Julieta, la Venegas, figura internacional de la música que dispensa cualquier presentación, recientemente mostró una inédita faceta que no sorprende —pero tampoco deja indiferente— a nadie; se estrenó como escritora al publicar el libro de memorias Norteña (Almadía, 2026), mismo que salió a la luz junto a un disco homónimo (con colaboraciones de Natalia Lafourcade, David Aguilar, Bronco y Yaritzia), ambas obras enfocadas en sus años de formación y en la música que la marcó desde la infancia y adolescencia.

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Crédito: Diego Israel / El Universal
Crédito: Diego Israel / El Universal

En este libro de memorias, la cantante norteña cuenta que su ímpetu artístico fue respaldado desde los tiernos años cuando se autodescubrió como artista, mucho antes de convertirse en estrella pop. Primero por sus padres, quienes, sin aún saberlo, le dieron las herramientas para que pudiera encarar en el futuro un camino artístico a nivel profesional al inscribirla en clases de música y al regalarle un piano (si bien, al mismo tiempo que la encausaron hacia la música, también le impusieron límites, expectativas y cosas contra las que tuvo que definirse). Paralelamente contó con el reconocimiento y el respaldo de Margarita, su maestra de piano en la infancia, quien la ayudó a dar los primeros pasos en el instrumento y quien antes que nadie le brindó el voto de confianza a su talento. Ya en su adolescencia, fue reconocida y reclutada por unos jóvenes activistas de la escena tijuanense del ska-punk que la invitaron a formar a finales de los 80 el grupo Tijuana No. Si bien con ellos la cosa no iba nada mal, antes de que aquello terminara de cuajar vino su separación de la banda y la mudanza a la Ciudad de México. Ésta, según menciona en su libro, fue motivada por la impostergable búsqueda de un camino más personal y auténtico, el cual caminó, en este primera estapa, junto a Gustavo Santaolalla, productor de bandas en aquel punto ya consolidadas como Café Tacvba y La Maldita Vecindad. Él aceptó producir los primeros dos discos de Julieta, el Aquí (1997) y el Bueninvento (2000), trabajos discográficos que, junto a su participación con la canción “Me quieren matar” en la película Amores perros, la llevaron a consolidarse como una compositora de culto, sin que hubiera sucedido todavía el gran despegue. Este llegó, sonoro, con la publicación del disco (2003), que catapultó a Julieta al espacio como una estrella del pop en nuestro idioma, con éxitos como “Lento”, “Andar conmigo” y “Algo está cambiando” que se colaron como soundtracks en las películas privadas de millones de fans.

Ya con la fama de los mil relámpagos adquirida, Julieta ha seguido ahí como una estrella cercana en el firmamento, inconfundible tanto para quienes siguen oyendo su música devotamente como para quienes solo la úbican por sus grandes éxitos. Esta cercanía se debe a que ha sabido permanecer a la vista del ojo público a través, por supuesto, de las canciones, con sus méritos musicales y líricos pero, también, mediante vías que podríamos llamar explícitamente literarias. Por ejemplo, destacó en 2020 por su papel como reseñista literaria al hacer pública su cuenta en Goodreads, en donde, hasta ese momento, ya había reseñado un millar de novelas y había leído otras más, por no hablar de su participación como colaboradora de edición en un libro de la argentina Romina Paula titulado Aquí todavía (Barret, 2022), que premió en un concurso y le escribió un texto introductorio.

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Por otro lado, Julieta ha sabido permanecer en boca de todos a través de aspectos que, sin dejar de estar vinculados a sus canciones, las trascienden y han salido a relucir por haber sido voluntaria o involuntariamente polémicos. El caso más reciente es la versión que sacó del tema “La niña futbolista”, del grupo infantil Patita de perro, que hoy se ha convertido en un meme.

Su carácter explosivamente polémico en mucho se relaciona a la temática feminista que maneja la letra y al hecho de haber sido presentada durante La Mañanera del Pueblo a fines de mayo (unas semanas después de haber sacado a la luz su libro y su disco homónimo). Hubo a quienes esa versión —que incluía en su acompañamiento a un coro vestido de morado y formado por chicas del Conservatorio Nacional de Música e integrantes del Estudio Allaire— les pareció panfletaria. Otros dijeron sentirse indignados por la falta de timming en su publicación, ya que no se trataba del mundial femenil sino del varonil. Otros más se subieron al tren de los opinólogos para emitir comentarios supuestamente cultos que, nuevamente, caían en el esnobismo al poner incluso en duda la técnica vocal de Julieta (quien, como ella misma afirma en esta entrevista, nunca se ha asumido como una gran cantante). Otros pocos, celebraron su apuesta por visibilizar la presencia femenina en el futbol.

