El pasado domingo 28 de diciembre de 2025, se cumplió un siglo del suicidio de Serguéi Esenin, poco después de cumplir los treinta años, en el Hotel de Inglaterra, en la apenas rebautizada ciudad de Leningrado. Se había escapado de un manicomio en Moscú. No podía yo dejar pasar el aniversario del poeta soviético más popular de su tiempo y cuya creciente (y pronta) desafección a la Revolución en la que tanto creyó, promovió su desaparición entre los lectores rusos, gracias a que sus versos en nada gustaban al realismo socialista impuesto por Stalin, con la venia entusiasta de Maksim Gorki, quien murió en 1936, dicen que envenenado. Igualmente, se sospecha que la muerte de Esenin en realidad fue asesinato.

De los grandes poetas de aquella Edad de Plata sólo Esenin y su mentor Nikolái Kliúyev (1884–1937) fueron hijos de campesinos, mientras que el resto de aquella pléyade nació en San Petersburgo, Moscú, Odesa y Varsovia. Aquellos eran vástagos de militares, profesores y funcionarios, según leemos en la Histoire de la littérature russe (1988), dirigida por Etkind, mientras que la poesía del “rústico” Esenin nunca se desligó de la Rusia central de donde provenía.

Pese a haberse iniciado en Moscú y San Petersburgo, recomendado por Aleksandr Blok, a pesar del simbolismo y del imaginismo que lo vieron pasar sin entenderlo, Esenin siempre fue un poeta pánico, es decir, asociado al dios Pan y a todas sus manifestaciones. Los suyos, empero, no fueron versos solares. Vivió regido por la luna y entregado a sus fases, siendo nuestro satélite con quien Esenin dialogó de manera privilegiada.

Simpatizó Esenin con los socialistas–revolucionarios, el partido de la izquierda campesina, sin cuyo respaldo los bolcheviques no se hubieran hecho del poder y a quienes liquidaron sin piedad tan pronto pudieron. En agosto de 1923, el propio Trotski, interesado en asuntos literarios, recibió a Esenin con un té de miel en el Kremlin y le tiró línea: su poesía –le dijo– no era lo suficientemente comprometida con los Soviets ni con la electricidad (para usar el símil leninista del progreso y la Revolución) y expresaba una nostalgia incurable por los valores tradicionales de la sociedad rusa. Mucho de cierto había de ello y tan es así que la retrógrada Rusia de Putin ha hecho de Esenin el poeta nacional.

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Esenin. Crédito: Biografías y vidas
Esenin. Crédito: Biografías y vidas

De poco sirvió que Esenin se alinease con los bolcheviques pues de naturaleza era frívolo, además de alcohólico y creatura de la noche, e ignorante de las luchas de facción, se acercó en mala hora al derrotado grupo de Trotski, uno de los motivos de su asesinato, según Jean de Boishue en La vie interrompue de Sergueï Alexandrovitch Essenine (2021), novela que hube de leer con desconfianza pues no pude hacerme de una buena biografía del poeta.

No cabe duda que su prestigio de poeta campesino le abrió las puertas hasta de Tsárkoye Seló, la residencia de los zares, y en julio de 1916 –pues logró alistarse lejos del frente y servir de cadete en funciones de ujier en el tren imperial– leyó sus poemas ante la emperatriz y sus hijas las duquesas, quienes los hallaron tristes, como después los bolcheviques le reclamaron su falta de celo militante y de didacticismo revolucionario.

Poetisas (en aquella época el término no era peyorativo ni en ruso, ni en francés) como Anna Ajmátova y Marina Tsvetáyeva, más sofisticadas, consideraron postizo y exagerado el run–run causado por Esenin. Lo veían, diría yo, como un prototipo de estrella pop, una mezcla de Oscar Wilde y Elvis Presley, autor de una lírica acaso inspirada pero facilona. Ni qué decir de Maiacovski, en el otro extremo de la poesía soviética, su enemigo con quien lo hermanaría el destino.

