In memoriam José Fernández García

El día 26 de junio del 2026, o sea ayer, en reunión de profesoras y profesores del Departamento de Producción Económica (DPE -entre economistas y administradores te veas-), presentaron su programa tres candidatos a ocupar la jefatura del DPE. Una historia local que creo se manifiesta en nuestras distintas instituciones de educación superior, a pesar de lo que señala Martín Unzúe (2022), de que se trata de “instituciones de todas las partes del mundo, que funcionan con modos, orígenes, tradiciones, historias y condiciones económicas, políticas, sociales y culturales completamente diversas […] modalidades de desarrollo de la docencia, mandatos institucionales sobre las misiones de investigación y extensión, profundamente singulares”.

Cada trimestre, hablo de la UAM, pero lo mismo podría ser en el Poli o en la UNAM, los profesores repetimos el mismo diagnóstico: los estudiantes leen menos, escriben menos a mano, se distraen con facilidad y parecen vivir pendientes de la pantalla. En el tiempo presente, con frecuencia pueden atribuirse esas conductas a la voluntad individual o a una supuesta falta de interés. Sin embargo, quizá se mira el problema desde el lugar equivocado. Antes de preguntarnos qué les ocurre a los estudiantes, habría que preguntarnos cómo fueron socialmente producidos.

Para nada compartimos la tendencia a pensar que el estudiante llega al salón de clases como una hoja en blanco, como si todo comenzara el primer día del curso. No es así. Cada alumno es el resultado de una larga historia social, familiar, cultural y tecnológica que lo antecede. Llega al aula con hábitos, formas de atención, maneras de leer y escribir, capacidades desarrolladas y otras debilitadas por el entorno histórico en que le ha tocado crecer.

Hace ya varias décadas, muchas, Harry Braverman advertía un fenómeno que conserva plena actualidad: "La adaptación de los obreros al modo capitalista de producción debe ser renovada con cada generación, tanto más que las generaciones que crecen bajo el capitalismo no están formadas dentro de la matriz de la vida del trabajo, sino que caen en medio del trabajo desde fuera, para expresarlo así". Aunque Braverman se refería al proceso de trabajo, su observación puede trasladarse con enorme fecundidad al ámbito educativo. También cada nueva generación de estudiantes llega moldeada por condiciones sociales distintas de las que conocieron sus profesores. No basta, entonces, con comparar generaciones; es necesario comprender los procesos históricos que las producen.

Por ello conviene preguntarnos si aquello que popularmente llamamos "generación de cristal" no constituye una explicación simple para un fenómeno mucho más complejo. Jonathan Haidt propone una interpretación distinta. En La generación ansiosa sostiene que "El juego libre decayó al mismo tiempo que el ordenador personal se volvió más común", y que esta doble tendencia -"la sobreprotección real y la infraprotección virtual"- constituye una de las causas principales del deterioro del bienestar emocional de niños, adolescentes, y de los jóvenes que llegan a nuestra universidad. El resultado, afirma (mos), es un incremento de la ansiedad y una disminución de la interacción social, síntomas que ya no pueden comprenderse al margen del ecosistema digital. Ese entorno también transforma la experiencia educativa.

Karl Marx escribió una observación extraordinaria, que suele leerse como una reflexión sobre los instrumentos de trabajo, pero que admite una sugerente analogía pedagógica: "En realidad, cuando los instrumentos de producción acusan en el proceso de trabajo su carácter de productos de un trabajo anterior es cuando presentan algún defecto. Cuando el cuchillo no corta o la hebra se rompe a cada paso es cuando los que manejan estos materiales se acuerdan del que los fabricó. En el producto bien elaborado se borran las huellas del trabajo anterior al que debe sus cualidades útiles". Llevada al terreno educativo, esta idea adquiere una fuerza inesperada. Los profesores solemos recordar que nuestros estudiantes son producto de procesos anteriores únicamente cuando aparecen las dificultades: cuando no saben, cuando saben menos de lo esperado o, incluso, cuando saben demasiado acerca de temas distintos a los previstos por el programa. En particular, en nuestra experiencia, por nuestro campo de trabajo, las matemáticas son las villanas de la película. Es entonces cuando descubrimos que cada estudiante trae consigo la marca de un trabajo social previo, su propia historia, o como plantea de manera inteligente y hermosa Rubert de Ventós: “los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres” -parece que tiene su origen en una reflexión del historiador Marc Bloch (fusilado por los nazis el 16 de junio de 1944), homenajeado en Francia el 23 de junio de 2026, en una ceremonia oficial encabezada por el presidente Emmanuel Macron, ingresando al Panteón de París, primer historiador en recibir este reconocimiento-. Más allá de la arqueología, ¡los estudiantes se parecen más a su tiempo que a sus profesores!

Esta constatación modifica la pregunta fundamental. Ya no se trata únicamente de evaluar conocimientos, sino de comprender cómo están cambiando las condiciones mismas bajo las cuales se aprende.

