Este texto es continuidad de una anterior colaboración (Simplificación de la tarea, simplificación del hombre, El Universal, 14/06/2026). Continuamos en la misma saga, haciendo un recorte de una breve arqueología, argumentando que las máquinas ocupan hoy un lugar central en prácticamente todos los ámbitos de la vida social. Lo mismo intervienen en los procesos productivos, organizan los flujos de información, participan en la administración pública, apoyan diagnósticos médicos, orientan decisiones financieras, como comienzan incluso a desempeñar tareas que hasta hace poco se consideraban exclusivas de la inteligencia humana. La expansión de la inteligencia artificial ha intensificado esta presencia al grado de que una pregunta que parecía propia de la ciencia ficción se ha instalado en el debate contemporáneo: ¿pueden las máquinas pensar?

Acudimos a Isaac Asimov, para responder esta interrogante, que abordaremos más adelante, lo que nos exige tomar cierta distancia de la coyuntura y observar el largo recorrido histórico que condujo hasta el presente -por sus alcances, aquí presentamos un recorte de algo muy amplio y complejo-. Repetimos algo ya enunciado: la inteligencia artificial no surgió de manera espontánea. Constituye el resultado de una extensa acumulación de conocimientos, innovaciones técnicas y transformaciones productivas. En este sentido, esta breve arqueología de las máquinas permite identificar una trayectoria histórica caracterizada por la transferencia progresiva de capacidades humanas hacia artefactos cada vez más complejos. Su objetivo central, es clarificar (me) parte de la discusión y sus límites.

Durante mucho tiempo las máquinas estuvieron asociadas principalmente a la ampliación de la fuerza física. Poleas, molinos, engranajes y mecanismos diversos permitían multiplicar la capacidad muscular del ser humano. Con la revolución industrial esta tendencia adquirió una nueva dimensión. La maquinaria dejó de ser un simple instrumento auxiliar para convertirse en el núcleo organizador de la producción.

Entre quienes reflexionaron tempranamente sobre este fenómeno destaca Charles Babbage (1792-1871), matemático, inventor y precursor de la computación moderna. Su importancia suele asociarse a la Máquina Analítica, considerada uno de los antecedentes fundamentales de la computadora contemporánea. Sin embargo, sus aportaciones fueron más amplias. Babbage observó con notable lucidez que la maquinaria transformaba no sólo los instrumentos de trabajo, sino también la organización misma del proceso productivo.

En On the Economy of Machinery and Manufactures, publicado en 1832, señalaba: “Si la experiencia ha enseñado a dividir la fabricación en operaciones parciales y el modo mejor de hacerlo, así como el número de obreros necesario para cada una de ellas, teniendo en cuenta la naturaleza especial de los productos de cada manufactura, aquellos establecimientos que no empleen un múltiplo exacto de esta cifra fabricarán con más gastos. He aquí una de las causas que contribuyen a impulsar el gigantesco desarrollo de los establecimientos industriales”.

La observación ubica a un precoz Babbage, porque anticipa una lógica que posteriormente sería profundizada por la gran industria: la simplificación de tareas, la fragmentación del proceso productivo y la asignación diferenciada de habilidades según las necesidades específicas de cada operación.

Babbage lo expresaba con toda claridad: “Como la producción del artículo se divide en varias operaciones diversas, cada una de las cuales exige un grado especial de habilidad y de fuerza, el patrono manufacturero puede abastecerse de la cantidad de fuerza y de destreza que corresponda exactamente a cada operación. En cambio, si toda la producción del artículo corriera a cargo de un solo obrero, éste tendría que reunir la habilidad necesaria para las operaciones más delicadas y la fuerza suficiente para las más fatigosas”.

Décadas después, Karl Marx recuperaría estas reflexiones para mostrar cómo el desarrollo de la maquinaria y la división del trabajo contribuían a reorganizar el proceso productivo bajo nuevas formas de control y racionalización. No era solamente una cuestión técnica. La máquina implicaba una nueva forma de organizar el trabajo humano y, con ello, desde la perspectiva de Marx, demostrar que el proceso de trabajo es al mismo tiempo un proceso de valorización, es decir, extendiendo el argumento, que la dominación está en condición de bisagra con la explotación (esto aparece nítidamente planteado, muchos años después, por Eduardo Ibarra y Luis Montaño en Mito y poder en las organizaciones, México, Trillas, 1987).

