinas regidas por inteligencia artificial.

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