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Traducción del rumano de Marian Ochoa de Eribe
Una fila de trineos sin cascabeles, tirados por caballitos de crines alborotadas, con las pezuñas envueltas en bandas de piel, llevaba hacia la salvación a todo el clan de los Badislav, a los jóvenes, a los viejos, a los niños y a las mujeres, junto con el trigo, con los arcones de carne de cerdo conservada en manteca, con sus ropas, sus iconos y con las estolas del pope, que, vestido como un campesino más, fustigaba de vez en cuando la grupa marrón brillante de la yegua que trotaba enjaezada y graciosa ante él. También la yegua le golpeaba en el rostro con su cola dorada y áspera, y mostraba el orificio negro como el alquitrán entre las grupas. Ante ellos no se distinguía camino alguno, tan solo el campo que conducía al Danubio y a la redención, cubierto por la nieve que les llegaba hasta el pecho a los caballos. Sotos de bosque joven y ralo, con los tallos inmóviles en el aire helado, como dibujados en el aire con tinta sepia, quedaban atrás a ambos lados. Los cuervos, como hojas negras, migraban de un árbol a otro y sacudían la nieve de las ramas. El sol de oro fundido empujaba las sombras al paso de los trineos y trazaba unos árboles finos sobre las ondas de nieve, brotaban de la misma raíz que los verticales pero parecían más alargados y más frondosos. En los siete trineos se amontonaban los supervivientes del pueblo carbonizado y humeante, de sus callejuelas y chabolas llenas de cadáveres merodeados por lobos y zorros. Aquel año terrible la calamidad no vino de la mano de los turcos, ni de la tempestad que avivaba las llamas, ni de los albaneses del Gobierno. Si alguien hubiera preguntado a cualquiera de las mujeres con collares de monedas al cuello y pañuelos de cendal en torno a sus feos rostros de búlgaras, con ojos cristalinos como los de las cabras, esta habría fruncido el ceño con desesperación y estupidez y se habría santiguado, pero no le habría respondido, pues lo único que querían todos era olvidar. Entre sus pellizas, en el fondo del trineo, se apretujaban los niños y algún que otro perro negro, cuyas patas temblaban enloquecidas. Recordaban tan solo la aldea aislada del mundo, en una vaguada de los montes Ródope, rodeada por riscos de basalto; en la roca se abría una garganta que desembocaba, hasta donde alcanzaba la vista, en unos pastos floridos y en unos fértiles huertos de hortalizas. Un pueblo apartado cuyos habitantes estaban unidos por complicados lazos de parentesco, todos eran primos y compadres, todos vivían en el temor a Dios en torno a una ermita sin torre edificada en medio de la aldea. En verano trabajaban doblados sobre rodrigones de tomates y sobre cuadros de pimientos morrones, los chiquillos llevaban las vacas a pastar y trenzaban interminables cadenas de dientes de león o peleaban con los cayados, bellamente tallados y repujados. El cielo era azul como una flor de transparentes pétalos azules abierta sobre el valle.
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Junto a las casuchas estaba el cementerio atestado de cruces, unas en pie, otras derrumbadas por el paso del tiempo, con temblorosas inscripciones en caracteres cirílicos. Las más antiguas, de piedra, estaban tan cubiertas de musgo y tan devoradas por el liquen que parecían esponjas informes desperdigadas por la tierra negra, rodeadas por cólquicos y aros. En la iglesia entintada por el humo, el pope procuraba mentarlos a todos regularmente, y las velas de sebo de vaca ardían sin cesar, tiznando el techo bajo como si fuera el culo de una sartén. Roscos y colivă, arroz con leche y ciruelas pasas constituían el alimento de los muertos, se los enviaban por el hilillo de agua del arroyo Bârzova, en barquitas de madera repletas de cirios, los días señalados por el santoral. A los viejos del pueblo que se quedaban dormidos en brazos del Señor se les cantaba bajito al oído, en la noche del velatorio, para explicarles los detalles del destierro que les esperaba: tenían que hacerse amigos de la nutria para atravesar las aguas negras, y del lobo, para conocer el camino hacia la casa de su familia, donde podrían abrazar a su padre y a su madre, reunidos todos como niñitos en torno a la Madre de Dios y al Niño de luz.
