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En una serie de conferencias desarrolladas en 1998 en Princeton, Ricardo Piglia se enfocó en identificar los rasgos que distinguen una nouvelle (novela corta) de otros géneros como el cuento y la novela a secas. Señalaba el maestro argentino que las nouvelles suelen tener una densidad mucho mayor a su dimensión física. Dicho de otra manera, unas cuantas páginas pueden ser suficientes para cimbrar al lector. Con frecuencia las nouvelles están estructuradas en torno a un vacío, una pieza faltante que actúa como eje. Un secreto, entendido éste como “algo que se quiere saber pero no se sabe”. El secreto, en palabras de Piglia, sería “ese nudo que une personajes distintos y tramas que coexisten en un mismo texto sin que se explique esa conexión”.
Es así como procede Daniela Tarazona en su cuarta novela, El corazón habitante (Almadía, 2025), obra que en 119 páginas desarrolla tres líneas que corresponden a personajes y momentos muy distintos. Nacida en la Ciudad de México en 1975, Tarazona es autora de las novelas El animal sobre la piedra (Almadía, 2008), El beso de la liebre (Alfaguara, 2012) e Isla partida (Almadía, 2021, Premio Internacional de Novela Sor Juana Inés de la Cruz), así como del libro Clarice Lispector, la mirada en el jardín (Lumen, 2020). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
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Conformada por 24 capítulos breves, El corazón habitante avanza de manera alternada por tres líneas distintas. La primera se desarrolla en la época de las cavernas. El relato sigue de cerca a una mujer en el trajín cotidiano: machacar frutos, cortar con herramientas de piedra el cuerpo del ciervo que su compañero ha cazado. El mundo se limita al entorno inmediato y, sin embargo, es un sitio lleno de misterios: ¿porqué los cuerpos se descomponen? ¿Porqué el cielo se ilumina y se oscurece? ¿Qué son esas piedras que la mujer encuentra entre las vísceras del ciervo? La comunicación es tan rudimentaria como todo lo demás: los humanos se entienden por medio de señas y gruñidos. Es un momento del mundo en que los habitantes no tienen consciencia de conceptos como tiempo y muerte, sino apenas intuiciones. El universo emocional es también muy limitado: solo se conocen aquellos sentimientos que experimentan en carne propia. Por razones que ella misma no comprende, la mujer pinta en las paredes de la cueva siluetas de personas y animales. Y en ese entorno sueña con tener la misma experiencia que han tenido otras mujeres que habitan cuevas cercanas: tener un hijo.
La segunda línea nos cuenta los esfuerzos de William Harvey, médico inglés que vivió en el siglo XVII y a quien se atribuye el haber descrito por primera vez cómo funciona la circulación sanguínea. A pesar de que William hurga y observa el interior de cuerpos de animales y personas para comprender su funcionamiento, no puede escapar a las ideas de su época. Es por ello que el científico cree vislumbrar a Dios detrás de todo: sin la voluntad divina, el mundo y la vida no sucederían. Harvey habita un mundo poblado por ángeles, por visiones de santos. Sus búsquedas son también emocionales: si sus vivisecciones tienen como objeto los cuerpos de animales, de ladrones y mendigos, en sus expediciones emocionales el objeto de estudio es él mismo. No obstante, es también un hombre que cree “en las potencias de las palabras”. Un lector. Se sabe que quien lee es capaz de experimentar ideas, hechos y sentimientos que le han ocurrido a otros. Y eso no es poco.
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La tercera línea corresponde al futuro: el relato se centra en un astronauta. Un hombre que está fuera del planeta Tierra, que interactúa más con máquinas que con personas, en un entorno en donde las certezas conseguidas por la ciencia se cuestionan constantemente. En el espacio no hay noche ni hay día, y el tiempo solo existe en la mente. La realidad es mucho más compleja de lo que nuestros sentidos nos reportan: hay estrellas cuyo brillo percibimos y sin embargo dejaron de existir hace millones de años. Aquejado por pensamientos suicidas, el astronauta sostiene una lucha cotidiana contra la depresión. Sin embargo, hay un fuerte vínculo entre el astronauta y la Tierra: allá, en la costra del planeta, está su hijo.
Conforme las páginas avanzan, la novela sugiere formas de relacionar estos tres planos que sólo en apariencia no podrían tocarse. La conexión más evidente ocurre con un elemento físico que al mismo tiempo es simbólico: el corazón, la sangre que circula por el cuerpo y regresa. Si las nociones de tiempo y espacio van cambiando según el espíritu de cada época, también mutan las relaciones que entablamos con nuestros cuerpos e incluso con nuestras emociones.
Pero hay mucho más en estas páginas de muy alta densidad simbólica. Si, como afirmó Ludwig Wittgenstein, los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo, El corazón habitante es, en su engañosa brevedad, una demostración palpable y legible de que la literatura no es un pasatiempo vacuo, sino una actividad que toca el centro de la humanidad misma. ¿Cuáles son los rasgos que unen a la mujer de las cavernas con William Harvey y a su vez a ambos con el astronauta? Si Piglia enunciaba el secreto como un recurso narrativo que le da cohesión y fuerza a los relatos, esta novela hurga en El Secreto expresado así, con mayúsculas: la necesidad humana, común en todas las épocas, de explorar nuestro entorno y preguntarnos cuál es nuestro papel en ese universo que se expande con cada avance de la ciencia, de la filosofía y de la imaginación.
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Escrita con habilidad e inteligencia, pero también con altas dosis de introspección, El corazón habitante nos recuerda que la ficción es uno de los más poderosos laboratorios del conocimiento humano. Un entramado fascinante que confirma que lenguaje y pensamiento son las mejores herramientas que tenemos para explorar y ensanchar los límites de nuestra realidad.
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