I

Hace exactamente seis años me preguntaba aquí mismo, en las páginas de Confabulario, sobre la función de las instituciones culturales en el nuevo gobierno lópezobradorista. Durante esos primeros años, se llevó a cabo la destrucción del sentido que las animaba y, se sentaron las bases para lo que sucede hoy, en el segundo gobierno de la “cuarta transformación”. Durante el gobierno de la presidenta Sheinbaum, lejos de corregirse el rumbo, como ha sucedido en el sector científico y académico, se continúa con la misma línea política que comenzó con la llegada de López Obrador. Al contrario de lo que los creadores esperaban, los cambios en la Secretaría de Cultura fueron adversos a sus demandas y aspiraciones; porque si los artistas esperaban que el estado neoliberal que los precarizaba desapareciera, se equivocaron garrafalmente. Si esperaban que el presupuesto aumentara, se democratizaran las instituciones, se descentralizara el gasto, pronto vieron con azoro e indignación el recorte de los recursos y la recentralización, la restricción de los apoyos a grupos artísticos, la legitimación de la discrecionalidad y el patrimonialismo, y la estigmatización de toda una comunidad a la que el entonces presidente López Obrador despreciaba.

De pronto, los creadores fueron convertidos, de facto, en un enemigo más de la “cuarta transformación” a pesar de que la comunidad artística y cultural, en su mayoría, apoyó al ex presidente y a su movimiento durante años. No, el nuevo gobierno no veía, (ni ve) en la comunidad artística una riqueza indispensable para el país, sino una élite endogámica que acaparaba los recursos y recibía privilegios indebidos. La grotesca y mendaz caricatura los pintaba como una mafia de “ricos” que había apoyado a los gobiernos anteriores, al haber sido cooptados con becas de creadores. De allí, la imposición de la línea argumental, que al día de hoy sigue vigente, en todos sus programas: una reivindicación de la cultura “popular” sobre la llamada “alta cultura”, la desaparición semántica del “artista” sustituida por la de “agente cultural”, el apoyo a la improvisación y no a la profesionalización que requiere, evidentemente, algo más que propaganda.

Crédito: Iván Vargas / EL Universal
Crédito: Iván Vargas / EL Universal

En realidad, la instrumentalización del arte y la cultura como arma propagandística del gobierno, ha sido más que evidente: de ser una actividad libre, ha pasado a ser una actividad “con causa”. No basta la sola expresión artística, ni se busca la compleja y contradictoria multiplicidad de interpretaciones del mundo, sino la unívoca cultura oficial que se presenta como correcta, originaria, justa: una forma de justicia redistributiva del capital cultural que implica, necesariamente, el despojo sobre aquellos que no encajan en su estrecha definición de cultura.

De ahí que, por ejemplo, el sexenio pasado, la ex secretaria de cultura se ufanara de haber “democratizado” los estímulos a creadores o de crear programas que decían atender a “los invisibles”, aunque, en realidad, nada de esto fuera cierto. O las políticas actuales del INBAL que en sus convocatorias de los premios literarios nacionales consideran, por primera vez en su larga historia, que los artistas son sospechosos de cometer delitos y, por tanto, indignos de recibir cualquier premio, por lo que deben primero probar su inocencia para poder participar en ellos, después retribuírselos al gobierno con mano de obra, y comprometerse a comportarse de acuerdo con los valores gubernamentales, so pena de que les sean retirados los reconocimientos. Sí, la institución cultural considera ya a los artistas como delincuentes que deben probar su inocencia, violando así sus derechos constitucionales.

La caricatura se ha exacerbado al grado de imponerse ya como política cultural deliberadamente excluyente y francamente policiaca. Lo cual constituye una doble injusticia sobre una comunidad que ni era, ni es “privilegiada” y que sufre, como nunca antes, la precarización neoliberal.

II

Y es que las políticas de austeridad impuestas como norma en el aparato cultural desde el sexenio pasado, no hicieron sino agudizar las dificultades de quienes se dedican profesionalmente a la creación artística, al extinguirse fuentes de trabajo que también provenían del mecenazgo del Estado o eran incentivadas por éste. La perversa consecuencia de estas políticas culturales restrictivas, es que muchos creadores se encontraron con que era económicamente insostenible su oficio, al carecer de cualquier actividad remunerada o cobrar apenas nada. Esto ha provocado que subsistieran más fácilmente aquellos que no dependían directamente de su trabajo artístico, sino de otras fuentes de ingreso, es decir, un minúsculo grupo de creadores a los que las políticas gubernamentales no les afectan, a diferencia de la gran mayoría de los artistas mexicanos que sobreviven sin medios, carecen de seguridad social y que algunas veces y heroicamente, continúan creando en situaciones de enorme adversidad; mayores, enfermos, sin ingresos. Esos a los que este gobierno, de izquierda, desdeña sistemáticamente cuando exigen la protección del Estado.

Porque es un hecho que, si los artistas carecen de los medios para dedicarse a su trabajo, tarde o temprano terminan por dedicarse a otra cosa, al menos los jóvenes que aún pueden diversificar sus ingresos. Los autores mayores, quienes han dedicado toda su vida a crear parte del patrimonio nacional, suelen quedar desamparados, sometidos a la indignidad de tener que solicitar públicamente ayuda económica para solventar sus gastos de salud o simplemente para sobrevivir. Vergonzosamente, el gobierno mexicano, emanado de la izquierda, ha convertido a sus artistas y creadores en mendicantes, parias. Más neoliberal, imposible.

