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Ixchel Paz es una joven modelo que desafía los estereotipos de la industria del modelaje, donde abundan los cuerpos esbeltos o intervenidos con cirugías estéticas. En una pose desafiante que le está dando la vuelta al mundo, la mexicana protagoniza uno de los más poderosos retratos del nuevo proyecto fotográfico del holandés Pieter Henket (1979), conocido por sus retratos de celebridades, como el de Lady Gaga en la portada de su álbum debut, The Fame.
En la fotografía titulada “La Mujer”, Ixchel Paz porta una máscara de luchador y sostiene una mirada firme hacia la cámara. De cuerpo grande con pliegues y brazos anchos, Ixchel aparece sentada sobre un banco, en ropa interior, con los brazos relajados y la espalda erguida. “Una poderosa declaración sobre la identidad, la belleza y la autoaceptación”, como lo describe el autor del retrato.
Es precisamente esa libertad y energía expresiva de algunos jóvenes en la Ciudad de México lo que llevó a Pieter Henket a realizar esta serie de retratos en blanco y negro que ahora se publican en Birds of Mexico City (Damiani Books, 2026), un volumen que despliega cuerpos diversos vistiendo máscaras de luchadores o de diablos, botas y polainas de vaqueros, ponchos, prendas de látex o con motivos de pantera; cuerpos desnudos que sólo portan flores o elementos de la naturaleza o bien estrafalarios vestidos, resplandores y tocados de flores.
En colaboración con el estilista Chino Castilla y otros creativos mexicanos, Henket tomó como set el antiguo inmueble General Prim para gestar, en 2021, esta serie que se centra en una nueva generación de jóvenes mexicanos que están redefiniendo las expresiones contemporáneas del género, la identidad, la tradición y la espiritualidad.
En entrevista, el fotógrafo afincado en Nueva York y conocido en el mundo por su serie Congo Tales (2018), comparte detalles sobre este proyecto fotográfico.
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¿Qué elementos de la cultura mexicana inspiraron este proyecto?
Lo que más me inspiró fue la propia gente de la Ciudad de México. Me encontré con muchos jóvenes que se mostraban tal y como eran, de una forma muy valiente y expresiva. Noté una libertad y una seguridad en sí mismos que me parecieron increíblemente inspiradoras.
Visualmente, México también tiene una cultura muy rica. Se percibe en todas partes: en la religión, los murales, la arquitectura, la música, la lucha libre, la historia indígena, el color, el simbolismo y la moda. Encontré una emoción y teatralidad que conectaba de forma natural con mi forma de fotografiar y escenificar retratos. Quería que este proyecto resultara humano y personal, que no pareciera que simplemente estaba documentando estereotipos o clichés sobre México. El objetivo siempre fue crear retratos atemporales y que se centraran en la individualidad de cada persona.

¿Cómo fue la colaboración con los creativos y artistas mexicanos que participaron en el proyecto?
La colaboración con ellos fue una de las partes más importantes del proyecto. No quería que pareciera que un extranjero llegaba a la Ciudad de México y se limitaba a hacer fotos. Desde el principio construimos, a través de conversaciones, confianza y un trabajo muy cercano con los creativos mexicanos y los propios participantes. Una de las colaboraciones más estrechas fue con el estilista y diseñador de vestuario Chino Castilla y su equipo local, íntegramente queer. Trabajaron durante semanas creando los atuendos y looks. Hablamos sobre simbolismo, identidad, cultura mexicana, masculinidad, feminidad, religión e historia personal. Los participantes también aportaron sus propias ideas, vestuario y referencias al proceso, lo que hizo que las imágenes resultaran más sinceras y personales.
Trabajé estrechamente con Saúl Escalante y Monse Castera en el casting y la producción local. Ellos desempeñaron un papel importante para conectar el proyecto con la gente y la energía de la Ciudad de México.
También colaboramos con los talentosos artistas florales de Flores Cosmos, que crearon hermosos arreglos en torno a los cuerpos de los modelos. Eso le dio una capa emocional y simbólica a las fotos. Además, Renata Juárez escribió algunos poemas.

¿Cómo se seleccionaron los personajes retratados?
Nunca hubo una fórmula estricta sobre a quién queríamos fotografiar. El punto en común era una cierta libertad e individualidad. Nos atraían las personas que se mostraban tal y como eran, sin complejos, y que transmitían un fuerte sentido de identidad. Muchos de los participantes en los retratos fueron descubiertas de forma natural, a través de amigos, comunidades creativas, parques, agencias o en las calles de Ciudad de México, o bien a través de contactos de Chino y otras personas relacionadas con el proyecto. Fue un proceso muy humano e intuitivo.