Aquel fue, sin embargo, el año de las adormideras. En invierno, los Badislav pudieron contemplar, en sus manos llenas de callos, las semillas menudas y cenicientas de la amapola, desconocidas hasta entonces y traídas por una caravana de gitanos que, robando y leyendo el futuro en las conchas, recorrían los Balcanes. Los gitanos hablaban, mientras despiojaban a sus osos, sobre la maravillosa flor que atraía los sueños, que hacía que los bebés callaran y durmieran como lirones toda la noche, que dilataba las pupilas de las mujeres y hacía que suspiraran por acoplarse. Los granitos eran buenos, mezclados con miel, para hacer aromáticos pasteles, y de sus cápsulas se extraía la leche de los santos, que te llevaba al paraíso y te hacía conocer en vida a los ángeles de las nubes. A cambio de las semillas, por un saquito lleno, los gitanos pidieron cuatro hermosos violines que olían a madera de abeto, con cuerdas de tripa de oveja retorcida, de esos que sabían fabricar algunos campesinos. La caravana partió de improviso, esfumándose en el vacío como si nunca hubiera existido.
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Quedaron las semillas de amapola, ligeras como el papel, que los Badislav sembraron en una franja entera de tierra negra y reluciente, entre hileras de calabacines y de lechugas. En pleno verano se abrieron unas flores de pétalos morados, con manchas negras como la lengua de los ahorcados; las hojas de los largos tallos eran de un verde azulado muy pálido, salpicado de cal. Cuando los pétalos cayeron y se mezclaron con la tierra, quedaron unas cápsulas rebosantes de leche que emanaban un tufo tan dulzón que los pájaros no sobrevolaban el campo venenoso; tampoco los escarabajos ni las langostas se atrevían a pasar entre los tallos pálidos. En poco tiempo, las cápsulas se hicieron grandes como la cabeza de un bebé y, al agitarlas, las semillas resonaban en su interior. Las mujeres entraron con hoces en aquel sembrado que les llegaba hasta el pecho y pasaron un día entero segando aquellas plantas, muertas de la risa, pues las cápsulas les recordaban la zarzamora del miembro de sus maridos. Las acarrearon en cestos hasta la veranda de las casas y una vez allí, todavía entre risas, al anochecer, extrajeron el líquido espeso y extendieron sobre unas bandejas, al aire libre, la «simiente de gitano», como la bautizaron finalmente. En unos cuantos días, la leche había cuajado, estaba dura como el queso, y luego como la piedra. Parecía tiza jabonosa de un blanco azulado. También las mujeres pusieron esa corteza en un almirez y la majaron hasta volverla tan fina como el polvo del camino. Hicieron rosquillas y hojaldres turcos en los que, junto con la mermelada, la miel y las cáscaras de naranja, espolvorearon el polvo mágico. Lo mezclaron con vino y con aguardiente de pera, con leche con mămăliga y en los cigarrillos de maíz que ellas se liaban. Se reunió todo el pueblo en una fiesta inolvidable, como si estuvieran en pleno invierno; se divirtieron y contaron chistes hasta que el vapor de la amapola se les subió a la cabeza y todos, tanto los mozos como los viejos, cayeron en un extraño trance. Se les apareció un ángel de luz, desnudo, con pechos de mujer y vergüenzas de hombre, con el cabello dorado prendido en miles de trenzas. Y el ángel les dijo: «Estáis libres de pecado. Sed como vuestro abuelo Adán y vuestra abuela Eva, pues vuestros pecados han sido perdonados». Y todos, mozos y mozas, esposos y esposas, se despojaron de sus pellizas y camisolas y se acoplaron al buen tuntún entre los perros y los niños: la madre con el hijo, el padre con la hija, el hermano con la hermana, y así estuvieron, con las pupilas tan dilatadas como el iris, con un sudor transparente y helado corriendo por sus rostros, hasta que asomó el otoño, dulce como el mosto al principio, áspero como el vino tinto después. Las llamas y la herrumbre se extendieron por las colinas mientras, en el valle, la aldea se desmoronaba poco a poco y las vacas mugían muertas de hambre. Aspirando el mapacho mezclado con semilla de gitano, los hombres yacían en los bancos sin otro cuidado que mantener el fuego en la estufa. Las mujeres se olvidaban de sus bebés, los dejaban lloriqueando en las artesas y se marchaban al pueblo, con los pezones maquillados, en busca de un amante cuyo peso no hubieran sentido aún. Cuando lo encontraban en algún granero lleno de ruedas de telarañas —el insecto, saciado, se encontraba en el centro y mostraba la cruz del dorso—, ellas, que se habían casado vírgenes y que no se atrevían a levantar los ojos del suelo en presencia de su esposo, se arremangaban ahora las faldas y mostraban sus muslos rollizos y la colina peluda en el centro; se dejaban montar allí mismo, sobre los sacos de trigo, en medio del olor de los correajes engrasados con sebo.
