A Mónica, que no se quiebra
Me acerco a una nota periodistica que me sugirió un colega (Arturo Lara), sobre los estudios de frontera de la inteligencia artificial (IA). En el caso concreto, de las dificultades para la robótica de construir una mano diestra (y, por supuesto, siniestra también). Desafío global, aunque en China hay grandes avances al respecto. Estoy revisando la nota y me recuerda el importante texto, escrito hace ciento cincuenta años, por Friedrich Engels: El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876). Una reflexión necesaria para repensar la evolución humana y la crítica al fijismo. Hoy, cuando China invierte miles de millones de dólares para resolver el problema más difícil de la robótica -la fabricación de manos capaces de manipular el mundo con la misma destreza que un ser humano-, las páginas de aquel breve ensayo adquieren, para mí, una actualidad inesperada.
No deja de resultar paradójico. La inteligencia artificial ha aprendido a escribir, traducir, programar e incluso producir imágenes con una velocidad que habría parecido imposible hace apenas unos años. Sin embargo, allí donde comienza el contacto físico con el mundo, el progreso se ralentiza. El obstáculo no está solamente en el cerebro electrónico, sino en aquello que Engels había colocado desde el siglo XIX en el centro de la historia humana: la mano y su articulación compleja con la corporeidad en general, en particular con el cerebro.
Recordemos a Engels para reconstruir el argumento: “El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Economía política. Lo es, en efecto, a la par que la naturaleza, proveedora de los materiales que él convierte en riqueza. Pero el trabajo es muchísimo más que eso. Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”. No se trataba de una simple metáfora. Para Engels, la evolución de la mano y el cerebro, en clave de trabajo, constituyeron un mismo proceso histórico.
El trabajo, ejecutado por la mano, transformó el mundo y, al hacerlo, transformó también al propio ser humano. “Cuán grande es la distancia que separa la mano primitiva de los monos, incluso la de los antropoides superiores, de la mano del hombre, perfeccionada por el trabajo durante centenares de miles de años. El número y la disposición general de los huesos y de los músculos son los mismos en el mono y en el hombre, pero la mano del salvaje más primitivo es capaz de ejecutar centenares de operaciones que no pueden ser realizadas por la mano de ningún mono. Ni una sola mano simiesca ha construido jamás un cuchillo de piedra, por tosco que fuese”.
La afirmación adquiere hoy un significado inesperado. La robótica contemporánea intenta realizar, mediante algoritmos, sensores y aprendizaje automático, una especie de síntesis de toda la historia del desarrollo físico (y social y cultural), seguido a través de millones de años. Lo que la evolución produjo lentamente mediante el trabajo, la selección y la adaptación, ahora se intenta reconstruir en laboratorios mediante software y motores eléctricos. Sin embargo, la realidad sigue imponiendo límites.
Amy Hawkins escribía recientemente en The Guardian (6 de julio de 2026): “Las manos humanas -apéndices ágiles y repletos de nervios, la parte más flexible del esqueleto humano- son excepcionalmente complejas. Muchas tareas que la mayoría de las personas realizan casi sin pensar, desde atarse los cordones de los zapatos hasta abotonarse una camisa, requieren, de hecho, un complejo conjunto de instrucciones neurológicas y una coreografía precisa. En miles de años de historia humana, ninguna máquina ha logrado replicar fielmente la herramienta más valiosa del ser humano”.
No se trata únicamente de un problema mecánico. Elon Musk reconocía que las manos representan la mayor dificultad de ingeniería del robot humanoide Optimus. Nathan Lepora, profesor de robótica e inteligencia artificial de la Universidad de Bristol, sintetiza el desafío con una frase demoledora: fabricar las manos es difícil, pero enseñarles a utilizarlas resulta todavía mucho más complejo. El hardware avanza; el verdadero problema continúa siendo el software.
China ha decidido convertir precisamente ese obstáculo en prioridad nacional. Miles de empresas trabajan ya en la fabricación de manos robóticas porque, como reconocen varios de sus desarrolladores, un humanoide que no pueda manipular herramientas seguirá siendo poco más que una curiosidad tecnológica. Regresemos a Engels quizá para reconocer y valorar su mirada histórica-científica: “La mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él. Únicamente por el trabajo, por la adaptación a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en un período más largo, también por los huesos, y por la aplicación siempre renovada de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha sido como la mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorvaldsen y a la música de Paganini. Pero la mano no era algo con existencia propia e independiente. Era únicamente un miembro de un organismo entero y sumamente complejo. Y lo que beneficiaba a la mano beneficiaba también a todo el cuerpo servido por ella”.
La evolución de la mano nunca fue un fenómeno aislado. Supuso modificaciones en el cerebro, en la alimentación, en la cooperación social y en la capacidad para transformar la naturaleza. “Con cada nuevo progreso, el dominio sobre la naturaleza, que comenzara por el desarrollo de la mano, con el trabajo, iba ampliando los horizontes del hombre, haciéndole descubrir constantemente en los objetos nuevas propiedades hasta entonces desconocidas”. Incluso la transformación de la dieta formó parte de ese mismo proceso histórico. Engels observaba que la ampliación de los recursos alimenticios creó nuevas condiciones biológicas para la evolución humana, un planteamiento que hoy encuentra resonancias contemporáneas, por ejemplo, entre otros, cuando Jorge Veraza et al advertían cómo el capitalismo reduce drásticamente la diversidad alimentaria y empobrece las condiciones materiales de reproducción de la vida (cf. Los peligros de comer en el capitalismo, Ítaca, 2007).