¿Qué historias hay detrás de estas fotos? ¿Podrías contarnos algunas historias sobre los retratados?
Una persona que me inspiró profundamente fue Ixchel Paz, de la fotografía “La Mujer”. Es una mujer con una figura voluptuosa que se comporta con una confianza y una fuerza increíbles. En el retrato lleva una máscara de lucha libre, un símbolo tradicionalmente asociado a la masculinidad en la cultura mexicana, y lo hace completamente suyo. Para mí, la imagen se convirtió en una poderosa declaración sobre la identidad, la belleza y la autoaceptación.
Después de hacer la fotografía, hablé con Ixchel sobre cómo había vivido la sesión y qué significaba para ella el retrato. Me escribió: “Creo que debo empezar diciendo que para mí el modelaje siempre ha sido una forma de revolución, pues mostrarme en una industria llena de bellezas estereotipadas es mi forma de decir que la diversidad existe y que espero que más personas se vean representadas. Por eso, haber sido parte de tu lente ha sido más que un honor, una sesión muy bonita y respetuosa que es un gran logro que jamás creí alcanzar y que tenga el alcance que ha tenido, más en estos momentos en los que a las mujeres se nos imponen medicamentos y procedimientos para alcanzar estándares de belleza irreales que ponen en riesgo la salud. La foto para mí representa la dignidad de los cuerpos y el derecho a mostrarnos sin miedo, sumando el ser mexicana y latina”.
Otro retrato que tiene un gran significado es el de Muriel “Melón” Rivas, una mujer trans, poeta con un talento increíble. Ella lleva un uniforme tradicional de fútbol de chicos, sobre el que se superponen un vestido y un corsé.
A través del estilismo, Chino quería reflexionar sobre las expectativas con las que crecen muchos chicos en México, donde deportes como el fútbol suelen estar estrechamente ligados a las ideas tradicionales de masculinidad, mientras que expresar la feminidad puede parecer algo inalcanzable. El retrato de Muriel refleja de forma hermosa esa tensión entre la identidad impuesta y la autoexpresión. Hay suavidad y fuerza al mismo tiempo, y Muriel aportó una increíble honestidad emocional a la fotografía.
¿Podrías darnos más detalles sobre tu trabajo en Ciudad de México? ¿Qué esperabas expresar sobre la ciudad?
De hecho, decidimos que era importante no fotografiar la Ciudad de México de forma literal. No quería que la ciudad eclipsara los retratos. En lugar de centrarnos en calles, lugares emblemáticos o una fotografía de estilo documental, creamos los retratos en entornos más controlados y minimalistas.
Gran parte de la serie se fotografió en el interior de una antigua casa llamada General Prim, que se convirtió casi en un hogar creativo para el proyecto. El espacio tenía una luz, una textura y una atmósfera preciosas, aún así permitió que la atención se centrara en la persona y no en el lugar como tal.
Lo que esperaba expresar sobre la Ciudad de México no era necesariamente su arquitectura o su geografía, sino su energía y la gente que la habita. Para mí, el espíritu de la Ciudad de México está en la individualidad, la creatividad, la resiliencia y la autoexpresión de las personas que viven allí. Eso se convirtió en el verdadero retrato de la ciudad.
¿Cuál es el enfoque del proyecto respecto a la reapropiación de la identidad queer? ¿Qué busca transmitir sobre este tema?
No sé si describiría el proyecto como un intento de “reapropiarse” de la identidad queer. Para mí, se trataba más bien de crear un espacio para que las personas se mostraran tal y como son, en sus propios términos. Lo que me conmovió mientras realizaba la serie fue ver a una generación joven que se muestra menos interesada en las etiquetas o las categorías fijas. Muchas de las personas que participan en el proyecto se mueven libremente entre la masculinidad y la feminidad, la tradición y la modernidad, la fuerza y la vulnerabilidad. Están creando su propio lenguaje de identidad.
Además, el proyecto se inscribe en la cultura mexicana, que tiene su propia relación profunda con la religión, el machismo, las estructuras familiares, la representación y el género.
