Durante siglos, las innovaciones tecnológicas fueron celebradas por ampliar las capacidades humanas. El martillo prolongó la fuerza del brazo; el telescopio expandió la visión; los medios de transporte multiplicaron la capacidad de desplazamiento; la imprenta permitió la difusión masiva del conocimiento. En todos los casos, la tecnología aparecía como una extensión de facultades humanas preexistente, aunque también implicó disminución en el uso de la musculatura para ciertas actividades. Por ejemplo, la acción de caminar se redujo drásticamente, si recordamos las anotaciones del historiador E. Hobswaum, que señalaba que era común transitar largas distancias en el siglo XIX, en lo cotidiano, por una parte, porque no había alternativas de transportación, así como, por otra parte, por la simple supervivencia económica, lo que redujo drásticamente el acto de caminar en la moderna condición urbana. En el campo del trabajo generó -lo sigue haciendo- importantes desplazamientos de trabajadores.
Las transformaciones contemporáneas, sin embargo, plantean una novedad histórica de gran magnitud. Por primera vez asistimos a la delegación masiva de funciones que no son solamente físicas, sino cognitivas. Memoria, escritura, orientación espacial, búsqueda de información, síntesis, organización de ideas e incluso ciertos procesos de deliberación son crecientemente transferidos a dispositivos digitales y sistemas de inteligencia artificial.
Cada uno de estos fenómenos suele aparecer de manera aislada. Un estudio sobre lectura. Una investigación sobre escritura a mano. Un trabajo sobre orientación espacial. Un experimento relacionado con inteligencia artificial. Sin embargo, observados en conjunto, semejan las piezas dispersas de un rompecabezas que, una vez ensamblado, revela una imagen inquietante: la progresiva externalización de capacidades humanas fundamentales.
Siguiendo la saga que plantea Leon XIV, en la Encíclica “Magnifica Humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial” (15/05/2026), no se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar el pasado, para nada nos domina la tecnofobia. Dice el Papa, le citamos ampliamente: “En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo. La técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es ‘un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre’. A lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien. Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: ‘Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma’”.
Pero si bien, como apuntamos, no profesamos tecnofobia, sí es pertinente preguntarnos, ¿qué ocurre cuando determinadas herramientas dejan de ampliar nuestras capacidades para comenzar a sustituirlas? Algunas evidencias a ensamblar.
1. Leer menos profundamente. Para averiguar qué método de lectura proporciona mejor comprensión, Virginia Clinton, profesora asistente de Educación en la Universidad de Dakota del Norte, realizó un metaanálisis de 33 estudios de alta calidad. De ellos, 29 encontraron que los estudiantes tienden a absorber más información cuando leen en papel, particularmente cuando se trata de textos extensos. Los resultados contrastan con la creciente digitalización promovida por grandes editoriales y plataformas educativas.
El dato adquiere mayor relevancia cuando se considera que, con base en la publicación del Instituto para el Futuro de la Educación (23/08/2019), el uso de materiales digitales gratuitos por parte de estudiantes universitarios aumentó significativamente en pocos años.
La evidencia coincide con una tendencia observada en México. De acuerdo con información del INEGI correspondiente a 2023, retomada en una colaboración previa (30/11/2024), la población lectora de 18 años y más disminuyó 12.3 puntos porcentuales respecto a 2016. Paralelamente, aumentó el consumo de contenidos en páginas de internet, foros y blogs.
La diferencia no es menor. La lectura en papel exige secuencialidad, permanencia, atención sostenida y construcción progresiva de sentido. La lectura digital, particularmente cuando ocurre en entornos saturados de estímulos, favorece la fragmentación, el desplazamiento rápido y la consulta inmediata.
Los libros de papel constituyen uno de los pocos espacios donde la multitarea resulta prácticamente imposible. Funcionan como refugios cognitivos frente a una cultura de interrupciones permanentes.
2. Escribir es pensar. En la revista UNAM Global (29 de octubre de 2025), la doctora Catalina Alatorre Cruz, investigadora del Instituto de Neurobiología de la UNAM, explicó que escribir a mano implica una actividad cerebral considerablemente más compleja que teclear.