Pero Babbage no se limitó a reflexionar sobre la manufactura. También imaginó dispositivos capaces de procesar información. Su Máquina Analítica incorporaba elementos que hoy reconocemos inmediatamente en cualquier computadora moderna. Según su propia descripción, estaba integrada por dos grandes componentes: “Primera. La memoria en que se almacenan todas las variables que han de ser procesadas, así como todas aquellas cantidades que proceden del resultado de otras operaciones. Segunda. La unidad operativa adonde siempre van a parar las cantidades sobre las que se han de hacer operaciones”. Resulta sorprendente advertir que, en pleno siglo XIX, Babbage ya concebía una estructura basada en memoria y procesamiento, elementos fundamentales de la informática contemporánea.

La historia de las máquinas daría un nuevo salto gracias a Ada Lovelace. Como recuerda Sixto Romero en su trabajo (Charles Babbage y Ada Lovelace "la informática del siglo XIX. , Huelva, enero 2021, consultada el 17 de junio 2026) sobre Babbage y Lovelace, la matemática inglesa fue capaz de comprender posibilidades que incluso su contemporáneo no alcanzó a desarrollar plenamente. Su principal contribución consistió en imaginar procedimientos ordenados mediante los cuales una máquina podría ejecutar secuencias complejas de operaciones. En otras palabras, anticipó el concepto moderno de algoritmo.

Romero destaca que “la imaginación y la capacidad de Ada para ver más allá de la realidad inmediata la hicieron capaz de desarrollar varios conceptos que en la actualidad podrían considerarse visionarios”. Entre ellos sobresale precisamente la formulación de procedimientos destinados a que la máquina analítica realizara cálculos mediante una secuencia lógica de instrucciones.

La relevancia de este hecho no puede exagerarse. La historia de las máquinas comenzaba a desplazarse desde la fuerza física hacia el terreno del procesamiento de información. Ya no se trataba únicamente de producir movimiento, sino de manipular datos y ejecutar operaciones lógicas. Avancemos sobre esto algo planteado en Historia de la Computacion, Generaciones y sus Caracteristicas: “Sin dudas, el cerebro humano es mucho más perfecto y eficiente que cualquier máquina de calcular, por muy sofisticada que ésta sea, solo podemos afirmar que en lo único que se ve superado el cerebro por la máquina es en la velocidad de cálculo, probablemente de ahí venga su mitificación”. En el mismo sentido, en otra parte de la exposición, se señala que “El objetivo de Leibniz era mucho más ambicioso, ya que para él la máquina no era más que un puente entre el enunciado de un problema y su resolución. De alguna forma daba a su máquina el sentido que en la actualidad damos a los algoritmos”.

Ese proceso continuó. Asimov (“Calculadora electromecánica” en Historia y cronología de la ciencia y los descubrimientos, Ariel, España, 1990, página 451) relata cómo, citamos ampliamente, “el crecimiento demográfico y la creciente complejidad administrativa del Estado estadounidense plantearon nuevos desafíos para el procesamiento de información. Los censos nacionales acumulaban cantidades cada vez mayores de datos y su tratamiento requería años de trabajo.

Fue entonces cuando apareció Herman Hollerith, quien desarrolló un sistema basado en tarjetas perforadas para organizar y procesar la información censal. Cada tarjeta representaba un conjunto de características de la población: edad, sexo, ocupación y otros datos. Mediante dispositivos electromecánicos era posible clasificar, sumar y analizar enormes cantidades de información.

La diferencia fundamental con respecto a las máquinas anteriores era decisiva. Como señala Asimov, los ingenios de Hollerith incorporaban electricidad. La máquina dejaba de ser exclusivamente mecánica para transformarse en electromecánica.

A partir de aquellas innovaciones surgiría la empresa que más tarde se convertiría en la International Business Machines Corporation (IBM), uno de los símbolos más reconocibles de la revolución informática del siglo XX”.

Una Antigua Tarjeta Perforada

Sin embargo, el verdadero salto conceptual aparece cuando la reflexión abandona el problema del cálculo y se adentra en el terreno de la cognición. Asimov formuló una de las preguntas más provocadoras de la segunda mitad del siglo XX (Cien preguntas básicas sobre la ciencia, Alianza Editorial, España, 2010): ¿pueden pensar los computadores? Su respuesta comenzaba por identificar la diferencia fundamental entre cerebro y computadora: “La diferencia entre un cerebro y un computador puede expresarse en una sola palabra: complejidad”. Y añadía: “Ni siquiera el computador más complicado construido hasta ahora por el hombre puede compararse en complejidad con el cerebro. Las conexiones y componentes de los computadores ascienden a miles, no a miles de millones. Es más, los conmutadores de un computador son sólo dispositivos on-off, mientras que las células cerebrales poseen ya de por sí una estructura interna enormemente compleja”.

