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Me detendré durante las próximas semanas en Kant, no es un pensador que podemos tomar a la ligera, inclusive hoy me cuesta trabajo entenderlo y sobre todo entender la revolución que generó. Así pues, toda la arquitectura del pensamiento kantiano descansa sobre una distinción que parece técnica y resulta ser, en sus consecuencias, una de las más radicales que la filosofía occidental haya producido: la diferencia entre el conocimiento a priori y el conocimiento a posteriori. No es una distinción de grado sino de origen. Él no pregunta cuánto sabemos sino de dónde viene lo que sabemos, y la respuesta que Immanuel Kant construyó en La Crítica de la razón pura de 1781 reorganizó el problema del conocimiento de una manera que ninguna filosofía posterior ha podido ignorar, aunque muchas hayan preferido rodearla antes que atravesarla.
Así pues, el punto de partida es aparentemente sencillo. El conocimiento a posteriori es el que depende de la experiencia: sabemos que el fuego quema porque lo hemos sentido o hemos visto sus efectos y sabemos que ciertos pájaros migran en otoño porque los hemos observado durante generaciones. Este tipo de conocimiento es siempre contingente: podría haber sido de otra manera, y su validez depende de que la experiencia lo confirme. Si mañana encontráramos agua que hierve a noventa grados en condiciones estándar, tendríamos que revisar nuestra creencia. El conocimiento a posteriori puede revisarse porque está atado a lo que el mundo muestra, y el mundo podría mostrar otra cosa.
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Por tanto, el conocimiento a priori es radicalmente distinto. Es el que no depende de la experiencia para su validez, el que la razón puede alcanzar con independencia de lo que los sentidos entreguen. El ejemplo canónico que Kant utiliza, y que el racionalismo antes de él ya había explorado, es el matemático: que la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a ciento ochenta grados no es algo que aprendemos contando triángulos sino algo que demostramos mediante construcción lógica. Ninguna cantidad de triángulos observados podría refutar esa proposición, porque su verdad no depende de la observación sino de la estructura misma del razonamiento geométrico. Lo mismo ocurre con las proposiciones de la lógica: que si algo es A y todo A es B entonces ese algo es B, no necesita verificación empírica. Su negación produce contradicción, y eso es suficiente para establecer su verdad.
Hasta ahí, Kant no estaba diciendo nada que el racionalismo de Gottfried Wilhelm Leibniz o de René Descartes no hubiera dicho antes. La originalidad estaba en otro lugar, y llegó a través de una distinción adicional que cruzó con la anterior para producir una tipología del conocimiento inédita. Kant distinguió también entre proposiciones analíticas y proposiciones sintéticas. Una proposición analítica es aquella cuyo predicado ya está contenido en el concepto del sujeto: decir que todos los cuerpos son extensos no añade información nueva porque la extensión ya está incluida en lo que significa ser un cuerpo. Son proposiciones que aclaran pero no amplían el conocimiento. Una proposición sintética, en cambio, añade algo al sujeto que no estaba ya contenido en su concepto: decir que todos los cuerpos tienen peso agrega información que no se deduce de la mera definición de cuerpo.
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Sin embargo, la combinación de ambas distinciones produce cuatro tipos posibles de conocimiento, pero Kant se concentró en uno que sus predecesores habían ignorado o negado: los juicios sintéticos a priori. La pregunta que le quita el sueño no es si existen juicios analíticos a priori, que son triviales, ni si existen juicios sintéticos a posteriori, que son los de la ciencia empírica ordinaria. La pregunta es si son posibles los juicios que amplían el conocimiento, que son sintéticos, y que al mismo tiempo son independientes de la experiencia, que son a priori. Esa pregunta, formulada en la Crítica con la claridad de quien sabe que está tocando el núcleo del problema, es la que reorganiza todo lo que viene después: ¿cómo son posibles los juicios sintéticos a priori?
La respuesta que construye es la que él mismo llamó su revolución copernicana. Si el conocimiento a priori existe y es genuino, si la matemática y la física newtoniana producen verdades necesarias y universales que la experiencia no podría refutar, entonces esas verdades no pueden venir del mundo: tienen que venir del sujeto que conoce. El espacio y el tiempo, que Kant llama formas puras de la intuición sensible, no son propiedades del mundo independiente del observador: son las condiciones que el sujeto aporta para que haya experiencia posible. Todo lo que experimentamos lo experimentamos dentro de las coordenadas del espacio y el tiempo porque esas coordenadas son la forma en que nuestra sensibilidad organiza los datos que recibe. La geometría, que es el estudio del espacio, produce juicios sintéticos a priori porque el espacio no es algo que descubrimos afuera sino algo que ponemos en la experiencia desde adentro.
Podemos decir que lo mismo ocurre con las categorías del entendimiento, los conceptos puros que el sujeto aplica a los datos de la experiencia para convertirlos en conocimiento organizado. La causalidad no es algo que observamos en el mundo: es una categoría que el entendimiento impone a la sucesión de eventos para producir la idea de que uno causa al otro. David Hume lo había señalado con una lucidez que sacudió a Kant de su sueño dogmático, según sus propias palabras: si miramos la experiencia pura, solo vemos sucesión, nunca conexión necesaria. Kant acepta el diagnóstico de Hume pero rechaza su conclusión escéptica. Si la causalidad no está en el mundo observado sino en el sujeto que observa, entonces su validez universal no viene amenazada por la experiencia: viene garantizada por la estructura misma del conocimiento.
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Las consecuencias de ese movimiento son enormes y no todas cómodas. Si el conocimiento a priori es posible porque el sujeto impone sus formas a la experiencia, entonces ese conocimiento es válido únicamente para el mundo tal como aparece a la experiencia humana, para el mundo fenoménico.
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