Sin embargo, la entrevista que aquí presentamos ocurrió días antes de la presentación de la canción y del estallido de esa polémica, por lo que solo se centró en un asunto que considero realmente relevante: la publicación de Norteña, el primer libro de la nacida en Long Beach. Con este, Julieta Venegas nos demuestra que no sólo posee los recursos de una crítica literaria sino los de una creadora hecha y derecha, con facultades de hacer poética y entretenida la crónica de la precuela a su estrellato: el libro de los orígenes.

A lo largo del libro hablas de la intuición como un motor, una fuerza irracional ¿Ella sigue guiándote hoy?

Sí, cada vez más. Cada vez pasa menos tiempo de espera entre lo que me dicta mi instinto y lo que hago. Cada vez hago las cosas más fluidamente. Digo: “esto, esto.” Hay una sensación que me dice “por aquí”. El instinto es el que me guía en decisiones creativas y en decisiones de todo tipo. Es verdad que, como mamá, tengo que pensar las cosas mucho más, tener a una hija lo requiere.

Pero si hablamos de lo creativo considero importante no racionalizarlo tanto, especialmente, a la hora de componer. En cambio, a la hora de producir sí me ha gustado darme el tiempo para imaginar antes de hacer.

Entonces, siempre es una mezcla, si algo me está regresando, digo, claro, eso es lo que tengo que hacer, por aquí es. Tiene que ver con la intuición, pero, también, con darme oportunidad de imaginar.

Pensando en tu faceta de reseñar libros, la cual es muy notable, te quería preguntar ¿de qué manera se cuelan los libros en tus canciones?

Siempre se han colado mucho. Los libros, la literatura, la palabra. Me convertí en compositora cuando empecé a hacerme lectora. Fue muy importante para mí descubrir la palabra y eso que me atraía tanto en ella.

Pero también descubrí que hacer canciones no es solamente hacer una melodía y llenarla de palabras. Hay que otorgar igual importancia a lo que dices y a la manera en que lo dices, acompañar las palabras con una melodía y, también, con sonido, con un estilo y un ritmo.

La palabra es la esencia de todo, ahí es donde empieza para mí la inquietud por escribir una canción. Eso de escribir canciones instrumentales para después rellenarlas con un discurso solo lo hice al principio. Una vez que descubrí la importancia que tiene la palabra, le doy mucho lugar.

¿Consideras que la canción tiene más afinidad con la poesía o con el storytelling?

Yo la asocio más con la narrativa que con la poesía. Aunque la poesía me encanta y tengo épocas en que leo mucha, en general la novela a través de mi vida siempre ha sido mi género favorito.

Comentas en el libro que en tus inicios acostumbrabas a musicalizar poemas ¿cómo recuerdas ese proceso de musicalización?¿es muy diferente a hacer canciones en sí?

Sí, lo siento muy diferente. Acudí a ello porque necesitaba la herramienta de las palabras que aún no tenía. En ese entonces mi relación con la poesía no era tan cercana, o sea, no conocía tanta poesía. Eso sí, conocía y me gustaba leer la obra de mis amigos.

Creo que, sin contarlos a ellos, la primera figura a la que me adentré en poesía fue Rosario Castellanos. Fue un libro de ella que encontré de pura casualidad y cuya lectura me pareció muy fuerte. Dije, “wow, esto es demasiado desnudo, las imágenes son raras, me asusta y me encanta” A partir de ese contacto me di cuenta la importancia que tenía la palabra y empecé a escribir mis propias letras, canciones íntegramente mías. De ahí para adelante, en mi composición, la letra y la música empiezan juntas, no hago la letra para luego hacerle la música ni viceversa. Me siento y lo hago junto y el cómo quiero que sea la melodía se empieza a entretejer con el qué es lo que estoy diciendo. Ya no sé cómo separarlo, las dos cosas nacen juntas en un mismo momento.