Pero la historia da ahora un nuevo giro. Después de intentar reproducir la mano, la inteligencia artificial pretende reproducir algo mucho más escurridizo: los afectos. La empresa china UBTech acaba de presentar los robots U1, diseñados explícitamente como compañeros emocionales (Julián Varsavsky -Página 12, 07/julio 2026-, Mi amigo robot me conoce como nadie y lo quiero). No limpian la casa ni cocinan; tampoco hacen tareas sexuales (decepcionados abstenerse). Su función consiste en conversar durante horas, detectar estados de ánimo, ofrecer palabras de consuelo y acompañar a personas solteras, viudas o que viven en soledad. Su lema comercial es tan sencillo como inquietante: “Love is the cure” -una paráfrasis desafortunada de All You Need Is Love-.
La apuesta tecnológica cambia completamente de escenario. El objetivo ya no consiste únicamente en fabricar una mano (tremendo desafío para el repertorio innumerable de actividades que pueden realizar, incluyendo los abrazos). Ahora se apunta a la presencia capaz de aliviar la soledad. Y es aquí donde aparece una pregunta difícil, tanto o más que cualquier problema de ingeniería: ¿qué ocurre cuando el afecto deja de construirse en la incertidumbre de las relaciones humanas para convertirse en un servicio programable?
Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, Pensamiento Herder, 2012) lleva años advirtiendo que las patologías contemporáneas ya no proceden principalmente de la negatividad, sino del exceso de positividad: “Las enfermedades neuronales del siglo XXI siguen a su vez una dialéctica, pero no de la negatividad, sino de la positividad. Consisten en estados patológicos atribuibles a un exceso de positividad. La violencia parte no solo de la negatividad, sino también de la positividad, no únicamente de lo otro o de lo extraño, sino también de lo idéntico”.
El robot afectivo parece representar precisamente esa lógica. Nunca contradice. Nunca abandona. Nunca exige. Nunca decepciona. Aprende nuestros gustos, confirma nuestras opiniones y adapta permanentemente su conversación para hacernos sentir comprendidos. Es el triunfo absoluto de lo idéntico. Démosle la mano a la IA en sus diferentes versiones.
Han lo expresa con otra observación decisiva: “En un sistema dominado por lo idéntico solo se puede hablar de las defensas del organismo en sentido figurado. La resistencia inmunitaria se dirige siempre contra lo otro o lo extraño en sentido empático. Lo idéntico no conduce a la formación de anticuerpos”. La alteridad desaparece. También desaparece el conflicto, el aprendizaje que produce la diferencia, la negociación permanente que exige toda convivencia auténtica.
No es casual que los robots emocionales aparezcan en sociedades donde crecen simultáneamente la soledad, la caída de la natalidad, el individualismo y el miedo al compromiso. Una relación con un algoritmo elimina la incertidumbre, pero también elimina la posibilidad de encontrarse realmente con otro ser humano. El problema es que se trata de problemáticas transversales en cualquier sociedad. Por eso Han afirma que “La sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados”.
De esta suerte, mala sin duda, quizá el riesgo no sea que las máquinas lleguen a parecer humanas; quizá el verdadero peligro sea que una parte de la sociedad humana termine prefiriendo relaciones donde nunca aparezca el “no”, donde nadie cuestione nuestros deseos, donde la diferencia deje de ser una condición de la vida para convertirse en un defecto del sistema.
La historia que hoy nos ocupa comenzó con la actividad humana práctica, el trabajo, en su edificación de las cosas necesarias que le permitieran dominar la naturaleza; las herramientas como concreción de la mano, una mano que, mediante millones de años de trabajo, terminó haciendo posible a Rafael, Paganini, la ciencia moderna o la destreza de una persona sencilla, con una guitarra sencilla también, para cantar algo con sus amigos para hacer soportable la vida. Hoy la robótica intenta reconstruir esa misma mano mediante inteligencia artificial. Sin embargo, incluso si algún día logra reproducir toda su destreza, todavía quedará una pregunta abierta: si también consigue fabricar afectos perfectamente adaptados a nuestros deseos, ¿seguiremos aprendiendo a vivir con los demás o terminaremos encerrados en el abrazo implacable de una máquina incapaz de decirnos que no? Si se replican los alcances de la mano por el desarrollo robótico, ¿cuál será el futuro del hombre, al escindir al “trabajo” como creación y reproducción, en la reflexión de Engels de que el trabajo “ha creado al propio hombre”, al encarar la paradoja de verse desplazado de lo que lo constituyó como ser humano?
PS. Palestina libre
(UAM) alexpinosa@hotmail.com