Cuando escribimos a mano intervienen simultáneamente procesos fonológicos, grafémicos y motores. El cerebro debe transformar sonidos en símbolos escritos y coordinar movimientos precisos para plasmarlos materialmente. En contraste, la escritura digital reduce parte de estas exigencias cognitivas.
La diferencia tiene consecuencias importantes. La escritura manual fortalece la consolidación de la memoria y favorece el aprendizaje. Lo que es tan común en nuestros estudiantes, de tomar una fotografía de los apuntes, copiar y pegar información o transcribir mecánicamente textos, no involucra la misma cantidad de redes neuronales ni produce los mismos efectos sobre la comprensión.
Escribir no consiste únicamente en registrar información. Es también organizarla, jerarquizarla, interpretarla y asumir una posición frente a ella. En cierto sentido, escribir es una forma de pensar, y de posicionarse frente al mundo.
3. Los primeros indicios aparecen “en esos locos bajitos que se incorporan” (Serrat). Un estudio realizado por investigadores de las universidades del País Vasco y Valencia evaluó a cincuenta niños de entre cinco y seis años.
Los resultados mostraron que quienes escribieron a mano activaron más áreas cerebrales relacionadas con reconocimiento visual, memoria y lenguaje. Los niños que escribieron sin guías predeterminadas presentaron además mejores niveles de retención que aquellos que utilizaron teclados. No estamos frente a una simple diferencia técnica entre lápiz y teclado. Lo que se encuentra en juego son formas distintas de construir conexiones neuronales durante etapas decisivas del desarrollo cognitivo.
4. La inteligencia artificial generativa y la delegación del pensamiento. Con base en Santiago Bilinkis, nos sumamos a la sorpresa frente a un hallazgo más que inquietante, y que proviene de investigaciones recientes sobre inteligencia artificial generativa. Un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts realizó un estudio con 54 estudiantes divididos en tres grupos (cada uno de 18 estudiantes). El primero elaboró un ensayo exclusivamente a partir de sus propias ideas. El segundo recurrió a buscadores convencionales. El tercero utilizó herramientas de IA generativa.
Mientras trabajaban, se registró la actividad eléctrica cerebral. Los resultados fueron sorprendentes. El 55 por ciento de quienes utilizaron inteligencia artificial generativa presentó menor actividad en áreas asociadas con creatividad y lenguaje. Más aún, solamente uno de cada cinco participantes podía recordar con claridad el contenido de su propio ensayo antes de concluir el ejercicio.
Según la divulgación realizada por Bilinkis, la reducción de actividad observada no desapareció inmediatamente después de concluida la tarea. La cuestión central no consiste en demonizar la inteligencia artificial. La pregunta central es otra: ¿qué ocurre cuando la tecnología deja de asistir al pensamiento para comenzar a reemplazarlo?
5. El cerebro se adapta a aquello que deja de hacer. En una colaboración anterior (03/05/2026) recuperábamos las reflexiones de Miguel Benasayag acerca de la delegación creciente de funciones cerebrales hacia las máquinas.
Benasayag sostiene que asistimos por primera vez a una externalización acelerada y global de capacidades cognitivas sin que existan tiempos suficientes para procesos de adaptación equilibrada.
Su ejemplo resulta especialmente ilustrativo. Diversas investigaciones compararon taxistas que dependían completamente de sistemas GPS con otros que utilizaban sus propios mecanismos de orientación, en las ciudades de París y Londres (ningún ánimo de hacer un comercial viejito). Los primeros mostraban menor desarrollo en áreas del hipocampo relacionadas con memoria espacial y orientación. Los segundos no presentaban tales alteraciones.
La conclusión es significativa: cuando una función deja de ejercitarse sistemáticamente, el cerebro se reorganiza. No se trata únicamente de perder una habilidad. Se modifica la arquitectura misma de las capacidades cognitivas.
6. Las piezas del rompecabezas. Leemos menos en papel, escribimos menos a mano, memorizamos menos. Dependemos cada vez más de sistemas automáticos para orientarnos. Delegamos crecientemente tareas intelectuales a algoritmos. Cada uno de estos fenómenos podría parecer irrelevante por separado. Juntos configuran una tendencia histórica, pues en su articulación compleja disminuyen las capacidades de atención sostenida, comprensión profunda, memoria significativa, orientación espacial, articulación conceptual y elaboración autónoma del pensamiento.
