Philippe Sands ha hecho parte de juicios trascendentales como los de Yugoslavia, Ruanda, Irak y Guantánamo, que han tenido lugar en la Corte Penal Internacional y en la Corte Internacional de Justicia. De una de esas experiencias nace el libro Calle Londres 38 (Anagrama, 2025), que cierra la trilogía sobre los nazis y pasará pronto a la pantalla grande con el título Impunidad, cinta dirigida por el chileno Felipe Gálvez, con la actuación y producción ejecutiva de Ana de Armas y Sebastian Stan.

Sands nos lo hace saber desde la primera página del libro: “Desempeñé un papel secundario en el inusitado e histórico proceso judicial que siguió a la detención de Augusto Pinochet en Londres la noche del 16 de octubre de 1998” y que le ofreció un lugar en primera fila en uno de los casos penales internacionales más importantes desde Núremberg. Este libro es el resultado de un viaje personal, como él lo describe; una interpretación basada en lo que él ha visto, oído y leído sobre el caso, que trata de la justicia, la memoria y la impunidad.

Navegando en las aguas de la literatura —Bolaño, Zurita, Nicanor Parra, La Araucana— y sumergido entre miles de archivos y conversaciones con fuentes vivas, Sands elaboró un fino tejido con el que conecta las historias del exdictador chileno y el alemán Walther Rauff, oficial de la Schutzstaffel (guardia de élite del régimen nazi), quien huyó de su país para terminar refugiado en Punta Arenas.

Uno en Londres, huyendo de una cifra: las 43 mil personas que fueron detenidas de manera ilegal, torturadas, asesinadas o desaparecidas durante su dictadura. El otro, escapando a América del Sur tras haber sido responsable por inventar los furgones para gaseamientos a judíos, utilizados en la antigua Yugoslavia y luego implementados como arma de muerte en otros tantos países europeos.

El de Sands es un rico y minucioso ejercicio documental que nos va revelando la manera en que las ideas sobre la justicia internacional tomaron vida e irrumpieron en la conciencia pública, haciendo que los conceptos de genocidio y crímenes de lesa humanidad volvieran a estar a la orden del día. “Dos hombres detenidos a las once de la noche, acusados de perpetrar matanzas, con sendas peticiones de extradición de un país a otro”; la humanidad en su conjunto, como víctima, y “la eterna lucha de una mirada ética”, como lo diría Pedro Lemebel.

Desde la Nota del autor usted habla sobre las diversas formas de la memoria que, además, son esenciales para esta historia. ¿Cómo lee la manera en que nos relacionamos hoy con la idea de la memoria?

Creo que mi perspectiva sobre la memoria está muy influenciada por mi otra vida como abogado en los tribunales y por la experiencia de observar a dos, cinco, diez personas describir lo mismo, pero de maneras diferentes. Sabemos que algo sucedió, pero también sabemos que la forma en la que reconstruimos la historia de lo sucedido es, sin duda, diferente para cada persona. Celebro que existan diferentes recuerdos e interpretaciones; podemos analizar por qué sucede esto y cuáles son sus consecuencias pero, en definitiva, estoy en contra de la idea de que las instituciones nacionales de la memoria impongan, a una comunidad o a un grupo, un único modelo de la historia, de los hechos que sucedieron. No creo que la vida sea así. Para mí, la memoria es algo fluido y muy íntimo.

Usted habla de la jurisdicción universal, para la cual una víctima no es un individuo específico, sino la humanidad en su conjunto. Y ocurren cosas como que Rauff, un conocido homicida, dice ser una víctima cuando es arrestado en Punta Arenas. ¿Cómo podemos definir ese concepto, a veces tan difuso o manipulable?

Esa es una pregunta muy seria y muy importante. Creo que eso está relacionado con la pregunta sobre la memoria, y se trata de dónde se sitúa el individuo en el contexto de una historia más amplia. Lo vimos hace un tiempo con los disparos por parte de ICE a una mujer en Minneapolis, cuando el director del programa afirmó que las víctimas habían sido, en realidad, sus agentes. Al igual que el de memoria, este también es un concepto fluido, y diferentes personas reinterpretan la historia de lo sucedido para poder ubicarse en un lugar específico. Creo que lo más significativo es que la caracterización de la memoria conlleva ciertos beneficios y ventajas, y al describirte como víctima te posicionas en oposición al perpetrador, lo cual es una técnica para generar simpatía. En lo personal, tengo problemas con eso.

¿Con la cuestión de a quién se le considera una víctima, por ejemplo?

De hecho, ¿es útil describir a alguien como tal? Pienso en mi propia madre, que aparece en mi libro Calle Este-Oeste. Yo no la considero una víctima. Ella sufrió las consecuencias del horror, pero una vez que se caracteriza a alguien como víctima, se le coloca en un espacio particular que articula su impotencia, su sufrimiento, y que pretende generar compasión. Eso es lo que hizo Rauff; él quería generar compasión, y sabía que la iba a obtenerla. Ese término, entonces, se instrumentaliza para generar compasión, y para mí no es un término fácil ni agradable.

¿Cuál fue el mayor desafío de tejer los hallazgos del archivo y documentos (datos “duros”, si se quiere) con testimonios y conversaciones (más teñidos por y sujetos a la subjetividad) para convertirlos en literatura? ¿Cómo fue el trabajo de depuración de un archivo tan extenso?

