Recordando a Bertolt Brecht, Preguntas de un obrero que lee, hagamos una paráfrasis con motivo de las implicaciones de la IA en el mundo actual.
Los algoritmos escriben textos, traducen idiomas y responden preguntas. ¿Pero quién acumuló durante siglos los conocimientos que hoy alimentan a las máquinas?
La inteligencia artificial parece pensar por nosotros. ¿Cuántas generaciones de trabajadores, científicos, maestros y programadores hicieron posible esa inteligencia que ahora aparece como autónoma?
Las máquinas aprenden cada vez más rápido. ¿Quién decide qué conocimientos conservan los seres humanos y cuáles serán transferidos a los sistemas automáticos?
Si la inteligencia artificial aumenta la productividad de la sociedad, ¿por qué crece al mismo tiempo la incertidumbre sobre el trabajo, el conocimiento y el futuro de quienes producen esa riqueza?
La inteligencia artificial responde millones de preguntas por segundo. ¿Quién formulará las preguntas que los algoritmos no pueden hacerse?
Las máquinas absorbieron la fuerza de los brazos; ahora comienzan a absorber funciones del pensamiento. ¿Qué quedará en manos de los hombres cuando las máquinas aprendan a decidir, recordar e interpretar?
Avancemos en parte de esta discusión. Antes de entrar en pánico o fascinación tecnológica, conviene detenernos en una evidencia elemental: la inteligencia artificial (IA) no cayó del cielo, ni es resultado de generación espontánea ni una anomalía histórica surgida de la nada. Detrás de la IA existe una larga trayectoria de transformaciones técnicas, económicas y sociales que se remonta varios siglos atrás y que ha estado marcada por una misma tendencia: la transferencia progresiva de capacidades humanas hacia sistemas técnicos cada vez más complejos.
Una parte de la discusión contemporánea suele presentar a la inteligencia artificial como una revolución sin antecedentes. Se insiste en que estamos frente a un acontecimiento sin parangón, una ruptura radical con todo lo conocido. Sin dejar de lado las sorpresas, una mirada histórica más detenida permite advertir que muchas de las preguntas que hoy nos hacemos ya aparecieron, bajo otras formas, durante las grandes transformaciones tecnológicas del capitalismo.
Como señalan Ujué Agudo Díaz y Karlos G. Liberal (El algoritmo paternalista. Cuando mande la inteligencia artificial, 2024), “La automatización y los procesos tecnológicos asociados no surgieron de la nada, sino que fueron resultado de un proceso histórico y material en el que se crearon las condiciones necesarias para que se desplegara la potencia de la maquinaria y la tecnología en la sociedad capitalista […] a partir del siglo XV, se dieron las condiciones materiales para que la tecnología y la automatización aprovecharan al máximo las ventajas de una fuerza laboral creciente y desposeída”.
Esta afirmación es clave porque lleva la discusión a su terreno histórico. La inteligencia artificial constituye una etapa más de un largo proceso de desarrollo tecnológico asociado a las necesidades de acumulación del capital. Su novedad es indudable; su origen histórico, también.
Para comprenderlo conviene acudir a uno de los autores que con mayor profundidad reflexionó sobre la relación entre tecnología, trabajo y capitalismo: Karl Marx. En El Capital, Marx observó que el paso de la manufactura a la gran industria implicaba una transformación decisiva. Mientras la manufactura tenía como punto de partida al trabajador y sus habilidades, la gran industria colocaba en el centro a la máquina: “En la manufactura, la revolución operada en el régimen de producción tiene como punto de partida la fuerza de trabajo; en la gran industria, el instrumento de trabajo”.
La observación parece sencilla, pero contiene una enorme carga explicativa. Durante siglos, las herramientas funcionaron como extensiones de la mano humana, de la musculatura física en general. El conocimiento del oficio permanecía incorporado al trabajador. La máquina modificó radicalmente esta relación.
Pensando en el obrero colectivo, Marx señalaba que “la máquina-herramienta es un mecanismo que, una vez que se le trasmite el movimiento adecuado, ejecuta con sus herramientas las mismas operaciones que antes ejecutaba el obrero con otras herramientas semejantes. El que la fuerza motriz proceda del hombre o de otra máquina no cambia para nada los términos esenciales del asunto. La herramienta se convierte de simple herramienta en máquina cuando pasa de manos del hombre a pieza de un mecanismo. Y la diferencia salta inmediatamente a la vista, aun cuando el hombre siga siendo el motor primordial”.
Lo decisivo aquí es que la capacidad productiva comienza a desplazarse desde el trabajador hacia el sistema técnico. El conocimiento práctico que antes residía en el oficio es progresivamente incorporado al diseño de la maquinaria. Esto implica que no se trata únicamente de una cuestión económica, también supone una transformación cultural y antropológica.