Hoy nos encontramos frente a estudiantes que leen menos, pero, sobre todo, que leen de otra manera. Ya hicimos alusión a esta contribución. Virginia Clinton, profesora de Educación en la Universidad de Dakota del Norte, realizó un metaanálisis de treinta y tres investigaciones de alta calidad para comparar la comprensión lectora en papel y en pantalla. Veintinueve de esos estudios encontraron que los estudiantes comprenden mejor cuando leen textos impresos, particularmente cuando se trata de materiales extensos. Los resultados contrastan con la creciente digitalización impulsada por editoriales y plataformas educativas. No se trata de nostalgia por el libro impreso. Se trata de reconocer que los soportes tecnológicos modifican los procesos cognitivos.

Algo semejante ocurre con la escritura. Nuestros estudiantes escriben todos los días, pero cada vez escriben menos con la mano. Prefieren fotografiar el pizarrón, almacenar imágenes de apuntes, copiar y pegar información o grabar la clase para revisarla después. La escritura manual deja paso al archivo digital. Sin embargo, múltiples investigaciones muestran que escribir a mano fortalece la consolidación de la memoria y favorece procesos de comprensión más profundos. Tomar una fotografía de los apuntes, copiar y pegar textos o transcribir mecánicamente información no moviliza la misma cantidad de redes neuronales ni produce los mismos efectos sobre el aprendizaje. Todo ello nos conduce inevitablemente a preguntarnos por nuestra propia responsabilidad.

¿Cuál es nuestra responsabilidad como docentes frente a estudiantes que leen menos profundamente? ¿Cuál es nuestra responsabilidad frente a estudiantes que han transformado su relación con la escritura? ¿Qué estamos haciendo para fomentar nuevamente la lectura, la conversación intelectual y la escritura reflexiva? Pero también conviene dirigir un haz de preguntas hacia nosotros mismos: ¿seguimos siendo buenos lectores?, ¿escribimos con regularidad?, ¿podemos exigir aquello que nosotros mismos hemos comenzado a abandonar?

Mi preocupación sigue siendo la misma. Asistimos a un proceso de desposesión cognitiva. Presenciamos, en tiempo real, la posibilidad de una apropiación creciente de capacidades intelectuales que durante siglos fueron incorporándose al ser humano mediante la lectura, la escritura, la memoria y la reflexión. Comprender este proceso constituye una condición indispensable para imaginar formas alternativas de organización pedagógica, con sustento en lo tecnológico, orientadas no a la subordinación del conocimiento a los grupos concentrados, al capital, sino a la ampliación de la autonomía individual y colectiva. En este punto resulta particularmente pertinente la observación de Santiago Bilinkis: "La tecnología siempre nos ha permitido dejar de hacer ciertas cosas; la pregunta es cuáles conviene seguir haciendo para conservar las capacidades que nos constituyen".

Quizá esa sea una de las preguntas decisivas para la educación contemporánea. Pero hay otras cosas que no deberíamos olvidar. Me explico. En Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke sostuvo durante años una conversación con Franz Xaver Kappus que trascendió el intercambio epistolar para convertirse en un vínculo de formación intelectual y humana. Al leer esas cartas es inevitable preguntarse si Kappus sintió la emoción de recibir cada respuesta, de saberse escuchado, acompañado y desafiado por un interlocutor que tomaba en serio sus inquietudes. Tal vez allí exista una enseñanza que ninguna tecnología puede sustituir.

Quizá la tarea más importante de un profesor siga siendo la misma de siempre: escuchar, dialogar, acompañar y ayudar a pensar. Porque antes que usuarios de plataformas digitales, antes que consumidores de información y antes que integrantes de una generación determinada, nuestros estudiantes siguen siendo, profundamente, productos de una historia social que también nos interpela a nosotros (al menos yo me siento interpelado -y sacudido-).

Porque tal vez, para muchos de los que ejercemos la docencia, la tarea del profesor nunca consistió únicamente en transmitir, mejor, en dialogar y ponderar en colectivo sobre los conocimientos. Posiblemente nuestra responsabilidad ha sido siempre comprender el tiempo histórico que habita en nuestros estudiantes. Porque nadie entra al salón de clases únicamente con una mochila, un cuaderno, una pluma y un celular (o tablet o compu). Entra también con una determinada forma de leer, de recordar, de atender, de escribir y de relacionarse con los demás; formas que la sociedad, la familia, la tecnología y la cultura han ido modelando mucho antes del primer día de clases.

Si esto es cierto, entonces el estudiante nunca ha sido solamente un individuo. Es, como todo ser humano, un producto social. Y reconocerlo quizá sea el primer paso para imaginar una pedagogía capaz de responder al tiempo que nos tocó vivir. Aquí cierra el propósito central de este artículo.

Pero más allá de esta reflexión, no puedo concluir estas líneas sin manifestar mi desconcierto por la escena en la que se ensucia a Carlos Monsiváis y a Andrés Manuel López Obrador, en un manejo de la información poco prolijo. Se trata de prácticas que desalientan la democracia, la libertad y la cultura.

PS. ¡Palestina libre!

Profesor UAM-X. alexpinosa@hotmail.com

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