Las telarañas —con arañitas en los extremos— habían llenado el aire de oro, se enredaban en los zarcillos de la vid, en los tutores del huerto, y volaban después hacia la linde de la aldea, donde el antiguo cementerio se doraba al sol como un sapo en los últimos días de brumario. Allí se trababan en los brazos de las cruces; poco después, el cementerio entero estaba vestido de encajes de hilo de seda. Bajo la tierra, en sus estrechas casitas de pino, los muertos se morían de hambre. Llevaban cuarenta días sin ser invocados en la iglesia, donde el viejo cura permanecía sentado, llorando entre los iconos como un navegante en un velero a la deriva; durante todos esos días no habían recibido los roscos, la coliva ni el arroz con leche de sus parientes vivos. Aterrorizados ante la idea de morir por segunda vez de hambre y olvido, los muertos empezaron a agitarse, un rugido amenazador surgía del subsuelo. Haciendo castañetear sus poderosas dentaduras, comenzaron a romper los tablones esponjosos, destruidos por las larvas enquistadas de los escarabajos, a excavar con sus garras como de topo unos túneles que los llevaban de unos a otros, a reunirse de dos en dos o de tres en tres y, finalmente, todos juntos, formando un pueblo subterráneo, se apiñaron en una cava atravesada por raíces; los ataúdes, que quedaban ahora encima de los cráneos, parecían brillar como cajitas de cristal. Trescientos muertos debilitados por un prolongado ayuno, pero animados por una rabia que solo los difuntos conocen, entrechocaban allí las pálidas setas de sus cráneos y hacían crujir sus ropas ennegrecidas, mantenían largos y duros discursos y se miraban unos a otros abriendo de par en par sus órbitas vacías, llenas de gusanos. Y al comienzo del invierno, el día de los santos mártires Mina, Hermógenes y Eugrafo, hacia el ocaso, un ejército putrefacto, calvo y sarcástico se abrió camino hacia el mundo blanco. Había muertos viejos, de huesos amarillos como los de las vacas, que no habían sabido numerar sus miembros, así que se habían olvidado algunos dedos o la mandíbula inferior en el antiguo féretro; había también muertos más recientes, envueltos aún en sus camisolas, que conservaban en los rostros y en el cuerpo retazos de carne seca como la mojama; había mujeres con las caderas ensanchadas por los partos y con la caja torácica envuelta en unas melenas que recordaban el cáñamo sin hilar; había críos pequeños, vencidos por el peso de unos cráneos demasiado grandes para su débil cadáver; había apestosas carroñas de perros y gatos que, animadas por el espíritu de aquella cólera colosal, acompañaban también a la cohorte. Un hedor ponzoñoso se arremolinaba sobre ellos como una humareda verde, y se elevaba hacia las estrellas. Cuando llegaron a las casas, se dispersaron; cada uno se dirigió donde su familia y comenzó una matanza atroz entre los aullidos desesperados de los perros. Los espectros irrumpieron en los zaguanes y en las habitaciones, donde, ante los ojos de las mujeres que creían estar soñando, arrancaban de las cunas a los bebés envueltos en pañales y mordían con apetito su carne tierna, salpicando el suelo de adobe con su delicada sangre. Se abalanzaban sobre las mujeres, las montaban sobre los bancos y las penetraban con su gusano negro, itifálico, endurecido por primera vez después de tanto tiempo. Acorralaron a los mozos en los graneros, esquivaron con maestría sus golpes desesperados con las horquillas; finalmente los agarraron de la pelambrera para arrancarles los brazos y las piernas, como si fueran langostas, y les royeron los cogotes hasta llegar al hueso. Muertos de miedo, muchos de los campesinos se aliaron con los esperpentos, descuartizaron en primer lugar a sus mujeres e hijos y a continuación, con la mirada vidriosa y temblando como hojas, estrangularon a los perros de los corrales y bebieron su sangre negra. Aquella noche empezaron a caer unos copos grandes y blandos, que se derretían en los charcos rojizos de las callejuelas. Los cadáveres vagaban en vano, de casa en casa, en busca de gente con vida. Los encontraron