“Es sencillo buscar correspondencias entre tipos de sociedad y tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes, sino porque expresan las formaciones sociales que las han originado y que las utilizan”. Así se expresaba Deleuze hace 36 años, antes de que las tecnologías nos dieran las sorpresas cotidianas que están haciendo que perdamos nuestra capacidad de sorpresa. Así, tres décadas después de Deleuze, un tema que él no mencionó -los conjuntos de datos de información personal- pasa a ocupar un lugar central en las luchas por el control de la sociedad, como anota James Brusseau (2025, “Deleuze's Postscript on the Societies of Control Updated for Big Data and Predictive Analytics”), refiriéndose a las aportaciones de Deleuze.
Continuemos con la cita: “Las antiguas sociedades de soberanía operaban con máquinas simples, palancas, poleas, relojes; las sociedades disciplinarias posteriores se equiparon con máquinas energéticas, con el riesgo pasivo de la entropía y el riesgo activo del sabotaje; las sociedades de control actúan mediante máquinas de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del capitalismo”. Siguiendo el filón de su argumentación, Deleuze señalaba que “No es un capitalismo de producción sino de productos” (1990). En esta frontera del cambio es que nos encontramos, con tecnologías de la dominación comunicacional que, hasta hace pocos años, eran impensables sus alcances y capacidad de penetración.
Llueve sobre mojado, pues retornamos a un punto que hemos trabajado en estas páginas: las tecnologías digitales son la concreción de las formaciones sociales, es decir, no son políticamente neutrales. Su diseño, sus modelos de negocio y sus formas de uso se encuentran inscritos en relaciones sociales concretas.
Sumemos algo planteado por Santiago Bilinkis: “cada vez pensamos menos […] pensar se está volviendo optativo”. Enredados en una madeja de poder, insiste Bilinkis: en el presente, concretando la tentación de no pensar, existen “redes diseñadas para que no podamos hacer un uso lógico” (https://www.youtube.com/watch?v=8vIt7YQb8sw&t=2574s&pp=ygUXY2FkYSB2ZXogcGVuc2Ftb3MgbWVub3M%3D).
En general, el algoritmo está moldeando socialmente, no hay paciencia en su influencia. Se expresa en algo simple y seductor: el acto de delegar en la máquina actividades cognitivas básicas.
Ahora, a estos factores de tensión problemáticos agreguemos algo más, ahora referido a la cuestión de la democracia. En determinadas condiciones, la personalización algorítmica, la individualización del consumo, la sustitución de espacios físicos de encuentro y la segmentación de los espacios públicos pueden contribuir a debilitar las prácticas de encuentro, conversación, deliberación y organización colectiva, que constituyen algunas de las condiciones sociales de la democracia. Se avanza en esta tarea sobre franjas sociales en las que se han rasurado experiencias de resistencias y de posicionamientos críticos, como formas de control social general.
La oligarquía tecnológica (conformada por los propietarios y controladores de grandes infraestructuras digitales, plataformas, datos, capital financiero-tecnológico y sistemas algorítmicos), ligada en particular a todo el universo de lo digital, no discute, no establece diálogos, simplemente, aun con la complejidad, negocia y acuerda. Los integrantes de estas élites poderosísimas, críticos de la acción estatal, del regulacionismo, que subrayan lo meritocrático y donde la gran ausencia está en pensar la desigualdad, son los primeros que disminuyen cualquier opción democrática. Por ello, vale nuevamente hacer una vieja pregunta: ¿a la derecha le interesa la democracia?

Recordemos el planteo de Peter Thiel (Palantir, paladín de la Ilustración Oscura), importante agente en Silicon Valley, con influencia clave en D. Trump, y personaje clave de las ligas mayores de la oligarquía tecnológica: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Afirmación tajante. No está de más traer a esta discusión a Javier Milei, presidente argentino, frente a una pregunta de una periodista cuando él era candidato, donde se negó a contestar si creía o no en la democracia. Su respuesta fue: “Digamos, yo creo que la democracia tiene muchísimos errores... A ver, ¿conocés el teorema de imposibilidad de Arrow? […] tampoco se puede pontificar la democracia”, sin contestar si cree en la democracia (entrevista en Todo Noticias, 31/10/2023). Para esta nueva derecha, que no es toda la derecha y que aquí se expresa en dos sujetos, pero que forman parte de la ultraderecha global con los matices enunciados, creo que ahora la discusión de la democracia ocupa un rango de bajo relieve. Eso, por un lado. Por otro, al reducir las tecnologías por la vía de los hechos el encuentro social, disminuye en sus prácticas, aunque no es algo mecánico, el encuentro democrático. Finalmente, pensando en que las tecnologías tienen correspondencia con las estructuras sociales, siguiendo a Deleuze, las tecnologías se construyen con la base de las relaciones sociales, de intenciones concretas, en fin, no son producto del azar. Así, bajo este supuesto, ¿las nuevas tecnologías digitales no estarán desplegando, en sus usos, razones para acentuar el individualismo y al mismo tiempo disminuir la conversación social, como un aspecto central de la democracia?