Pero como primer ejercicio el musicalizar poemas fue importante. De hecho, hay un par de canciones de esa época que me han acompañado un montón y que, incluso, sigo tocando. Pero, sobre la importancia de las palabras, sí me tomó mucho tiempo descubrir sobre qué quería hablar. En la banda las letras eran super aguerridas, querían combatir y hablar de cuestiones políticas y yo decía: “es que no sé si es por aquí lo que quiero contar”.

En ese momento solamente leía ficción, ya más adelante descubrí la autoficción. Descubrí que eso era lo que me gustaba. Y en mis canciones tiendo hacia ella, me gusta contar historias, aunque no soy anecdótica, cuento situaciones, algo que está sucediendo en ese momento.

¿Hasta qué punto crees en la originalidad y qué tanto has “robado” o reciclado en tu obra (tal como lo hacía, por ejemplo, Bob Dylan, que agarraba melodías antiguas y les ponía)? ¿Tú alguna vez has hecho eso también?

No tal cual. Hago un tipo de reciclaje musical que pasa desapercibido. En mi segundo disco pensaba que estaba copiando descaradamente a Charlie García y nadie se dio cuenta. Mi trabajo funciona como un filtro que no permite a las personas reconocer, por más que yo diga “esto lo voy a convertir en esto” al final suena diferente. Lo adapto a una visión, lo paso por mi personalidad de manera en que las cosas que había tomado salen modificadas. Aunque conscientemente lo intente, nunca me sale robar.

Ya a nivel de lírica sí me gusta que otros textos me disparen cosas. Acostumbro inspirarme en poesías o narrativas específicas de manera directa, las tomo como punto de partida de canciones. Si alguna frase me llama la atención la agarro la primera línea de una canción y de ahí me voy a ver a dónde me lleva. Son ejercicios de composición que me gusta hacer cuando estoy atorada en una canción. Por ejemplo, en mi primer disco tengo una que lleva como título “Sabiéndose de los descalzos”, frase que es el cierre de un diálogo en un libro de Elena Garro; había dos personajes dialogando, un blanco y un indígena. Sobre este, el narrador cierra diciendo: “sabiéndose de los descalzos”. Es un ejercicio que recomiendo.

Por otro lado, a mí me gusta mucho usar como disparador el metrónomo. Cuando escribo una canción me siento en el piano y pongo el metrónomo, el ritmo es muy importante en la palabra. Además, a mí me gustan los tempos de las canciones, siempre me fijo qué tempo tienen las que me gustan.

Hay muchas herramientas que puedes utilizar que van más allá de solo la canción misma, disparadores.

En tu libro planteas que las canciones ocupan esos silencios que son tan comunes en nuestras relaciones familiares, las cuales están marcadas por la incomunicabilidad. Hablas del caso de tu padre ¿cómo llevas esta etapa siendo mamá?

Sabes que también ahí me manejo con intuición, la infancia de mi hija ha sido completamente diferente a la de mi generación, la suya es una generación post internet, que tiene manejo de otro nivel de información, aunque no necesariamente de madurez m. Entonces, tienen nuevas complejidades con las que tienen que lidiar… los chamacos, jaja.

Una vez mi hermana me tiró el famoso “es que tú no entiendes por que eres otra generación.” Le respondí: “¿Sabes qué? Permíteme decirte que ese conflicto ha existido toda la vida, el cambio generacional, el no me entiendes porque eres otra generación, esa línea la aventamos todas en algún punto.

Como mamá lo que intento hacer es acompañar a mi hija, más que imponerle cosas, porque imponer no sirve de nada. A mí me trataron de imponermelas y no sirvió de nada. En la crianza nos toca imaginar, pues todas las generaciones han tenido diferentes conflictos y diferentes cosas con las que lidiar. Tienes que ponerle imaginación, porque nadie te entrega ningún manual, hay que hacerlo sin saber muy bien qué onda.

Hablas de que construiste una manera de escribir a partir de tus limitaciones, ¿me puedes hablar un poco más de eso?

Sí, siempre supe que no era ni la mejor pianista, ni la wow cantante. Hay gente que casi ya nace sabiendo cantar. Yo no era esa persona. Además, era super timida, no me gustaba que me pidieran que tocara, era antitodo, sobre todo, contra lo que significaba el espectáculo. Nunca tuve esas fantasías frente el espejo cantando de las que habla la gente.” Mi fantasía era componer canciones. Veía una partitura y decía, “yo quiero eso, quiero poner mi nombre en una partitura”, ese era mi sueño.