Espero que el proyecto transmita dignidad, humanidad y visibilidad. Quería que los retratos tuvieran un aire monumental y atemporal, sin caer en el sensacionalismo. El fin nunca fue definir a las personas, sino permitir que se las viera con complejidad, belleza y presencia.
¿Qué límites éticos estableces para evitar la apropiación cultural o identitaria al fotografiar a personas que históricamente no han sido tan visibilizadas?
Para mí, todo empieza por el respeto, la escucha y la colaboración. En este caso, nunca quise llegar con una idea preconcebida de quiénes eran las personas o de lo que debían representar sus historias. El proyecto se construyó a través de conversaciones y del trabajo en estrecha colaboración con los participantes y los creativos mexicanos que formaron parte del proyecto.
También creo que es importante ser consciente de tu posición como fotógrafo. No soy mexicano y no pretendo hablar en nombre de toda una comunidad ni definir la identidad de nadie. Mi papel consistió en crear un espacio para que las personas se mostraran tal y como querían ser vistas. Por eso también la colaboración cobró tanta importancia en todas las fases del proyecto. Muchas de las ideas, los símbolos, las elecciones de vestuario y las pautas emocionales surgieron de los propios participantes. Espero que la gente sienta el cariño, la confianza y el respeto que se ha puesto en este trabajo. Al final, creo que son los propios participantes quienes realmente cuentan la historia.
Tu proyecto anterior, Congo Tales, retrataba a una comunidad que nunca antes había sido fotografiada. ¿A qué retos técnicos y éticos te enfrentaste en ese caso?
El mayor reto fue comprender que nos adentrábamos en un mundo y una cultura que no eran nuestros. Eso exigió mucha capacidad de escucha, paciencia y la construcción de una relación de confianza, incluso antes de pensar en hacer fotografías. El proyecto se creó en estrecha colaboración con el filósofo congoleño S. R. Kovo N’Sondé y la propia gente de Mbomo. En lugar de llegar con nuestra propia narrativa, pedimos a la comunidad que contara sus historias, mitos y tradiciones espirituales relacionadas con la selva tropical. Esas historias fueron la base de las fotografías.
A nivel técnico, la selva tropical supuso un reto enorme. Transportamos el equipo de iluminación hasta lo más profundo de la selva del Congo a través de terrenos difíciles y en condiciones climáticas adversas.
¿Cuál es tu visión de la fotografía en un mundo en el que cada segundo se generan y reproducen imágenes sin cesar?
Cada día se toman alrededor de 5.300 millones de fotografías en todo el mundo. Las imágenes están ahora por todas partes y la gente las va pasando a gran velocidad. Creo que el reto actual, y que sinceramente me encanta, es intentar crear una imagen ante la que la gente realmente se detenga. Una imagen que se les quede grabada. Algo poderoso, emotivo, humano, algo que cree una conexión real. Para mí, eso sigue siendo la magia de la fotografía. La magia de la fotografía está en lo emotivo y humano
Tu obra suele inspirarse a menudo en los pintores del siglo XVII. ¿De dónde surge ese interés y cómo plasmas esas influencias en la fotografía contemporánea?
Crecí en el sur de Países Bajos, cerca de la ciudad de ‘s-Hertogenbosch, una región profundamente arraigada en el catolicismo. De niño, estaba rodeado de iglesias, luces de velas, estatuas, rituales, silencio y esa sensación de dramatismo y espiritualidad que acompaña a la cultura católica. La catedral de San Juan me causó una gran impresión. Recuerdo entrar en esa catedral y ver cómo la luz se filtraba a través de los vitrales sobre las pinturas. Me pareció teatral, emotivo, casi cinematográfico.
Creo que, como artista holandés, la influencia de los antiguos maestros holandeses y su relación con la luz está casi en mi sangre. Lo que siempre me ha fascinado de los pintores del siglo XVII es que la luz no sólo ilumina a una persona, sino que crea emoción, intimidad, misterio y, a veces, casi algo espiritual.
Creo que esas influencias viven de forma natural en mi subconsciente y han encontrado su camino hacia mi fotografía, especialmente en la forma en que ilumino y compongo los retratos. Al mismo tiempo, no me interesa recrear pinturas antiguas ni atarme a un solo estilo visual. Me interesa utilizar la luz, la emoción y la composición para crear imágenes contemporáneas que sigan transmitiéndome una sensación atemporal y humana. Al final, quiero que las personas que se encuentran frente a mi cámara se sientan poderosas, humanas e icónicas al mismo tiempo.
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