debajo de las camas y detrás de los hornos, indiferentes a sus aullidos, los sacaron de allí y los convirtieron en mártires, los empalaron y los desollaron vivos; a última hora de la tarde no parecía quedar ya nadie con vida en el pueblo. Entonces dieron fuego a las casas y las cincuenta isbas empezaron de repente a echar humo y a sacar lenguas rojas como los dragones de los iconos. Solo la iglesia del centro del pueblo permaneció negra y silenciosa, con su empinada techumbre de tejas sobre la que empezó a cuajar, como un ribete de plata, la nieve. En la plazoleta frente a la iglesia, donde los vecinos bailaban la horă todos los domingos, se reunieron, en pequeños grupos, los muertos procedentes de todas las callejuelas. Porque por las grietas de las viejas paredes emergía el dulce aroma a carne de gente sana y salva que excitaba el apetito de los habitantes del subsuelo. Los supervivientes se habían congregado en el recinto sagrado donde, de rodillas, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas, bruscamente espabilados de la embriaguez de la amapola morada, rogaban a la piadosa Madre de Dios. El pope, el único que no se había pervertido con los poderes de la planta oscura, preparaba entretanto sus armas de guerra, en las que había depositado todas sus esperanzas. Se había vestido con su casulla de fiesta mayor, se había puesto al cuello la cadena de plata de la que colgaba, cubriéndole el pecho, una cruz de ébano incrustada con perlas antiguas e irregulares. Colocó ante él, una vez los hubo retirado de las paredes, los iconos que habían demostrado obrar milagros. En el amplio bolsillo delantero de la sotana guardó la cajita de cristal que contenía el diente de uno de los doscientos discípulos del santo mártir Nicon, el tesoro de incalculable valor de la iglesia. En la mano derecha sujetaba un incensario humeante y en la izquierda, el Evangelio, abierto en la página en la que Cristo expulsa a los demonios de un poseído y los arroja a una piara de cerdos. Cada uno de los cuarenta habitantes de Badislav llevaba un icono bendito al cuello y, en la frente, una brillante mancha de mirra.
El ejército de huesos y harapos, animado fantásticamente por la luz de las hogueras, deliberaba. Los esqueletos limpios, los más antiguos, agitaban bajo la nieve unas patas largas como de mantis religiosa. No les importaba el murmullo piadoso del interior ni el olor a incienso: la ciudadela debía ser sometida y destruida a toda costa, y todos sus habitantes exterminados. Y todo ello antes del canto de los gallos. La nieve que había empezado a cuajar, húmeda y cristalina, se retiraba ante las pezuñas tintineantes que mostraban unas uñas petrificadas a través de sus viejísimas abarcas. La puerta de la iglesia estaba reforzada con hierros y su gruesa y agrietada piel exhibía las huellas de las armas y los arcabuces, manchas de sangre, blasfemias talladas en letras cirílicas que algún pope de la antigüedad no había conseguido lijar. El cadáver de la vieja Liubiţa, enterrada tan solo una semana antes, rebosante aún de gusanos blancos y gordos, se acercó y palpó la puerta con unos dedos amoratados. Su cabeza de ojos rezumantes asintió y se retiró. Había que prenderle fuego, pues las gruesas vigas se veían tan orgullosas como los muros de un castillo. Los esperpentos se arremolinaron y sus labios arrojaron al mismo tiempo una llamarada verde como el veneno, sus lenguas negras colgaban como las de los galgos. La llama chocó contra un trozo de madera secular y solo unas pocas astillas se encendieron para consumirse casi al instante. Volvieron a soplar, pero tampoco ahora se prendió el roble embreado. Los esqueletos comprendieron entonces que no conseguirían vencer por sí mismos. Se reunieron, como ante el brocal de un pozo, en torno al círculo de fuego que el más viejo de los muertos había trazado en la nieve sirviéndose de una antorcha. Contemplaban con sus órbitas negras y vacías cómo el barro del interior del círculo se tornaba translúcido como un agua verde y profunda, y...
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