Y como nunca tuve la gran voz, entonces, mi manera de escribir no fue la de alguien que se sabe poseedora de un arma secreta, alguien con capacidad de hacer una canción superépica. La voz era mi herramienta en el sentido de que estaba diciendo las palabras que yo decía. Así aprendí a cantar escribiendo canciones hechas especialmente para mi voz, para mi manera de cantar. Mucha gente me dice: “qué bien cantas”. Y yo “pues es que aprendí a hacerlo escribiéndome canciones que me funcionaban, cantando las canciones mientas las componía”. No solo cuando las voy a grabar, las canto mientras las escribo. Para mí es muy importante la melodía. Hay épocas en que, por ejemplo, me ha gustado escribir canciones más agudas. Ahora me gusta hacerlas no tan altas, esta fórmula que va cada vez más arriba Creo que hay otras maneras. Por ejemplo, ahora sé que los coros también pueden funcionar abajo. Voy aprendiendo y todo eso tiene que ver como con mi voz también.

En consonancia con esa aspiración de niña de ser una compositora, te gustaría ganar un premio literario, tal como lo hizo Bob Dylan.

Para mí el trabajo creativo es algo muy aparte de lo que viene después. Obviamente, si me dan un premio o un reconocimiento, siempre lo agradezco. No quiero parecer una malagradecida, pero en el proceso creativo eso no es importante. No tiene por qué tener entrada ni lo que he hecho ni los números. Cuando me siento escribir estoy en otro lado.

No digo: “oh, mi trayectoria.” Me da exactamente igual porque es lo que estoy haciendo ahoritalo que me interesa. El presente, el ahorita.

Me acordé de Caetano Veloso. Él hizo su Verdade Tropical, crónica que engloba los momentos clave de su carrea. En tu caso, Norteña solo nos habla del comienzo. Consideras que vendrán otros libros en un futuro?

Pues no sé, la verdad. Para mí fue impresionante terminar este. No sabía si lo iba a lograr, es la primera vez que escribo un libro y fue muy emocionante, pero, también, muy duro.

Terminarlo me hizo admirar más a la gente que se dedica a escribir porque me parece que implica mostrarte un montón y ese mostrarte tanto para mí implicó mucho trabajo. No sé si venga otro. Me gustó mucho hacer una memoria enfocada en la música y quizás, también, en otras cosas, pero no amo tanto la autobiografía, esa épica de la vida o la carrera de alguien,esa reflexión de por qué llegas a lugar y cuáles son los lugares de donde partes no me parece tan entretenida. En este libro tuve que enfrentarme a esa búsqueda.

Hoy por hoy no termino diciendo: “ahora el que sigue”. Estoy enfocada en moverlo, en mis giras”. Estoy feliz de poder haber hecho este proyecto, tanto el disco como el libro, y toda la investigación que conllevó sobre Baja California, sobre Tijuana, toda esa experiencia fue superbonita. Es increíble hacer proyectos así, porque abres todo un universo en donde me puedo meter y desde ahí imaginar un montón de cosas.

Háblanos de “Tengo que contarte” la canción con Natalia Lafourcade. Me pareció una versión femenina de “Aunque mal paguen ellas”, la colaboración entre Vicente Fernández y Roberto Carlos. Sólo que en su canción los hombres no figuran.

Sí, no figuran. Es una canción de amistad. De hecho, en el disco hay dos canciones sobre amistad, está esta que trata de una amistad que te sostiene cuando estás en una crisis existencial, no necesariamente por un hombre o por una pareja, sino porque, de repente, dices: “no sé qué pedo conmigo, no sé ni para dónde voy” y tu amistad te sostiene y te dice, “ey, todo va a estar bien”. A veces nada más necesitamos ese diálogo y es precisamente ese diálogo el tema de la canción.

Luego hay otra canción que se llama "Amigas", que es sobre el quiebre de dos amigas, un truene, desamor de amigas, que también es otro tema que yo no suelo ver y que me parece importante ponerlo porque, evidentemente, también existe eso y es súper triste, cuando pierdes a una amiga, a un amigo, es mucho peor que perder a una pareja. El drama que sufres es más lento, una ausencia que dura.