De Esenin se recuerda, sobre todo, su matrimonio de un par de años con Isadora Duncan (1877–1927), la bailarina estadounidense enamorada de la Revolución rusa y de su poeta, a quien se llevó de gira a Europa y a los Estados Unidos. Sin una lengua común (y con diecisiete años de diferencia en edad) con la cual comunicarse, el periplo no fue precisamente un éxito y Esenin regresó disgustado de esos “países materialistas”, abandonándola para casarse con una de las nietas del Conde Tolstói, cuyo matrimonio sólo duró unos meses porque el poeta murióse. A Sofía le fue permitido llevar el apellido Tolstaya–Esenina y pasó su larga vida en los mejores términos con un régimen soviético que la procuró. Dos de los hijos de Esenin tuvieron su fama: uno, máxima autoridad del futbol ruso y otro, el matemático A.S. Esenin–Volpin (1924–2016), un valeroso defensor de los derechos humanos en la Unión Soviética.

Es de sobra conocido que Esenin clausuró el romanticismo tras colgarse de un cable eléctrico y alcanzar a escribir, con su propia sangre, un último poema. Quienes creen que lo asesinaron consideran ese legado una macabra broma de la NKVD, a su manera también dostoievskiana.

Se le lee poco fuera de Rusia y sirviéndome de las versiones francesas y de Wholly Esenin (2020), antología comentada y traducida por Roger Pulvers, ofrezco algunos versos. Uno de súbito amor:

Joven mujer, con tu sonrisa sensual

No seré ni tierno ni grosero contigo.

Pero dime cuántos hombres has acariciado

cuántas manos recuerdas, cuántos labios.

Lo sé... se han ido, como sombras

sin haber tocado nunca tu llama.

Has abrazado muchos regazos

y ahora te acurrucas en el mío.

No llames al fuego destino

Una aventura es una frivolidad.

Te conocí por casualidad

y me iré con una sonrisa en los labios.

Y unas variaciones lunares, tomadas de la Histoire de la littérature russe:

Las aguas de la inundación lamieron el cieno.

La luna soltó sus riendas.

El serbal se volvió rojo.

El agua, azul.

La luna, jinete afligido, soltó sus riendas.

La actriz Zinaida Raikh o Reich (por sus orígenes judeoalemanes), tuvo dos hijos con Esenin y después se casó con Vsévolod Meyerhold, el director de teatro. A ambos los asesinaron cruelmente en 1939 y su departamento fue requisado para el chófer de Lavrenti Beria, jefe de la NKVD hasta la muerte de Stalin. Fue Zinaida quien sembró la sospecha de que Esenin fue asesinado por varias razones que Boishue torna verosímiles en su novela. Pareciera que la policía secreta indujo a un enloquecido Esenin a fugarse hacia Leningrado y registrarse en un lujoso hotel que era un nido de agentes, quienes manipularon todo el episodio y compusieron la escena del suicidio. Un alcohólico puede dejarse morir por el alcohol, pero no es usual que se cuelgue en un acto impulsivo, habrá pensado Zinaida.

Kliúyev también fue víctima de las purgas, aquellas que la muerte precoz libró de sufrir a Esenin y a Maiacovski. Tuvo amores homosexuales con Esenin durante la Gran Guerra y alcanzó a recordar a su “poeta arcángel” convertido en un murciélago robando comida de las mejores mesas, envuelto en pieles de castor, el escita de las estepas disfrazado de bardo, tomándose su tiempo para volver a desaparecer en la dilatada noche lunar. En ese sentido, Boishue, en La vie interrompue de Sergueï Alexandrovicth Essenine, imagina su muerte, como la de Shelley, en el centro de un lago, incendiados los maderos que le habrían servido de catafalco, yéndose, al aire libre, como un verdadero pagano.

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