Lo que emerge es una forma de empobrecimiento cognitivo que atraviesa la vida cotidiana y que suele presentarse como progreso inevitable. La cuestión adquiere una dimensión aún más amplia cuando observamos sus consecuencias sociales.
Una sociedad que lee menos profundamente, que memoriza menos, que depende crecientemente de sistemas automatizados para interpretar la realidad y que reduce sus capacidades de concentración, enfrenta mayores dificultades para construir diagnósticos complejos, sostener debates rigurosos y organizar respuestas colectivas frente a problemas comunes.
En esta tesitura, la desposesión cognitiva no constituye únicamente un problema educativo o neuropsicológico. ¡Es también un problema político! Recordemos en este orden lo enunciado por Marcos Roitman (De Reagan a Trump: republicanos en la Casa Blanca, La Jornada, 27/11/2024), cuando afirmaba: “sin caer en teorías de la conspiración, en Estados Unidos llevan décadas sometiendo a los ciudadanos a la guerra neocortical. Eliminar la capacidad de pensar hasta provocar la derrota del pensamiento. El objetivo, dirán sus mentores, consiste en ‘paralizar en el adversario el ciclo de observación, de la orientación, de la decisión y de la acción [...] en suma, anular su capacidad de comprender”.
7. La tecnología no es neutral. Con frecuencia se afirma que las tecnologías son herramientas neutras cuyo valor depende exclusivamente del uso que les otorguen las personas. Empero, toda tecnología surge en contextos históricos concretos y responde a intereses determinados.
Las plataformas digitales compiten por capturar atención. Los algoritmos buscan maximizar permanencia y dependencia. Los sistemas de inteligencia artificial se desarrollan en estructuras económicas orientadas a la acumulación de datos, productividad y rentabilidad (máquinas de hacer dinero, generar preferencias y producir subordinación, cómplice en muchos casos). De nuevo, acerquémonos al Papa León XIV, cuando categóricamente señala: “Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta […] En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente ‘privado’, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”.
La pregunta entonces deja de ser exclusivamente sobre qué hacen las personas con las tecnologías. También debemos preguntarnos: ¿qué hacen las tecnologías con las personas?, agregando el problema de dejar de entrenar cómo pensamos (Bilinkis). Regresamos entonces a la observación formulada por Marcos Roitman cuando advertía que, sin recurrir a teorías conspirativas, desde hace décadas se desarrollan estrategias destinadas a afectar los procesos de observación, orientación, decisión y acción de los individuos. Dicho de otro modo: la disputa contemporánea no ocurre únicamente en el terreno económico o taxativamente político. También se libra en el ámbito de la atención, la memoria, la comprensión, la capacidad de pensar críticamente y la cultura, es decir, en el conjunto amplio de resquicios y porosidades del poder y del control.
8. Una disputa por la condición humana. Paulo Freire concebía la educación como práctica de la libertad -sin ingenuidades, una parte-. Ello suponía sujetos capaces de dialogar, comprender críticamente su realidad y actuar sobre ella. En el contexto de la revolución tecnológica que vivimos, la tendencia que hoy observamos parece avanzar en dirección contraria. La automatización creciente de funciones cognitivas corre el riesgo de producir individuos cada vez más adaptables, flexibles y dependientes, pero también menos reflexivos, menos críticos y menos capaces de intervenir conscientemente en el mundo que habitan.
No estamos ante un destino inevitable. Las tecnologías pueden ampliar extraordinariamente las posibilidades humanas (como parte del proceso de trabajo en la transformación sistemática de lo humano). Pero para ello deben permanecer como herramientas al servicio de la inteligencia colectiva y no convertirse en sustitutos de capacidades cuya pérdida terminaría empobreciendo nuestra propia condición.
Quizá las evidencias reunidas aquí constituyan apenas algunas piezas dispersas. Sin embargo, una vez ensambladas, permiten vislumbrar la figura que comienza a dibujarse detrás de ellas: una silenciosa, pero profunda desposesión cognitiva. No se trata solamente de procesos de descalificación laboral y/o escolar, de recalificaciones para encarar las nuevas condiciones del mercado: en la historia presente, se trata del vaciamiento y despojo de la condición humana.
PS. Palestina Libre
(Profesor UAM) alexpinosa@hotmail.com
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