Silvia Federici (Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, 2010) recuerda que, desde el siglo XVII, comenzó a desarrollarse una nueva manera de pensar el cuerpo humano: “a partir del siglo XVII, las analogías anatómicas provenían de los talleres de producción: los brazos eran considerados como palancas, el corazón como una bomba, los pulmones como fuelles, los ojos como lentes, el puño como un martillo”. Para redondear su argumentación, Federici apunta que “estas metáforas mecánicas no reflejan la influencia de la tecnología como tal, sino el hecho de que la máquina se estaba convirtiendo en el modelo de comportamiento social”.
Desde esta rendija analítica, la maquinaria reorganizó la producción, al mismo tiempo que modificó la manera de imaginar al ser humano. El cuerpo comenzó a concebirse como un mecanismo susceptible de ser optimizado, disciplinado y controlado. Por ello, Federici subraya: “Lejos de renunciar al cuerpo, los teóricos mecanicistas trataban de conceptualizarlo, de tal forma que sus operaciones se hicieran inteligibles y controlables. De ahí viene el orgullo (más que conmiseración) con el que Descartes insiste en que ‘esta máquina’ (como él llama al cuerpo de manera persistente en el Tratado del hombre) es sólo un autómata y que no debe hacerse más duelo por su muerte que por la rotura de una herramienta”. Esta racionalidad mecanicista acompañará todo el desarrollo posterior del capitalismo industrial.
Regresemos a algunas de las aportaciones de Marx, al hacer legible el proceso de cómo la maquinaria evolucionó desde instrumentos aislados hacia sistemas integrados que reducían cada vez más la intervención humana: “Como sistema orgánico de máquinas de trabajo movidas por medio de un mecanismo de trasmisión impulsado por un autómata central, la industria maquinizada adquiere aquí su fisonomía más perfecta”. Con toda la carga de lo que significan las palabras, remata Marx con que “La máquina simple es sustituida por un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena toda la fábrica y cuya fuerza diabólica, que antes ocultaba la marcha rítmica, pausada y casi solemne de sus miembros gigantescos, se desborda ahora en el torbellino febril, loco, de sus innumerables órganos de trabajo”.
La imagen conserva una sorprendente actualidad. Lo que Marx describía era un proceso de creciente autonomización de los sistemas técnicos respecto del trabajador individual. Hagamos la siguiente lectura de un texto escrito en el siglo XIX, desde nuestra atalaya temporal: “La máquina de trabajo combinada, que ahora es un sistema orgánico de diversas máquinas y grupos de máquinas, es tanto más perfecta cuanto más continuo es su proceso total, es decir, cuanto menores son las interrupciones que se deslizan en el tránsito de la materia prima desde la primera fase hasta la última y, por tanto, cuanto menor es la intervención de la mano del hombre en este proceso y mayor la del mismo mecanismo”.
Y algo para agregar al estremecimiento que genera la IA: “Tan pronto como la máquina puede ejecutar sin ayuda del hombre todos los movimientos necesarios para elaborar la materia prima, aunque el hombre la vigile e intervenga de vez en cuando, tenemos un sistema automático de maquinaria”.
¿No es precisamente esta tendencia histórica la que hoy observamos en numerosos sistemas basados en inteligencia artificial? Desde luego, las diferencias tecnológicas son inmensas. Pero la dirección histórica parece notablemente similar: reducir la intervención humana directa y aumentar la capacidad autónoma de los sistemas técnicos.
Quizá uno de los pasajes más polémicos y provocativos de Marx sea aquel donde anticipa una condición tecnológica que hoy adquiere una resonancia extraordinaria: “la gran industria no tuvo más remedio que apoderarse de su medio característico de producción, de la máquina, y producir máquinas por medio de máquinas”. La frase data del siglo XIX. Sin embargo, parece describir una de las tendencias contemporáneas más significativas: sistemas tecnológicos que participan en la producción de nuevas tecnologías. Marx adicionaba algo más: “La condición más esencial de producción que tenía que darse para poder fabricar máquinas mediante máquinas era la existencia de una maquina motriz que pudiese desplegar toda la potencia exigible y que, al mismo tiempo, fuese perfectamente controlable”. Esta última parte en disputa, el control como una tensión histórica presente. Pero sin entrar en las arenas de esta discusión, la analogía con la inteligencia artificial resulta inevitable. Hoy asistimos a sistemas capaces de generar código, optimizar algoritmos, diseñar modelos y colaborar en la creación de nuevas herramientas digitales. No se trata de una profecía cumplida (en un sujeto con gran capacidad de observación y articulación, se trata más de una secuencia lógica en su devenir), pero sí de una intuición histórica extraordinariamente fecunda.
Sin embargo, el problema central no reside únicamente en la automatización. Charles Babbage comprendió tempranamente que el verdadero potencial económico del capitalismo no consistía sólo en reemplazar trabajo humano mediante máquinas, sino en fragmentar las tareas para abaratar el trabajo. Harry Braverman (Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo en el siglo XX, 1974) resumió magistralmente este proceso: “El principio de Babbage es fundamental para la evolución de la división del trabajo en la sociedad capitalista. Da expresión no al aspecto técnico de la división del trabajo sino a su aspecto social. En la misma medida en que el proceso de trabajo puede ser disociado, puede ser separado en elementos, algunos de los cuales son más simples que otros y cada uno es más simple que el conjunto”.