III

Largo fue el camino para que la cultura y el arte ocuparan un espacio institucional propio. La creación del CONACULTA que, en los hechos, constituía y funcionaba como una secretaría de Estado, finalmente alcanzó el rango de Secretaría hace diez años. El cambio, presentado como un gran logro, pronto evidenció que para los creadores prácticamente no significaba ninguna mejoría y que los principios que debieran ser rectores, como el derecho a la cultura, el estímulo a la creación artística, y la preservación del patrimonio cultural, en realidad estaban sujetos a las decisiones de los gobiernos en turno y su poco o nulo afecto por la cultura.

Los primeros años, la nueva Secretaría de Cultura, aún en la era “neoliberal” sostuvo las políticas exitosas que le dieron a México, en las décadas precedentes, un enorme estímulo a la vida cultural. Había, sin embargo, una inconformidad constante de creadores que veían en el Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) un sistema claramente insuficiente, incapaz de atender las crecientes necesidades de los creadores que eran excluidos de sus convocatorias, en parte por los favoritismos internos, pero esencialmente debido a su propio diseño que no fue creado para apoyar a la totalidad de los artistas mexicanos que lo merecían, sino únicamente a una fracción de ellos. Bajo esa coartada, la institución cultural justificó no aumentar el número de estímulos al grado que se requería, dejando a la mayoría de la comunidad artística sometida a la injusticia de no poder acceder al programa.

El nuevo gobierno lejos de entender la naturaleza del conflicto y plantear una solución de fondo que significaba la ampliación de los derechos de los artistas así como el presupuesto, decidió corromper las reglas de operación, volviéndola aún más discrecional para que personas distintas –independientemente de sus méritos- accedieran al estímulo, a costa de dejar fuera a quienes tenían méritos de sobra para volver a obtenerlo, perpetuando la injusticia.

En realidad, el problema era y sigue siendo el diseño mismo de una institución que es, desde su fundación, insuficiente, injusta y discriminatoria de los artistas mexicanos que se ven obligados a competir en múltiples periodos para obtener un estímulo que no es renovable de manera consecutiva, que no alcanza para todos, y que debiera ser similar al estímulo –o sobresueldo, que eso es- que reciben los académicos mexicanos a través del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) que otorga un estímulo permanente, tiene niveles y evaluaciones periódicas.

¿Por qué los artistas y creadores mexicanos han sido sometidos a ese trato discriminatorio por todos los gobiernos que han estado en el poder desde la fundación del SNCA? Habría que preguntarse ¿por qué no existe un sistema estatal que promueva la creación artística como una política de Estado y que considere proveer las bases mínimas para el correcto desarrollo de la creación artística, como ocurre en el SNII con los investigadores? y ¿por qué es admisible que académicos reciban un sobresueldo permanente, mientras los artistas no tienen ninguna garantía de acceder a un solo estímulo del Estado durante toda su vida creativa?

La disparidad entre ambos sistemas es sencillamente escandalosa. Mírese nada más los datos. Actualmente, el Estado gasta anualmente en los investigadores 9,170 millones de pesos para una nómina de 45,000 investigadores, mientras que en el sistema artístico se invierten por año 255 millones para 652 artistas. La desproporción en la inversión estatal, como puede verse, es abismal y más ofensiva si se piensa que los requerimientos presupuestales para convertir el SNCA en un auténtico sistema que atienda a toda la comunidad artística del país, es realmente bajo comparado con el de los investigadores. A todas luces, esta asimetría es una injusticia histórica de parte del Estado mexicano. No hay ninguna justificación para que investigadores, que ya reciben un sueldo y gozan de prestaciones, reciban un sobresueldo, mientras que los artistas que carecen de seguridad social, se encuentran muchas veces desempleados o sujetos a empleos eventuales, no gocen de un derecho similar.

Esta realidad se revela aún más indignante si pensamos que ha habido artistas que han muerto en la indigencia, que ahora mismo hay varios solicitando ayuda económica ante el trágico estado económico que atraviesan producto de las políticas de los dos últimos gobiernos, y que son ellos quienes han producido obras que conforman el rostro espiritual de nuestro país ¿Por qué, habría que preguntarle a la Presidenta Sheinbaum, su movimiento no ha hecho nada para corregir esta deuda histórica del Estado, y en su lugar ha preferido criminalizar a los artistas? y ¿hará algo ella que procede de la verdadera élite privilegiada por el Estado, la académica, de la que ha sido beneficiaria?

Y en cuanto a la comunidad artística, habría que preguntarnos ¿por qué hemos permitido durante tanto tiempo esta injusticia del Estado? ¿por qué no exigir lo que es estrictamente justo? ¿cuántos amigos artistas más tendremos que ver sometidos a la indignidad de mendigar entre nosotros cuando la salud o el trabajo desparezcan del todo? ¿cuántos seguirán muriendo de tristeza, enrabiados de desconsuelo después de haberle dedicado su vida la creación y estar en la más absoluta pobreza? ¿valió la pena entregarle la vida a crear arte en un país que desprecia a sus artistas y es incapaz de tratarlos con dignidad, ciego ante las obras que producen? ¿y luego, para qué queremos escuelas de arte si los artistas jóvenes no tendrán trabajo? ¿y valió la pena votar por quienes ni nos ven ni nos escuchan?

Hay que preguntarlo porque los políticos y los funcionarios que deciden sobre nuestras vidas con desdén, no viven como nosotros. No, ellos sí tienen privilegios como un sueldo, un aguinaldo, una jubilación, un sobresueldo esperándolos en el SNII… y no, no tendrán que hacer ninguna colecta ni rifa para pagar la renta, para pagar el hospital, para sobrevivir, aunque ellos se conmuevan con nuestros cuadros, con nuestras piezas de baile, con nuestras obras de teatro, con nuestros poemas: ellos y los que vendrán después de ellos, mucho tiempo después y cuando incluso nadie sepa ya quienes fueron.

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