El primer desafío fue mi pésimo español. Puedo leerlo y entiendo bastante, pero no puedo hacer una entrevista, por ejemplo. Les digo esto porque en la historia chilena no hay archivos; todo fue destruido. La DINA (Dirección de Inteligencia Nacional), una especie de policía secreta de la dictadura de Pinochet, básicamente dijo que en 1977 se destruyó todo. El asunto es que en esta historia, como ya saben, no todo fue destruido. Cuando los británicos quisieron pruebas de la participación de Augusto Pinochet en un acto de asesinato, los chilenos enviaron a Londres a un hombre que tenía un documento que se relacionaba con la caravana de la muerte, e incluía la firma de Pinochet. Este documento, que yo revelo en mi libro, ha causado un escándalo en Chile porque al pueblo chileno se le ha dicho que no hay documentos; no se le ha entregado ningún documento.

Otro reto, entonces.

El reto para mí fue que, sabiendo que no había documentos, tenía que encontrar personas que pudieran y, sobre todo, quisieran contarme la historia de lo que pasó. Tenía que encontrar víctimas y encontrar perpetradores. Por eso, para mí, dos de las personas más interesantes del libro son Samuel Fuenzalida y Jorgelino Vergara, “El Mocito”, una persona increíble. Fui a verlos muchas veces porque, por mi experiencia y mi trabajo como abogado, sé que no puedes ir a ver a alguien solo una vez. La primera vez que los ves, como que se preguntan: ¿Puedo confiar en esta persona?, ¿puedo hablar tranquilamente y contarle tantas cosas?

Luego se va ganando su confianza y las conversaciones fluyen mejor…

La segunda vez empiezan a decirte unas pocas cosas, la tercera te cuentan algunas más, y recién en la cuarta vez que te ven, empiezan a hablar realmente. Lo mismo me pasó con León Gómez, la víctima de Calle Londres 38; creo que fui a verlo seis, siete veces. Definitivamente, el mayor desafío fue encontrar a la gente, animarlos a hablar y luego sostener esas conversaciones, que me siguieran contando cosas, que me dieran datos, que recordaran un montón de hechos muy valiosos. Pero de lo que estoy más orgulloso respecto al libro es que no hay errores.

¿Nadie ha cuestionado ninguno de los datos o de los hechos?

Las únicas personas que han dicho que hay un error son los dos ministros del Gobierno suizo en 1999, que dicen que no elaboraron un expediente para ayudar a Pinochet a fingir que estaba demente… ¡pero sí lo hicieron! Yo conozco a quienes elaboraron el documento. Por eso el reto es encontrar a las personas con las que puedas hablar.

Nos pareció muy interesante la noción omnipresente de la obediencia: los soldados siguiendo órdenes bajo una convicción ideológica; el principio alemán sobre la necesidad de obedecer; las leyes de Punto Final y Obediencia Debida en Argentina, por ejemplo. Algunos dijeron: “Yo solo era un conductor”, “Yo solo analizaba información”, “Yo nunca estuve presente cuando se asesinó a esa gente”, “Mi trabajo era técnico; yo únicamente firmaba papeles”. ¿Cómo ve usted esa idea de obediencia y cómo justifica todo esto?

Puedo darles una respuesta muy clara a esa pregunta, y proviene de un hombre de quien me he hecho muy amigo y sobre quien escribí en el primer libro de la trilogía (Calle Este-Oeste). En ese libro uno de los cuatro personajes es Hans Frank, quien fue abogado de Adolf Hitler y llevado a la horca en Núremberg por el asesinato de cuatro millones de personas. Él tuvo un hijo llamado Niklas Frank, que lo detestaba. Yo a Niklas le preguntaba a menudo: Tu padre fue a las mejores universidades, era muy culto; ¿cómo se involucró en eso?, ¿qué pasó?, ¿por qué llegó a cometer esas atrocidades? La respuesta de Niklas era que a su padre le faltaba valentía civil. Llegó a un punto en el que pudo escoger entre ir por un camino o tomar otro, y le faltó el valor para hacer lo correcto, por ambición, por ideología, por miedo. Pero una de las ideas principales de esta trilogía es que, al final, el individuo importa, y cada uno de nosotros debe decidir si tiene la fuerza para hacer lo correcto cuando se le presenta la posibilidad de elegir o de tomar una decisión.

Hacer algo que es claramente ilegal nunca es justificable, ni siquiera bajo la idea de obediencia a órdenes impuestas por poderes más grandes que uno.

Lo vemos con Samuel Fuenzalida, quien acompaña a un hombre de Santiago a Colonia Dignidad. Es una historia terrible; él sabe que el hombre va a ser ejecutado cuando llegue a Colonia Dignidad, y el hombre le dice en el coche: Reza por mí. He llegado a conocer a Samuel y le tengo mucho respeto. En ese momento, en 1974, Samuel Fuenzalida tenía diecinueve años; era un jovencito. ¿Lo culpo por no seguir órdenes?, ¿qué haría yo a los diecinueve años? No puedo criticarlo, pero tengo claro que él tiene que pagar las consecuencias. Y la consecuencia es el proceso penal. Él ya pagó. Pero creo que son cuestiones muy difíciles, y hay una diferencia entre un recluta de dieciocho, diecinueve años, por un lado, y un líder, por el otro. Ambos son responsables de quebrantar la ley, pero creo que el juicio moral sobre su responsabilidad es diferente. Son cuestiones muy complejas, que además ustedes han vivido en Colombia y en toda Latinoamérica. Todos tenemos una historia con esas complejidades éticas, morales, políticas. Ocurre lo mismo entre Gran Bretaña e Irlanda del Norte, por ejemplo. Es un conjunto universal de asuntos que nos han tocado a todos.

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