La importancia de esta observación es enorme, lo tienen perfectamente claro los economistas y los administradores: cada vez que una actividad compleja se divide en operaciones simples, disminuye la necesidad de trabajadores altamente calificados (incremento de la productividad, desvalorización del trabajador, ensanchamiento de la dominación, una jugada de tres bandas). El conocimiento deja de residir en la persona y pasa a incorporarse al proceso de organización del trabajo. Siguiendo este filón, Braverman afirmaba: “El modo más común de abaratar la fuerza de trabajo es ejemplificado por el principio de Babbage: desarticularla en sus elementos más simples”.
Esta lógica atraviesa buena parte de la historia del capitalismo moderno. Por ejemplo, Frederick Taylor la llevó a uno de sus extremos más radicales. Braverman lo resume: “Nunca tuvo en mente, como propósito del estudio del trabajo, realzar la capacidad del obrero, concentrar en el obrero una mayor cantidad de conocimiento científico, garantizar que conforme se eleva la técnica también se eleve el obrero. Más bien el propósito era abaratar al obrero disminuyendo su entrenamiento y ampliando su producción”. El objetivo consistía en simplificar las tareas para aumentar el control gerencial. Taylor, que no era un hombre que brillara por su tacto, lo planteó crudamente: el trabajador que se incorpora bajo la Administración Científica del Trabajo “ha de ser tan estúpido y flemático, que en su conformación mental ha de parecerse más a un buey que a ningún otro tipo de ser. El hombre mentalmente despierto e inteligente resulta, justamente por ello, inadecuado para lo que para él sería la agotadora monotonía de un trabajo de este tipo”.
Aquí aparece una cuestión que suele quedar fuera de las discusiones actuales sobre IA. El debate público se concentra en el desempleo tecnológico. Sin duda se trata de un problema relevante. Jeremy Rifkin (El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era, 1997) llamó la atención sobre ello hace décadas cuando observó que “el valor de su trabajo se ha hecho virtualmente nulo debido a las tecnologías de automatización que han producido su desplazamiento en la nueva era de la economía mundial basada en las altas tecnologías”. Sin embargo, existe otra dimensión igualmente importante y profunda: la transformación de las capacidades cognitivas de quienes continúan trabajando.
La historia de la mecanización puede interpretarse como una sucesión de procesos mediante los cuales funciones humanas son transferidas a dispositivos técnicos. Primero se externalizó la fuerza muscular. Después se automatizaron movimientos repetitivos. Más tarde se sistematizaron procedimientos complejos. Ahora comienzan a externalizarse operaciones asociadas al lenguaje, la memoria, la interpretación, el análisis y la creación simbólica. La cuestión ya no consiste únicamente en que una máquina sustituya un movimiento. Lo que está en juego es la posibilidad de que sustituya una parte creciente de las actividades intelectuales.
Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial representa una nueva fase histórica de lo que podría denominarse desposesión cognitiva (ya hemos avanzado sobre esto en este espacio editorial). No porque los seres humanos pierdan súbitamente la capacidad de pensar, sino porque determinadas capacidades dejan de ejercitarse cuando son delegadas sistemáticamente a sistemas automáticos.
Desde el principio de Babbage hasta la inteligencia artificial generativa puede trazarse una misma trayectoria histórica: la transferencia progresiva de conocimientos y capacidades humanas hacia sistemas técnicos que incrementan la productividad, abaratan el trabajo y fortalecen el control sobre el proceso productivo. La simplificación de la tarea ha sido una constante de esta evolución. Pero esa simplificación rara vez se detiene en la tarea misma. Con frecuencia termina proyectándose sobre el propio sujeto.
La historia de la maquinaria muestra que la reducción de operaciones complejas a secuencias simples facilita el control, abarata la fuerza de trabajo y disminuye las exigencias cognitivas requeridas para desempeñar determinadas actividades. La inteligencia artificial parece llevar esta tendencia a una nueva frontera histórica. Si la mecanización industrial absorbió progresivamente la musculatura humana, la IA comienza a absorber fragmentos crecientes de la actividad intelectual. En ese tránsito se encuentra quizás uno de los debates centrales de nuestro tiempo.
Porque las cuestiones fundamentales ya no apuntan únicamente a qué trabajos desaparecerán, sino qué ocurrirá con las capacidades humanas cuando una parte creciente del razonamiento, la interpretación y la creación sea transferida a sistemas técnicos. La pregunta decisiva no es sólo qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué clase de seres humanos estaremos formando en una sociedad que delega cada vez más funciones cognitivas a las máquinas. La simplificación de la tarea, materializada durante siglos por la evolución tecnológica, amenaza así con convertirse también en simplificación del hombre. Y es precisamente allí donde la discusión sobre la IA deja de ser un asunto técnico para convertirse en un problema político, cultural y civilizatorio.
Regresando a Brecht, tantos problemas, tantas preguntas...
PS. Como siempre, Palestina Libre
Profesor de la UAM
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