La observación era pertinente para la época en que fue formulada. Sin embargo, Asimov no se detenía ahí. También advertía que la capacidad de resolver problemas no era un atributo exclusivamente humano. “Si resolver un problema matemático es ‘pensar’, entonces los computadores ‘piensan’, y además mucho más deprisa que el hombre”.

Pero el núcleo de su argumento se encontraba en otra parte. Frente a quienes sostenían que las computadoras sólo podían hacer aquello para lo que habían sido programadas, Asimov respondía que también los seres humanos operan dentro de determinadas estructuras biológicas y culturales que delimitan sus posibilidades de acción.

Por ello concluía que una computadora suficientemente compleja podría alcanzar capacidades equivalentes a las humanas: “Está claro, sin embargo, que un computador al que se le dotase de suficiente complejidad podría ser tan creativo como el hombre. Si se consiguiera que fuese igual de complejo que el cerebro humano, podría ser el equivalente de éste y hacer exactamente lo mismo”.

Lo verdaderamente extraordinario es que Asimov fue todavía más lejos. Anticipó una posibilidad que hoy ocupa un lugar central en las discusiones sobre inteligencia artificial: “Puede que, mucho antes de llegar a un computador igual de complejo que el cerebro, consigamos construir otro lo bastante complejo como para que diseñe un segundo más complejo que él. Este segundo computador podría diseñar otro aún más complejo, y así sucesivamente”, concluyendo que “Una vez superado cierto punto los computadores toman las riendas en sus manos y se produce una ‘explosión de complejidad’. Al cabo de muy poco podrían existir computadores que no sólo igualasen al cerebro humano, sino que lo superaran”.

Vista desde el presente, la reflexión resulta notable. Las inteligencias artificiales contemporáneas no son todavía equivalentes al cerebro humano, pero sí participan crecientemente en tareas relacionadas con la producción de conocimiento, la elaboración de textos, la programación informática, la generación de imágenes y la resolución de problemas complejos. Más todavía, comienzan a intervenir en el diseño de nuevos sistemas y modelos de inteligencia artificial.

La trayectoria histórica parece mostrar una secuencia relativamente clara. Primero las máquinas ampliaron la fuerza física; después automatizaron cálculos; posteriormente almacenaron y procesaron información; más tarde ejecutaron algoritmos; finalmente comenzaron a reproducir ciertas funciones asociadas a la cognición.

Esta evolución plantea uno de los grandes desafíos intelectuales y políticos de nuestro tiempo. Si la historia de la técnica ha consistido en la transferencia progresiva de capacidades humanas hacia sistemas cada vez más complejos, como preguntábamos en la anterior colaboración, ¿qué ocurre cuando la capacidad transferida es precisamente la relacionada con el procesamiento del conocimiento?

La pregunta posee implicaciones profundas para el mundo del trabajo. Durante décadas la automatización sustituyó principalmente tareas repetitivas y manuales. Hoy avanza también sobre actividades intelectuales, profesionales y creativas. El fenómeno obliga a repensar categorías que parecían relativamente estables.

La cuestión adquiere una importancia todavía mayor cuando se observa desde la perspectiva de la producción de riqueza. Si las máquinas participan cada vez más activamente en la generación de bienes, servicios e información, y si algunas incluso contribuyen al diseño de nuevas máquinas, resulta inevitable preguntarse cómo se produce y distribuye el valor en una economía crecientemente automatizada.

Regresamos a la cantaleta de algo ya enunciado, que no se trata únicamente de un problema tecnológico. Es también una cuestión económica, social y política. Detrás de cada algoritmo existe una enorme acumulación de trabajo humano, conocimientos científicos, infraestructura material y recursos colectivos (lo que David Harvey denomina acumulación por desposesión). La aparente autonomía de las máquinas descansa sobre una larga historia de cooperación social sedimentada en tecnologías cada vez más sofisticadas.

Quizá por ello la discusión contemporánea sobre inteligencia artificial no pueda limitarse a evaluar capacidades técnicas. La cuestión de fondo consiste en comprender qué tipo de sociedad está emergiendo a partir de esta nueva etapa del desarrollo tecnológico. Desde Babbage hasta la inteligencia artificial, la historia de las máquinas aparece como una historia de creciente complejidad. Pero también como la historia de una humanidad que, al exteriorizar progresivamente sus capacidades en artefactos cada vez más poderosos, se ve obligada a replantear continuamente el significado del trabajo, del conocimiento y de la propia creación de riqueza.

PS. Palestina libre

(UAM)

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