Las tecnologías digitales no producen mecánicamente individualismo o pérdida de democracia. Pero si determinados diseños tecnológicos, bajo determinadas relaciones sociales y económicas, favorecen, intensifican y normalizan ciertas formas de individualización y de debilitamiento de la deliberación colectiva, con esto contribuyen en la erosión de la democracia. Esto se aprecia en que la oligarquía tecnológica no necesita discutir: necesita negociar. Establezcamos la diferencia entre dialogar y negociar/acordar. La deliberación democrática supone algo incómodo: reconocer al otro como interlocutor, aceptar que puede tener razones diferentes, exponerse a modificar la propia posición y admitir que una decisión puede ser resultado de un proceso colectivo. En las posturas autoritarias, la derecha se inclina por esto, es lo dominante. Y la existencia y reproducción de burbujas digitales compartimentalizadas son parte de esta disminución de la arena pública, de la conversación social.
La negociación es otra cosa. Puede existir entre sujetos con intereses contrapuestos, pero su finalidad no necesariamente es construir una voluntad común. Se trata de hacer compatibles intereses, distribuir posiciones y alcanzar acuerdos. No podemos soslayar que esta nueva oligarquía tecnológica posee una enorme concentración de recursos económicos, información, infraestructura y capacidad técnica, que puede permitirle desplazar el conflicto desde el espacio público hacia la negociación entre élites.
Gilles Deleuze, en “Post-scriptum sobre las sociedades de control” (1990/1992), texto con el que abrimos esta colaboración, plantea el paso de los espacios cerrados, propios de la sociedad disciplinaria, a mecanismos de control continuo, modulación, información y códigos. El individuo empieza a transformarse en lo que llama el “dividuo”, mientras las masas pueden convertirse en datos, mercados o bancos de información. Recordemos que individuo viene del latín individuus, que significa indivisible o lo que no se puede dividir. Dividualización, siguiendo el razonamiento de Deleuze, por su parte, es el proceso por el cual el poder moderno fragmenta la unidad psicológica y corporal del individuo en datos, flujos de información y variables estadísticas, transformándolo en un “dividuo”, un ser fragmentado, escindido, como parte del control de las poblaciones.
En esta rendija analítica, ¿las tecnologías digitales estarán favoreciendo una sociedad cada vez más individualizada y, simultáneamente, menos conversacional? En la saga problemática se puede distinguir tecnología digital, seguida de individualización/dividualización, con el debilitamiento de la conversación y del encuentro, más el control bajo el paraguas del gobierno algorítmico, que en su ensamble incide en la transformación de las condiciones sociales de la democracia.
A partir de lo enunciado, volvemos a la pregunta: ¿A la derecha le interesa la democracia? Incluso, ¿qué tipo de democracia resulta compatible con una sociedad en la que una parte creciente de las decisiones relevantes se desplaza desde la deliberación pública hacia la negociación entre actores económicos, gobiernos y propietarios de infraestructuras tecnológicas?
Esto no acepta un simple sí o no. Así, el problema democrático no está solamente en las ideas de la derecha, sino en la transformación del espacio donde se encuentra la sociedad, en el entendido de que la democracia no es únicamente una institución electoral. También requiere lugares, tiempos y prácticas de encuentro. Hay que llenar de contenidos a la democracia, de manera urgente frente a esta ofensiva neoliberal.
La plaza pública, el sindicato, la asamblea, el partido político, la universidad, el café, la organización vecinal, la iglesia, incluso determinados espacios laborales, han sido históricamente muy importantes. P. ej. las aportaciones de los científicos sociales William H. Whyte y C. Wright Mills que rescataban la importancia de los clubes y organizaciones locales, que trabajaban como observatorios sobre la cohesión social, y los clubes de fútbol en Argentina, que funcionan y se organizan como asociaciones civiles sin fines de lucro, pertenecientes a sus socios, actualmente cuestionados en aras de la privatización de los clubes de fútbol, es decir, de que avancen las Sociedades Anónimas Deportivas como entidades comerciales, la apuesta de Milei en Argentina. Asuntos de negocios y de desarticulación social.
En una colaboración pasada apuntábamos algunas ideas sobre la pérdida de la cohesión social en estas infraestructuras sociales de conversación. Justamente hemos venido trabajando la idea de la desarticulación de nexos sociales convencionales: disminución de la natalidad, aumento de hogares unipersonales, divorcio, debilitamiento de organizaciones colectivas, etc.
Poco abona en la comprensión del problema en tensión señalar que la tecnología causa directamente esos fenómenos. Pero sí puede plantearse que la digitalización encuentra una sociedad que ya se está individualizando y, al mismo tiempo, puede proporcionar las condiciones materiales para profundizar esa individualización, entonces podemos trazar el mapa de un circuito multilineal: individualización social - tecnologías diseñadas para el usuario individual - reducción de determinadas formas de encuentro - mayor individualización - nuevas formas de consumo tecnológico individualizado – individualización social, no necesariamente como una espiral, sino como un eterno retorno.

